En 2022, Europa se vio obligada a tomar decisiones. Tras el estallido de la guerra en Ucrania, el continente logró desconectarse casi por completo de los gasoductos de Moscú y sustituirlos en tiempo récord por barcos cargados de Gas Natural Licuado (GNL) provenientes de otros países del mundo. Pero ahora, cuatro años después, aquella solución de emergencia no ha salido como se esperaba. Con el reciente comienzo del conflicto en Oriente Medio y el consecuente bloqueo del estrecho de Ormuz, se ha paralizado prácticamente una quinta parte del gas mundial. Europa ya no depende de la voluntad de Rusia, pero ha comprobado que el libre mercado global puede tener sorpresas.
La crisis actual comenzó el 28 de febrero de 2026, cuando Estados Unidos e Israel lanzaron la Operación Furia Épica contra Irán. La respuesta de la Guardia Revolucionaria Islámica fue el cierre por la fuerza del estrecho de Ormuz. Y, al mirar el mapa, la magnitud del desastre logístico es evidente, ya que se trata de un corredor marítimo que mide apenas 54 kilómetros de ancho en su punto más estrecho.
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Además, por ese estrecho transita aproximadamente el 20% de las exportaciones mundiales de GNL, provenientes fundamentalmente de potencias energéticas como Qatar y Emiratos Árabes Unidos. El verdadero drama para la seguridad energética global es que no existe un Plan B, y el 93% de los envíos de Qatar y el 96% de los de Emiratos Árabes pasan por ese embudo, sin que exista ninguna otra ruta marítima alternativa ni gasoductos secundarios que permitan esquivarlo. Tal y como señala el último informe realizado por un grupo de académicos de la Universidad de Oxford, El cierre del estrecho de Ormuz agrava el trilema del gas natural en Europa, el bloqueo supone “la retirada efectiva de una quinta parte del suministro mundial de GNL del mercado”.
Facturas inasumibles, no apagones
Pero, pese a este escenario, Europa no va a quedarse sin gas para calentar o encender la luz, al menos de momento. La principal amenaza de este panorama es, en realidad, un alza de los precios sin precedentes. Al huir de los contratos a largo plazo rusos, Europa tuvo que acudir a los mercados al contado (conocidos como mercados spot) de GNL, donde tiene que competir, como si fuera una subasta, con gigantes asiáticos como China, Japón o Corea del Sur para atraer a los barcos hacia sus puertos.
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Dado que en el sistema eléctrico europeo, el gas natural es el encargado de fijar el precio marginal de la electricidad, cualquier encarecimiento del GNL se traslada de forma automática e inmediata al recibo de la luz. Esto significa que, aunque no haya apagones, nos enfrentamos a posibles recibos inasumibles que amenazan con empujar a la quiebra a industrias enteras (como la cerámica, la química o la siderúrgica) y arrastrar a millones de familias a la pobreza energética.
¿Y si Estados Unidos nos cierra el grifo?
Las previsiones económicas son desoladoras si el conflicto continúa durante mucho tiempo. El estudio de Oxford apunta a que, si el estrecho de Ormuz permanece cerrado durante seis meses, los precios del gas de importación en Europa escalarían hasta los 28,4 dólares por millón de unidades térmicas británicas ($/MMBtu), más del doble de la media registrada en el año 2024.
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Y el escenario podría empeorar. Estados Unidos se ha convertido en el gran proveedor que ha salvado a Europa en los últimos años. Si, ante el encarecimiento global del gas, el gobierno estadounidense decidiera reducir sus exportaciones para proteger su propia economía y frenar la inflación interna, las consecuencias serían devastadoras. Los datos muestran que una simple reducción del 15% en las exportaciones de GNL de EEUU catapultaría los precios en Europa hasta los 54,9 $/MMBtu, superando incluso los peores picos históricos de precios vividos durante la crisis de 2022.

Frente a este desastre, la Unión Europea está atada de pies y manos. Si Europa decide reducir unilateralmente su consumo de gas en un 10%, los precios globales apenas bajarían. Al final, las acciones individuales de un solo continente ya no sirven para domar un mercado globalizado.
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La transición verde ya no va de clima, va de seguridad nacional
Según el estudio, “la diversificación de proveedores por sí sola no es suficiente”. La única salida real para que Europa deje de vivir secuestrada por terceros es una transformación estructural de su sistema energético. Acelerar el despliegue de energías renovables, apostar por la electrificación masiva de la industria y llenar los hogares de bombas de calor ya no es solo una solución ecológica, sino un tema de seguridad nacional y económica.
Tal y como concluyen los expertos después de analizar el colapso de Ormuz, “la única cobertura fiable contra los altos precios del gas es necesitar menos gas”.
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