
Cuando Viktor Orbán perdió las elecciones en abril a favor de Péter Magyar, líderes europeos lo celebraron como si hubiese vuelto a caer el muro de Berlín. Orbán, primer ministro de Hungría durante 16 años, ha sido señalado por muchos como el máximo exponente de la corriente pro-rusa en Europa, una herramienta con la que Putin podía interferir en las políticas europeas.
Pero no parece, a poco de que Péter Magyar forme gobierno este sábado, que esté preparándose para dar un volantazo de ningún tipo en este sentido: ha desbloqueado el préstamo de 90.000 millones de euros para Ucrania, pero porque Zelenski ha reparado el oleoducto de Druzhba, por el cual Hungría recibe petróleo ruso, tal y como exigía Orbán.
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Hungría mantiene su línea pragmática respecto a Rusia
Es cierto que Fidzsa -el partido que lidera Magyar- “elige Europa”, según su propio manifiesto; y también que en el mismo texto asume el compromiso de restablecer la confianza de la UE y de la OTAN con Hungría, apostando por la adhesión húngara a la eurozona antes de 2030. Pero Magyar no apoya una adhesión pronta de Ucrania al bloque y ha dicho en alguna ocasión que tampoco tiene entre sus planes revertir la política actual húngara de no brindar apoyo a Ucrania. Rechaza, al igual que hacía Orbán, el pacto europeo de migración y asilo; y aunque proyecta reducir su dependencia energética de Rusia, lo hace para dentro de diez años, muy lejos del objetivo europeo de 2027.
Incluso si Magyar fuese a suponer una enorme ruptura con el orbanismo, Hungría no es el único miembro de la UE que impide, a día de hoy, una cohesión europea plena en la cuestión rusa de una forma que, en ocasiones, beneficia a Moscú, aunque no sea el objetivo. En realidad, algunos gobiernos europeos señalados como “pro-rusos” son, en realidad, no anti-rusos o no pro-ucranianos, y su motivación no es -o no es necesariamente- brindar apoyo a Moscú ni perjudicar a Kiev, sino velar por sus propios intereses y mantenerse al margen de la guerra.
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Robert Fico, primer ministro de Eslovaquia
Eslovaquia, que también recibe petróleo por el oleoducto Druzbha (el 80% del total de crudo eslovaco es ruso, según el Centro de Investigación en Energía y Aire Limpio), formaba parte junto a Hungría del bloqueo a ese préstamo multimillonario para Ucrania y contra las sanciones a Rusia. Reparado el oleoducto, levantado el veto: veían la destrucción del canal como un arma política blandida por Ucrania en su contra.
Este lunes, Robert Fico -primer ministro de Eslovaquia- declaraba que Bratislava no apoyará ningún préstamo destinado al gasto militar ucraniano ni proporcionará armas de forma gratuita. Expresa con esto su rechazo a que Eslovaquia participe en “ningún esquema financiero destinado a apoyar a Ucrania en la gestión de la guerra o el gasto militar”. Su país, afirmó, “no contribuirá ni siquiera con el 1%” en cualquier iniciativa de este tipo, según Sputnik.
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Así confirma su postura, a falta de una formalización, que llegará cuando se convoque, como ya ha anunciado Fico que hará, una sesión parlamentaria extraordinaria con este fin: Eslovaquia no firmará ninguna garantía financiera vinculada a la financiación de Ucrania en 2026-2027. Cualquier apoyo eslovaco, matizó Fico, se limitará a la ayuda humanitaria.
El año pasado, en Beijing, Fico fue el único mandatario europeo en el 80 aniversario de la derrota japonesa en la II Guerra Mundial, y allí expresó, tras una reunión de una hora con Putin, que estaba “extremadamente interesado en la estandarización de las relaciones” entre Eslovaquia y Rusia.
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Esto responde, al menos parcialmente, a un esfuerzo para conservar precios reducidos en las importaciones de gas ruso, que llegan a través del gasoducto Turkstream pasando por Turquía, Bulgaria, Serbia y Hungría: a finales de 2024, dos tercios del gas importado a Eslovaquia llegaba de Gazprom, empresa estatal de gas natural rusa, a través de Ucrania. No por amor al Kremlin: el gobierno eslovaco, al igual que el húngaro, defiende que no tiene ninguna alternativa asequible y realista a la energía rusa.
De hecho, tras una reunión con Zelenski en septiembre de 2025, el primer ministro eslovaco expresó satisfacción y reafirmó su apoyo a la petición ucraniana de convertirse en miembro de la UE; y en mayo de este año, según información de EFE, Zelenski y Fico han acordado “celebrar una reunión conjunta de gobiernos a finales de junio” que tendrá lugar “en Bratislava o en Kiev”. “Somos vecinos, debemos cuidar las buenas relaciones”, dijo Fico; lo que Zelenski, en una publicación de X, secundó después: “Eslovaquia apoya a Ucrania en el acceso a la UE y está preparada para asistirnos en este camino”.
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Rumen Radev, primer ministro de Bulgaria
El partido Bulgaria Progresista, bajo el liderazgo de Rumen Radev, logró una mayoría absoluta en el Parlamento en las elecciones parlamentarias del pasado 19 de abril. Radev, que centró su campaña en la crítica al “modelo de gobierno oligárquico”, interpreta el resultado como un rechazo al orden anterior, representado por figuras como el ex primer ministro Boyko Borissov y el empresario Delyan Peevski, ambos señalados en las protestas multitudinarias del pasado diciembre por corrupción e influencia en la sombra.
La victoria de Radev abre también un debate sobre la posición de Bulgaria respecto a la Unión Europea y, especialmente, sobre su relación con Rusia. Bruselas observa con atención el giro político en Sofía, planteándose si el país seguirá el ejemplo de Eslovaquia y optará por una política menos alineada con la postura mayoritaria de la UE ante Moscú.
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El nuevo líder búlgaro ha mostrado en distintas ocasiones su deseo de mantener “relaciones prácticas con Rusia”, algo celebrado ya por el Kremlin. Se ha opuesto al envío de armamento a Ucrania, ha cuestionado el acuerdo de seguridad firmado entre Bulgaria y Kiev el mes pasado y en 2021 dijo que Crimea es “rusa”.
De cualquier manera: el propio Radev ha subrayado que Bulgaria seguirá su “camino europeo”, pero pide “pragmatismo” a la Unión en su relación con Moscú. La economía búlgara depende en gran medida de los fondos europeos y sus instituciones, más frágiles que las húngaras, limitan la capacidad de maniobra para adoptar posturas abiertamente enfrentadas con la UE.
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Lo previsible es que el nuevo gobierno evite choques directos y opte por una política de ‘divergencia selectiva’. Radev ha descartado utilizar el veto para bloquear la ayuda europea a Ucrania, pero sí podría intentar rebajar el nivel de apoyo de Bulgaria a Kiev, país al que suministra munición. No se prevé una ruptura con la UE ni un uso sistemático del veto, sino un retroceso respecto a la línea claramente prooccidental del anterior Ejecutivo.
En definitiva, la llegada de Radev al poder no anticipa un escenario idéntico al de Hungría bajo Orbán. Todo apunta a un gobierno búlgaro que mantendrá su compromiso formal con la Unión Europea, pero que buscará reactivar los lazos con Rusia, endurecerá su posición sobre la ampliación y reducirá, en la medida de lo posible, el apoyo a Ucrania.
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Rumanía pierde a Ilie Bolojan por una moción de censura impulsada por la derecha prorrusa
El caso de Rumanía es diferente. Hasta este martes (aunque sigue en funciones), el primer ministro era Ilie Bolojan, al frente de un gobierno proeuropeo de coalición. Una moción de censura impulsada por los socialdemócratas, con el respaldo de la oposición de extrema derecha prorrusa, puso fin al Ejecutivo. Bolojan, que había asumido el cargo tras la salida de los socialdemócratas de la coalición a finales de abril, gobernaba en minoría. La moción obtuvo 281 votos a favor, superando con holgura los 233 necesarios para prosperar, según el recuento oficial.
Tras el resultado, el presidente centrista Nicusor Dan, responsable de proponer al siguiente primer ministro, expresó su confianza en que se formará un nuevo gobierno proeuropeo en un “plazo razonable”. Sin embargo, tanto los liberales de Bolojan como otros socios de la coalición han cerrado la puerta a nuevas negociaciones con los socialdemócratas.
Las tensiones entre Bolojan y los socialdemócratas han sido constantes. El principal partido del Parlamento, cuyo apoyo es clave para una mayoría proeuropea, se distanció por las medidas de austeridad impulsadas por Bolojan, que afectaron a su base electoral y a redes de clientelismo, mientras parte del apoyo popular migraba hacia la extrema derecha. No obstante, las encuestas sitúan a Bolojan como el político más popular dentro de la coalición.
Las próximas elecciones parlamentarias en Rumanía están previstas para 2028. El país no tiene precedentes de elecciones anticipadas, y los analistas consideran improbable ese escenario, ya que la Alianza para la Unión de los Rumanos (AUR), de extrema derecha prorrusa, lidera las encuestas. Los socialdemócratas (PSD) han manifestado en varias ocasiones su disposición a regresar a una coalición proeuropea, siempre que haya un nuevo primer ministro.
Después de la moción, desde el partido de Bolojan se reiteró la negativa a colaborar de nuevo con el PSD, aunque algunas voces dentro del partido abogan por la reconciliación. Desde Save Romania Union (USR), socio menor, también se descartó un acuerdo con los socialdemócratas. Por su parte, el líder del PSD, Sorin Grindeanu, declaró: “Hay vida después de la moción de censura. Queremos, en líneas generales, mantener esta coalición”.
Desde Bruselas, el eurodiputado liberal rumano Siegfried Muresan calificó la alianza entre socialdemócratas y AUR para derrocar al gobierno como “antieuropea”. “La formación de un nuevo gobierno será ahora su responsabilidad”, dijo a Reuters.

No es un bloque ‘pro-ruso’, es más bien ‘no anti-ruso’
El mapa político del Este europeo sigue mostrando matices cuando se trata de la relación con Rusia. No es que apoyen a Moscú, es que anteponen sus propios intereses a los del bloque de la UE, con posiciones más pragmáticas con las que evitan sumarse del todo a la línea dura antirrusa que rige en la política europea desde la invasión de Ucrania.
A diferencia de Bulgaria, Eslovaquia y Hungría, donde esta posición está más bien consolidada, Rumanía atraviesa un periodo de incertidumbre política tras la caída del gobierno proeuropeo de Ilie Bolojan. Aunque Bucarest suele mantener una línea alineada con Bruselas y la OTAN, la inestabilidad interna y la presión de partidos euroescépticos podrían influir en su posicionamiento en los próximos meses.
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