
En las relaciones personales, saber cuándo quedarse y cuándo marcharse puede marcar la diferencia entre el bienestar y el desgaste emocional. La psicología señala que una de las habilidades más importantes de la inteligencia emocional no es solo comprender lo que sentimos, sino tomar decisiones coherentes con ese conocimiento, incluso cuando resultan dolorosas.
La psicóloga Silvia Severino, en un reciente vídeo difundido en sus redes sociales (@silviaseverinopsico), resume esta idea con una advertencia: “La psicología dice que las personas con alta inteligencia emocional hacen algo que seguramente tú estás evitando, y es que saben soltar lo que les hace daño aunque les duela”. Según explica, quienes desarrollan esta habilidad no permanecen atrapados en dinámicas dañinas esperando señales de cambio. “No se quedan esperando señales y tampoco inventan excusas. Tampoco romantizan el sufrimiento”, afirma.
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En muchos casos, la dificultad para terminar un vínculo no responde únicamente al afecto, sino a patrones psicológicos más profundos. “La persona emocionalmente inteligente reconoce cuando un vínculo es tóxico y actúa en consecuencia, porque entiende algo clave: quedarse por miedo a la soledad es traicionarse a uno mismo”, señala la experta.
La neurociencia ha comenzado a estudiar precisamente por qué cuesta tanto tomar esa decisión. Severino recuerda que diversos estudios han encontrado similitudes entre ciertos tipos de apego y los mecanismos de la adicción: “Estudios de neurociencia muestran cómo el apego ansioso activa las mismas zonas en el cerebro que una adicción. Por eso nos cuesta tanto soltar”.
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Este fenómeno ayuda a entender por qué algunas personas permanecen durante largos periodos en relaciones que reconocen como perjudiciales. El apego ansioso puede generar una fuerte necesidad de aprobación o de cercanía que dificulta romper el vínculo, incluso cuando produce sufrimiento. “No es amor, es dependencia emocional”, resume Severino.
Saber gestionar una relación tóxica
La inteligencia emocional, insiste, implica algo más que identificar las emociones propias y ajenas. Supone aprender a gestionarlas y tomar decisiones que protejan el equilibrio personal. “La inteligencia emocional no es solo entender las emociones, es saber gestionarlas”, explica.
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En la práctica, eso significa establecer límites claros y sostenerlos, incluso ante la presión del entorno o de la otra persona implicada. “Es poner límites aunque la otra persona insista. Y es irnos aun cuando hay sentimiento”, afirma. La idea desafía una creencia muy extendida: que abandonar una relación implica necesariamente un fracaso personal. Desde la perspectiva psicológica, puede ser justo lo contrario: “Al final, es elegirnos a nosotros aunque nadie más lo haga”.
La capacidad de dejar atrás lo que perjudica forma parte del proceso de madurez emocional por el que todas las personas en algún momento de nuestra vida debemos pasar. “Dejar ir no es fracasar, es madurar, es sanarte y es demostrar que tu paz vale más que cualquier otro vínculo a medias”, afirma Severino.
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En un contexto social en el que las relaciones afectivas se debaten constantemente entre la idealización romántica y la cultura de la inmediatez, el mensaje pone el foco en la responsabilidad emocional individual: reconocer cuándo una relación deja de ser saludable y actuar en consecuencia.
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