
Este mes de marzo ocurrirá un momento especialmente significativo para Mary de Dinamarca. La reina regresará a su país natal, Australia, en lo que será su primer viaje oficial al territorio desde que accedió al trono junto a Federico X de Dinamarca. La visita, programada entre el 14 y el 19 de marzo, no solo tiene un marcado carácter institucional, sino también un evidente componente personal para la monarca.
Se trata de la primera vez que la reina vuelve a la tierra donde nació con el título que hoy ostenta. Originaria de Tasmania, Mary Donaldson pasó de llevar una vida completamente ajena a la realeza a convertirse en una de las figuras centrales de la monarquía danesa. Su regreso a Australia simboliza, por tanto, una especie de círculo que se cierra: la mujer que creció al otro lado del mundo vuelve ahora convertida en reina.
La visita se enmarca en un viaje de Estado cuyo objetivo es fortalecer las relaciones entre Dinamarca y Australia. Según ha explicado la casa real danesa, forjar “una alianza reforzada con Australia es importante en un momento en que los cambios geopolíticos tienen implicaciones económicas y de seguridad que vinculan los avances en Europa y en la región del Indopacífico”. La agenda estará centrada en reforzar la cooperación bilateral en ámbitos como la economía, la política exterior, la cultura o la sostenibilidad. Ambos países comparten intereses en cuestiones como la transición ecológica o la protección del medioambiente, asuntos que ocuparán un lugar destacado durante el recorrido oficial.
Una chica común que regresará como reina
Más allá del plano diplomático, el viaje tiene una fuerte carga simbólica. Para la reina Mary supone regresar al lugar donde comenzó su historia personal y donde, de forma inesperada, también arrancó su historia de amor con el entonces príncipe heredero danés.
La actual reina nació el 5 de febrero de 1972 en Tasmania. Durante su infancia vivió durante un tiempo en Estados Unidos después de que su padre aceptara un empleo en el centro espacial de la NASA en Houston, Texas. Años más tarde y tras el fallecimiento de su madre, regresó a Australia, donde retomó su vida junto a su familia y su grupo de amigos.
El giro que cambiaría su destino llegó años después, cuando se trasladó a Sídney. Fue allí donde conoció a Federico de Dinamarca durante los Juegos Olímpicos de Sídney 2000. Lo que comenzó como un encuentro casual terminó convirtiéndose en una relación que acabaría transformando la vida de ambos. La pareja consolidó su historia de amor y, en 2004, contrajeron matrimonio en Copenhague. En aquella ceremonia, Mary lució la tiara que hoy sigue siendo uno de los símbolos más recordados de su boda.

Una elección de joyas medida al milímetro
Por ello, ese pasado australiano convierte la visita oficial en un momento especialmente emotivo para la monarca. No se trata solo de una gira diplomática, sino también de un regreso a sus raíces. Además, como es habitual en este tipo de viajes, el programa incluirá diversos actos oficiales, entre ellos una cena de gala. En este tipo de eventos, el estilo de la reina suele acaparar gran atención, especialmente por las joyas históricas que forman parte del tesoro de la monarquía danesa. Sin embargo, en esta ocasión existe una particularidad que condicionará su elección de piezas.
En Dinamarca existe una estricta normativa en torno a ciertas joyas de la corona. Algunas de ellas, consideradas patrimonio del Estado, no pueden abandonar el país. Entre las más conocidas se encuentra el histórico conjunto de esmeraldas creado en el siglo XIX con motivo de las bodas de plata de los reyes Cristian VIII de Dinamarca y Carolina Amalia de Dinamarca. Estas piezas, por su carácter institucional, deben permanecer siempre dentro del territorio danés.
Esto significa que la reina Mary no podrá lucir ese famoso complemento durante su estancia en Australia. No obstante, sí tendrá la posibilidad de recurrir a otras joyas pertenecientes al fideicomiso real o a su colección personal, lo que abre la puerta a que estrene algunas piezas que todavía no han tenido gran protagonismo en actos oficiales.
En anteriores viajes, la reina ya ha demostrado su habilidad para elegir joyas con un fuerte valor simbólico. Durante una reciente visita a los países bálticos recuperó la misma tiara que llevó el día de su boda, un gesto que muchos interpretaron como un guiño romántico a su historia con Federico.
También ha lucido en varias ocasiones una corona de perlas en forma de lágrima, compuesta por 18 piezas, que perteneció a Margarita II de Dinamarca y que forma parte del legado familiar de las reinas danesas. Al tratarse de una joya que pertenece al joyero privado de la familia, sí puede utilizarse en visitas al extranjero.
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