
Crecer no es lo mismo que madurar, ya que cumplir años no equivale a aprender a gestionar emociones, conflictos y frustraciones con mayor serenidad. La madurez emocional no es un destino garantizado, sino un proceso irregular: intervienen factores como la educación recibida, el tipo de apego desarrollado en la infancia, las experiencias vitales, el entorno social, la capacidad de autorreflexión o incluso el acceso (o no) a herramientas terapéuticas.
Por ello, no todas las personas aprenden a regular lo que sienten del mismo modo, ya sea porque nunca se les enseñó a identificar emociones, a tolerar la frustración o a revisar el propio comportamiento sin sentirse atacadas. En ese contexto, hablar de madurez emocional no debería entenderse como una etiqueta moral, sino como un conjunto de habilidades que pueden desarrollarse o no.
Desde esa perspectiva, el psiquiatra Javier Quintero, a través de uno de sus vídeos publicado en redes sociales (@drjquintero), ha sintetizado en cuatro rasgos algunas de las claves más habituales de la madurez emocional. El experto advierte que no se trata de un examen, sino de “reconocer o detectar qué cosas podrías mejorar”. Además, indica que “la mayoría de las personas no las cumplen todas”.

De la capacidad de reconocer errores a la de alegrarse por logros ajenos
El primer rasgo apunta directamente a una de las grandes batallas cotidianas: el conflicto. Para Quintero, la madurez emocional implica renunciar, en ocasiones, a la necesidad de imponerse. “Primera: no necesitas ganar todas las discusiones. A veces eliges tener paz mental antes que tener razón”. Esta capacidad no supone resignación ni sumisión, sino una jerarquía distinta de prioridades: preservar el bienestar psicológico frente al impulso de demostrar que uno tiene razón.
El segundo rasgo tiene que ver con los límites; en especial, con aceptar que no todo depende de nuestra voluntad. “Entiendes que no puedes cambiar a quien no quiere cambiar y dejas de desgastarte en este sentido”. Aquí aparece una de las fuentes más frecuentes de sufrimiento emocional: intentar transformar al otro como condición para estar bien. La madurez, en este caso, pasa por asumir la autonomía ajena y redirigir la energía hacia uno mismo.
El tercer punto se adentra en un terreno especialmente sensible: la comparación social. Alegrarse por los logros ajenos cuando los propios no llegan no siempre se cumple. Sin embargo, Quintero lo señala como un indicador clave: “Tercera: eres capaz de alegrarte sinceramente por los éxitos de otros, incluso cuando tú aún no has conseguido tus objetivos”. No se trata de negar la frustración personal, sino de que esta no derive automáticamente en envidia, resentimiento o desvalorización del otro.
La cuarta característica es, según el propio psiquiatra, la más difícil para muchas personas, porque toca de lleno el ego y la autoimagen. “Puedes decir ‘Me he equivocado’ sin justificarte ni ponerte a la defensiva”. Reconocer el error sin excusas implica tolerar la vulnerabilidad y asumir responsabilidad emocional, algo que no siempre se aprende en contextos donde equivocarse se castiga. Lejos de ser cualidades innatas o fijas, Quintero señala que “la madurez emocional también se puede entrenar”.
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