
Las palabras de Rafael Alonso, psicólogo y experto en recursos humanos, resumen una tendencia cada vez más visible en el mundo laboral: “Las nuevas generaciones ya no quieren ser jefes”. Las aspiraciones de ascenso a puestos de mando ya no resultan tan atractivas para quienes se incorporan al mundo laboral en los últimos años. El liderazgo, tradicionalmente asociado a éxito y reconocimiento, ahora se vive con distanciamiento y, en muchos casos, con gran rechazo por parte de los jóvenes.
El motivo principal de este cambio radica en la percepción de lo que implica ser jefe. Para muchos, asumir ese rol no supone un salto real en las condiciones de vida. Las responsabilidades crecen, pero el salario apenas se incrementa. Además, la figura del jefe suele cargar con problemas que trascienden la jornada laboral y no encuentran solución sencilla. Este escenario lleva a preguntarse si realmente compensa aceptar tanta presión por tan poca recompensa.
En la experiencia de quienes han dado el paso a la jefatura, el día a día se complica rápidamente. El trabajo deja de centrarse en las tareas que resultaban satisfactorias y se transforma en una combinación de gestión de personas y resolución de conflictos. Como señala Alonso, la diferencia entre el trabajo técnico y el trabajo de liderazgo es mucho mayor de lo que parece desde fuera.
¿Por qué no quieren ser jefes?
El desinterés por los cargos de jefatura no es casualidad. En el caso de los mandos intermedios, la situación es especialmente delicada. Estos profesionales quedan atrapados entre las exigencias de la dirección y las expectativas del equipo. “Te conviertes automáticamente en el blanco de críticas de dirección y de equipo, cada uno buscando sus propios intereses”, explica Alonso. La presión se multiplica y, con ella, la sensación de aislamiento.
Además, asumir un puesto de jefe suele implicar hacerlo sin preparación suficiente. El cambio no solo requiere nuevas habilidades, sino también un acompañamiento que muchas veces no existe dentro de las organizaciones. El tiempo se divide entre las tareas habituales, que suelen resultar gratificantes, y la gestión de personas, que añade complejidad y desgaste emocional. El resultado, en muchos casos, es el agotamiento crónico, tanto mental como físico.
En recursos humanos existe un término para este fenómeno: “perder a un buen empleado para convertirlo en un mal manager”. La promoción mal planificada, sin formación ni apoyo, pone en riesgo tanto a la persona como al equipo. “Esto se debe, en la mayoría de casos, al caos organizacional y la falta de previsión”, apunta Alonso. Las empresas que no acompañan a sus nuevos líderes terminan generando frustración y bajas en la motivación, afectando el ambiente laboral.
La pregunta que queda abierta para muchos profesionales es si merece la pena aceptar la jefatura bajo estas condiciones. No se trata solo de talento o voluntad, sino de contar con estructuras que hagan viable ejercer el liderazgo sin sacrificar bienestar. Para las nuevas generaciones, la respuesta suele ser clara: prefieren evitar convertirse en jefes antes que asumir un coste personal tan alto.
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