
Nacido en La Puebla de Sancho Pérez (Badajoz), Baltasar Montaño tiene 54 años y lleva más de una década sin trabajar. No por necesidad, sino por decisión. Cuando rondaba los 33 o 34 años, a principios de los años 2000, empezó a hacer lo que él llama “la cuenta de la vieja”: dividir 80 años entre dos. Fue de broma con sus amigos, pero ahora parece haberse convertido en un plan concreto.
Estudió Periodismo en la Universidad Complutense. Para pagarse sus estudios, trabajó de camarero. Y su especialidad, la economía, no fue una decisión emocional, sino estratégica: “Veía que había bastantes ofertas de trabajo en el mundo periodístico, pero eran especializadas. Sobre todo temas económicos, temas científicos, más allá de que toda la gente quería hacer deportes, cultura. Y la economía era una cosa bastante árida y poco atractiva para muchos de mis compañeros de la universidad”, cuenta en conversación con Infobae.
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Le fue bien. Durante más de 20 años cubrió mercados, energía y tecnología en La Gaceta, Expansión, El Mundo y Vozpópuli. Viajó a Estados Unidos y Japón por trabajo cuando todavía no había internet ni telefonía móvil. Ahí empezó a picarle el gusanillo. “Cada vez que tenía que terminar un viaje, me quedaba un poquito insatisfecho y no quería volver a España”.

El plan
Así, Montaño empezó a diseñar un plan que le permitiera parar. Compró un piso en el centro de Madrid, lo alquiló, ahorró e invirtió. Sin hijos, sin pareja y con unos gastos que él mismo describe como contenidos –“no tengo que cambiar el coche cada cinco años, ni necesito grandes ropas de marca”–, calculó que podría vivir de las rentas y los ahorros sin volver a trabajar.
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Y con 44 años lo hizo realidad. En octubre de 2016 se despidió de las redacciones y oficinas. Un mes más tarde ya estaba en Bogotá, disfrutando de los 90 días de visado del pasaporte. “Con 44 años dejé de trabajar y me fui tres meses a Colombia. Y ya sí empezó todo este periplo de viajero sin trabajar”, dice.

Sudeste asiático
Tras más de un año en América del Sur, Montaño dio el salto al sudeste asiático. Estableció base en Tailandia y recorrió Myanmar, Laos, Camboya y Vietnam. En Hanói compró una moto de 120 cc con la que recorrió el país entero durante los tres meses del visado, vendiéndola al final en Saigón. “Ocho y diez veces tuve que entrar en boxes, pero eso formaba parte del encanto del viaje”.
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Tras año y medio por la región, pasó por Japón durante tres meses. Más recientemente, dedicó siete meses al sur de África, donde volvió a comprar una moto de segunda mano en Sudáfrica para recorrer el país y la vendió antes de salir.

Viaja solo, con una mochila de menos de 12 kilos, sin tarjeta SIM y Sin billete de vuelta, su libro donde propone una nueva mirada a la manera de estar en este mundo. Como quedó escrito en el arranque: “Tu mochila y tu viaje valen tanto por lo que llevas como por aquello de lo que eres capaz de desprenderte”.
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Sin tarjeta SIM
Una de las decisiones más sorprendentes es su decisión de no comprar una tarjeta SIM. “Si llevas el móvil, tú sabes que estás continuamente enganchado a él. A mí me pasa en España. Yo voy conduciendo la ‘camper’ y hay veces que voy mirando el móvil”.
Para guardar los recuerdos, lo que hace es descargarlo todo antes de salir: mapas sin conexión, listas de Spotify, traductores con los idiomas de los países que visita. “El móvil me parece un inventazo. Lo amo profundamente, pero no durante las 24 horas del día”, sentencia.
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Lo que ha aprendido
Diez años de viaje lento le han dado una perspectiva concreta sobre el modelo europeo. La comparación más frecuente que hace es la del sistema de pensiones: “El 80 % de la población del planeta no tiene derecho a pensión pública. La gente que yo he conocido viajando me dice: ‘Mi padre tiene 74 años y sigue trabajando porque no puede jubilarse’. No, claro, es que no tienen derecho a jubilación”.
También recuerda la diferencia en la percepción del riesgo durante la pandemia: “El temor a la muerte que ocurría con el COVID no era el mismo en México o en la India que en Noruega o en España, donde no vemos la muerte de cerca”.
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A pesar de ello, no descarta el modelo de Europa. Al contrario: “La cobertura social, el poder estudiar en universidades, tener el sistema de hospitales, la seguridad de que no te vas a morir de hambre en un país europeo… Ninguno de los países ricos que se podrían llamar occidentales tiene el paraguas y la protección que tenemos en el estado del bienestar europeo”.
No obstante, sí cuestiona el tiempo tasado en el que los europeos se permiten vivir. “Yo prefiero disfrutar de mi vida y de mi tiempo libre con antelación a lo que fija el momento de la jubilación”. “Me he convertido en una persona mucho más flexible y que relativiza todas las certezas o las grandes verdades en las que se basa nuestra cultura española y europea, que está muy bien, que a mí me encanta España y me encanta Europa, pero que no tiene nada que ver” con lo que ha conocido fuera.
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“No creo que mis amigos quisieran cambiarse por mí”
A pesar de ‘estar jubilado’, él mismo no cree “que haya mucha gente que quiera dejar de trabajar para viajar”. “Me parece una especie de locura. Yo lo hice por una cuestión puramente personal. No es ningún modelo a seguir. Mis amigos no querrían esta vida“, aunque admite que “todos le envidian, con cariño y una envidia sana, el disfrutar de los viajes sin ninguna limitación de tiempo”.
Su receta, si es que existe alguna, es más simple de lo que parece: “Mantener un presupuesto razonable y tener claro lo que quieres”. Por ello, lo que recomienda a los jóvenes no es imitarle, sino tomarse al menos un año sabático antes de entrar en la rutina laboral. “Para palpar un poquito algo diferente y luego volver y dedicarse a lo que quieren hacer”, explica a este diario.
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¿Cerca del final?
Cuando tenga 64 años, imagina una vida más quieta: frente al mar, con su bicicleta y sus deportes, en algún lugar que todavía no ha decidido. “Probablemente esté anclado en algún sitio donde lleve una vida con mis deportes, con mi mar enfrente, con mi camper o una camper nueva, siempre de segunda mano y baratita. Ese sitio probablemente no sea España o sí, no lo sé. Porque yo puedo vivir perfectamente en ciudades como Buenos Aires o Ciudad de México. Pero también me encanta Andalucía, me encanta el Mediterráneo, podría vivir perfectamente un año en el Alentejo”, comenta.

De momento, cuando termine la Semana Santa en casa de sus padres en Badajoz, cogerá un vuelo a Costa Rica. Le quedan cuatro o cinco países de Centroamérica por conocer.
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