
Con la llegada del calor, los mosquitos vuelven a hacer acto de presencia y, con ellos, una pregunta que se repite cada verano: ¿Por qué algunas personas parecen ser un imán para sus picaduras mientras que otras apenas sufren una? Lejos del mito de tener una sangre “más dulce”, la ciencia ha demostrado que estos insectos utilizan un complejo sistema sensorial para localizar a sus víctimas, en el que influyen factores como el olor corporal, el dióxido de carbono que exhalamos, el calor de la piel e incluso la genética.
Aunque se suele hablar de “los mosquitos” como si fueran un único grupo, existen más de 3.700 especies conocidas y solo alrededor de 200 —aproximadamente un 6 %— pican a los seres humanos, según recoge la Agencia SINC. El más común en España es Culex pipiens, un mosquito de hábitos nocturnos cuya picadura suele provocar únicamente picor e incomodidad, aunque también puede transmitir enfermedades como el virus del Nilo Occidental o determinadas encefalitis.
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En España, los mosquitos rara vez transmiten enfermedades, pero el aumento de las temperaturas está favoreciendo la expansión de especies tropicales hacia zonas donde antes no estaban presentes. De hecho, ya se han registrado casos de dengue y de virus del Nilo Occidental en el país y, aunque los mosquitos del género Anopheles presentes en España aún no transmiten el parásito de la malaria, los expertos advierten de que el cambio climático podría aumentar el riesgo de expansión de estas infecciones.

¿Cómo nos encuentran?
Lejos de actuar al azar, los mosquitos siguen un proceso muy preciso para localizar a sus víctimas. El primer rastro que detectan es el dióxido de carbono (CO₂) que expulsamos al respirar, una señal que pueden captar a varios metros de distancia y que les permite orientarse hacia una posible fuente de alimento, según el biofísico David Hu.
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A medida que se acercan, activan otros sentidos. El CO₂ no solo les sirve para seguir el rastro, sino que también aumenta su sensibilidad a los estímulos visuales. De este modo, utilizan la vista para identificar siluetas oscuras y colores similares a los de la piel humana, mientras sobrevuelan a sus posibles objetivos para comprobar si realmente se trata de una persona.
Cuando están a escasos centímetros, el olfato vuelve a cobrar protagonismo. El calor corporal, la humedad de la piel y, sobre todo, el olor que desprendemos terminan de confirmar que han encontrado un huésped adecuado. Solo entonces se posan, prueban la piel con los receptores de sus patas y realizan la picadura.
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Y, ¿por qué no nos pican a todos por igual?
La gran pregunta que se hacen muchas personas que parecen ser una diana para las picaduras de mosquito es por qué ocurre esta diferencia. Durante años, la explicación se ha asociado al mito de tener una sangre “más dulce”. Sin embargo, la ciencia ha demostrado que esta creencia carece de fundamento. Aunque el grupo sanguíneo podría tener cierta influencia —algunos estudios apuntan a una mayor atracción por las personas con sangre del tipo O—, los resultados no son concluyentes.

Los investigadores señalan que la clave está en el olor corporal, una compleja combinación de cientos de compuestos químicos que libera la piel y que varía en función de la genética y de la microbiota cutánea. Esta “firma química” es distinta en cada persona y es lo que permite a los mosquitos distinguir entre posibles huéspedes. Entre los compuestos más relevantes destaca el ácido láctico, cuya producción depende del metabolismo individual y no es igual en todas las personas.
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También influyen factores fisiológicos como la cantidad de dióxido de carbono que exhalamos, el calor corporal o el nivel de sudoración. Estos elementos no solo facilitan que los mosquitos nos detecten a distancia, sino que también pueden aumentar nuestra “visibilidad química”, lo que explica por qué, tras hacer ejercicio físico, la probabilidad de picaduras suele incrementarse. Del mismo modo, situaciones como el embarazo, en las que se produce una mayor emisión de CO₂ y cambios metabólicos, también se asocian a una mayor atracción para estos insectos.
A todo ello se suman otros factores aún en estudio que podrían modificar esa huella olfativa, según el bioingeniero Michael Dichinson. Entre ellos se encuentran la dieta, el consumo de alcohol o determinadas infecciones, que alteran la composición de los compuestos que emitimos a través de la piel. Estas variaciones pueden hacer que algunas personas resulten más fácilmente detectables o atractivas para los mosquitos, aunque los mecanismos exactos todavía no se conocen por completo.
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