
Los negocios de barrio, las empresas familiares de siempre, han sufrido un declive evidente en las últimas décadas. El caso de la pescadería Alofer, en pleno barrio de Lavapiés (C. de la Esgrima, 8), era una esperanzadora excepción. Un trocito de mar en el corazón de Madrid que en unos meses cerrará sus puertas definitivamente. Ya anunciaba la noticia el medio local xLavapiés, y ponía su fecha definitiva El País con una entrevista a Fernando Alonso, el pescadero al frente de este templo del producto del mar.
Tras cerca de un siglo de actividad, esta pescadería nacida en 1936 venderá por última vez el 31 de marzo de este año, fecha en la que Alonso empezará su merecida jubilación. La propiedad del local y del edificio de dos plantas donde se ubica la pescadería sigue en manos de la familia, cuyo objetivo a corto plazo es venderlos. Alofer llegó a contar con seis pescaderías repartidas por la ciudad; sin embargo, la complejidad de gestionar tantos puntos de venta llevó a ir vendiendo o alquilando los diferentes locales.
Casi un siglo de tradición pescadera
Ni la falta de clientes ni la presión inmobiliaria han sido los causantes del cierre de este emblema, que seguía acumulando colas en determinadas horas del día. El futuro del comercio familiar más allá de la jubilación se ha visto condicionado por la ausencia de relevo generacional; ninguno de los dos hijos del tendero ha querido seguir con la empresa familiar, algo que el propio pescadero alababa en su entrevista con El País por las duras condiciones de un trabajo como este.

La historia del negocio que hoy regenta Fernando tiene sus orígenes en la figura de su tío abuelo, quien asumió el mando del negocio antes de la Guerra Civil. Desde entonces, la empresa ha ido pasando de generación en generación, una tradición estrechamente ligada a los arrieros maragatos, que durante siglos transportaron alimentos desde Galicia hasta Madrid y que después se establecieron en pescaderías de la capital.
Tras la jubilación de la primera generación de pescaderos, el padre de Fernando asumió el oficio, uno en el que el mismo Fernando se implicó desde muy joven, primero alternando los estudios con las tareas más modestas, como limpiar o repartir pedidos, y más adelante quedándose definitivamente al frente de la tienda. Alofer, de hecho, no es únicamente el nombre del negocio, sino la suma de las primeras sílabas de apellido y nombre de Fernando Alonso.
La calidad y frescura del pescado, los precios asequibles y el trato cercano son los factores que han hecho famoso a este pequeño local, pero también se ha encargado de ello el espectáculo que ocurre entre sus cuatro paredes. Un espectáculo casi acrobático: los empleados se lanzan los encargos entre ellos, merluzas, gallos, rapes o salmones que vuelan de un lado a otro del mostrador e incluso por encima de la clientela, con una precisión que ha cristalizado en seña de identidad.
No serán pocos los clientes que lamentarán el adiós de esta pescadería de 11 empleados, los cuales ya han comenzado a moverse para mantener vivo el oficio y buscar otro local en el que empezar una nueva tradición.
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