*Tribuna de Diego Balverde, especialista en Finanzas Climáticas y Economista del Banco Central Europeo
El 28 de febrero de 2026 ocurrió algo más que un bombardeo sobre Irán. Ese día también se activó una reacción en cadena en el sistema energético mundial. En cuestión de horas, los mercados comenzaron a moverse como un mecanismo perfectamente conectado: primero reaccionó el petróleo, después el gas europeo y finalmente la electricidad.
Los datos muestran la magnitud del shock. Desde ese ataque inicial, el precio del Brent llegó a acumular subidas de entre el 65% y el 78% antes del nuevo salto registrado el 8 y 9 de marzo. La guerra todavía estaba comenzando, pero el mercado energético ya estaba en modo crisis.
El primer síntoma: la electricidad
El reflejo más visible del conflicto apareció en el mercado eléctrico. En España, el operador mayorista Operador del Mercado Ibérico de Energía (OMIE) registró el 9 de marzo un precio medio diario de 119,42€/MWh, con un máximo intradía de 217,77€/MWh. Un día después, el 10 de marzo, el promedio subió a 136,86€/MWh, con picos de 250€/MWh. Pero el dato más impactante aparece cuando se compara con el nivel previo al conflicto.
A finales de febrero, el precio rondaba los 14,5 €/MWh. La diferencia es brutal. En apenas diez días, el mercado eléctrico español pasó de ese nivel a más de 119 €/MWh. Eso implica un aumento cercano al 723%. En otras palabras, el sistema eléctrico pasó en pocos días de un entorno casi primaveral a un escenario de tensión geopolítica plena.
La cadena energética de una guerra
Para entender lo que ocurrió hay que mirar el orden en que reaccionaron los mercados. Primero reaccionó el petróleo. El motivo fue inmediato: el temor a que la guerra afectara al estrecho de Ormuz, uno de los corredores energéticos más importantes del planeta. Por ese paso marítimo circula aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial.
Cuando los operadores comenzaron a descontar un riesgo real sobre esa ruta, el mercado reaccionó. El 8 de marzo, el Brent llegó a tocar 119,50 dólares por barril, su nivel más alto desde 2022. En esa misma jornada el Brent superó los 107 dólares y el WTI los 106 dólares, con subidas superiores al 16% en un solo día.
El segundo canal: el gas europeo
Después vino el segundo shock. El gas. Europa no produce suficiente energía para cubrir su consumo y depende de importaciones, especialmente de gas natural licuado (GNL). Cuando el conflicto comenzó a tensionar las rutas energéticas, el suministro global se volvió más incierto. A comienzos de marzo, la interrupción de flujos desde Qatar puso bajo presión las reservas europeas.
Al mismo tiempo, el mercado se enfrentó a un problema adicional: la competencia con Asia. Más del 80% del GNL exportado por Qatar termina en mercados asiáticos. Eso significa que cuando hay escasez o desvíos de buques, Europa debe competir directamente con Asia por los cargamentos disponibles. El resultado es simple. El precio del gas sube.
Y, finalmente, explotó la electricidad
La última pieza de la cadena fue la electricidad. En el mercado eléctrico europeo, el precio no lo fija la tecnología más barata. Lo fija la última tecnología necesaria para cubrir la demanda. Y esa tecnología suele ser el gas. Por eso, cuando el gas se dispara, la electricidad no sube lentamente. Salta. Ese mecanismo explica por qué el mercado eléctrico español pasó de 14,5€/MWh a más de 119€/MWh en apenas diez días. La guerra no llegó primero por la diplomacia. Llegó por la factura energética.
El escenario más peligroso: Ormuz bloqueado
El riesgo más temido por los mercados sigue siendo el mismo. Un bloqueo del estrecho de Ormuz. Si esa ruta quedara paralizada o parcialmente interrumpida, el impacto sería inmediato. Primero subiría el petróleo, porque el mercado empezaría a cotizar escasez física real. Luego subiría el gas, porque los flujos energéticos globales se verían alterados. Después subiría la electricidad en Europa. Y, finalmente, llegaría el efecto más silencioso. La inflación. Combustibles más caros. Transporte más caro. Alimentos más caros. En ese escenario, el shock energético se trasladaría rápidamente a toda la economía.
La verdad incómoda
La crisis energética de estas semanas revela algo que Europa prefiere no discutir demasiado. La transición energética no eliminó la geopolítica, solo cambió su forma. Europa puede liderar la agenda climática global. Pero mientras su sistema eléctrico dependa del gas en los momentos críticos, cada crisis en Oriente Medio seguirá apareciendo en las facturas eléctricas europeas.
Soluciones posibles
La lección que deja esta crisis es clara. Europa necesita reducir su vulnerabilidad energética. Eso implica varias decisiones estratégicas. Primero, acelerar la expansión de renovables acompañadas por sistemas de almacenamiento que permitan estabilizar la red eléctrica. Segundo, reforzar la infraestructura energética europea para reducir la dependencia de cargamentos de gas en mercados internacionales volátiles. Tercero, abrir un debate más realista sobre el papel de tecnologías de respaldo —incluyendo nuclear o hidrógeno— que permitan garantizar estabilidad del sistema. La transición energética no puede ser solo ambiental. También debe ser geopolítica.
Conclusión
Desde el 28 de febrero, cuando comenzó la guerra, el mercado energético hizo una traducción casi instantánea del conflicto. Misiles. Riesgo sobre Ormuz. Petróleo más caro. Gas europeo más caro. Electricidad mucho más cara en España y en Europa. La guerra del siglo XXI no siempre empieza en el campo de batalla. A veces empieza en el precio de la energía.
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