La Comisión Europea confirmó este jueves que no se plantea activar el artículo 42.7 del mecanismo europeo de defensa colectiva para hacer frente a la presión de Donald Trump sobre Groenlandia pese a que, sobre el papel, podría hacerlo. Esta cláusula de asistencia mutua obliga a los Estados miembros a prestarse ayuda, incluida la militar, en caso de agresión armada.
“En la actualidad la cuestión no se plantea”, señaló la portavoz comunitaria de Asuntos Exteriores y Seguridad, Anitta Hipper. Con esa frase zanjó horas de incertidumbre en Bruselas sobre si el Ejecutivo comunitario estaba dispuesto a recurrir a una de las herramientas más contundentes de su arquitectura de seguridad. Una herramienta que nunca ha sido activada desde que existe.
Hipper, sin embargo, introdujo un matiz relevante. Groenlandia “forma parte del territorio del Reino de Dinamarca y, por tanto, en principio está cubierta por la cláusula de solidaridad mutua del artículo 42.7”, explicó. Esa precisión no es menor. La isla, aunque no pertenece a la Unión Europea desde 1985, sí forma parte de un Estado miembro. Eso abre la puerta jurídica a que la UE pueda invocar la cláusula en su defensa. Pero Bruselas no quiere hacerlo.
La posición de la Comisión supone un cambio respecto a la jornada anterior. Entonces, la presidenta del Ejecutivo comunitario, Ursula von der Leyen, evitó responder de forma clara cuando fue preguntada por esta posibilidad. Tampoco nadie de su equipo quiso confirmarla ni descartarla. La sensación en los pasillos comunitarios era que se estaba midiendo cada palabra. Ahora la línea es inequívoca: no se va a activar el artículo 42.7.
Ese artículo establece que, en caso de agresión armada contra un Estado miembro, el resto tiene la obligación de ayudarle y prestarle asistencia por todos los medios a su alcance. Incluidos los militares. Es, en la práctica, el compromiso de defensa mutua más fuerte que existe dentro de la Unión Europea. Su no activación en el caso de Groenlandia refleja hasta qué punto Bruselas quiere evitar una escalada institucional con Estados Unidos.
La OTAN toma el relevo
La confirmación de la Comisión llegó poco después de que Von der Leyen, desde Limasol, en Chipre, dejara en manos de la OTAN cualquier cuestión relacionada con la defensa de Groenlandia. Durante el acto de presentación de la presidencia chipriota del Consejo de la UE, la presidenta fue explícita. “Groenlandia puede contar con nosotros política, económica y financieramente. Y cuando se trata de su seguridad, los debates sobre la seguridad del Ártico son, ante todo, una cuestión central de la Alianza”, afirmó.
El mensaje marca una frontera clara entre el papel de la Unión y el de la OTAN. Bruselas se reserva el apoyo político, diplomático y económico. La defensa militar, en cambio, queda bajo el paraguas atlántico. Es una decisión cargada de significado. Estados Unidos, miembro clave de la OTAN, es también el país cuyo presidente ha mostrado abiertamente su interés por hacerse con Groenlandia.
Von der Leyen insistió en que el Ártico es una prioridad estratégica para la Unión. “Tanto el Ártico como la seguridad ártica son temas centrales para la Unión Europea y nos importan enormemente”, subrayó. En ese contexto, recordó que la Comisión ha duplicado el apoyo financiero a Groenlandia en su proyecto de presupuesto. También evocó su visita a la isla el año pasado, antes de que estallara la actual polémica.
“Establecimos una oficina, una delegación, para mantener una cooperación muy estrecha con el gobierno y el pueblo groenlandeses”, señaló. La presidenta quiso así subrayar que la UE no es un actor distante en la región. Al contrario, mantiene una presencia institucional y una relación política consolidada con Nuuk.
“La Unión Europea tiene muy buena reputación en Groenlandia y contamos enormemente con la excelente cooperación que tenemos”, añadió. Por eso, según explicó, la UE seguirá trabajando en la seguridad del Ártico “con nuestros aliados y socios, incluidos los Estados Unidos”. Una frase que refleja la voluntad de evitar un choque frontal con Washington, incluso cuando el propio Trump alimenta la tensión.
Apoyo político y financiero
El planteamiento de Bruselas es, por tanto, nítido. Groenlandia recibirá respaldo político y económico de la Unión Europea. También seguirá siendo un socio prioritario en la estrategia ártica. Pero la defensa militar no se articulará a través de la política de seguridad común, sino de la OTAN.
Esta distinción permite a la Comisión mantener una posición de apoyo a Dinamarca sin cruzar una línea que podría tensar aún más la relación transatlántica. La cláusula 42.7 es una herramienta potente, pero su activación tendría un fuerte contenido simbólico y político. Bruselas no quiere enviar la señal de que considera que existe una amenaza militar que requiera una respuesta europea coordinada.
Nueva estrategia europea
En ese mismo acto en Chipre, Von der Leyen anunció además que la Comisión está trabajando en “una nueva estrategia europea de seguridad”. Se trata de un documento llamado a redefinir el enfoque de la Unión ante un entorno internacional cada vez más inestable.
“El objetivo de este ejercicio es realmente recopilar todo el conocimiento necesario para reconocer los cambios, los cambios geoestratégicos y las nuevas necesidades”, explicó la presidenta. También aludió a los cambios geopolíticos que han transformado el mundo en los últimos años. La guerra, la competencia entre grandes potencias y la presión sobre regiones estratégicas como el Ártico forman parte de ese telón de fondo.
Von der Leyen, sin embargo, no quiso entrar en contenidos. “Al inicio de este trabajo no es prudente ni limitar ni ampliar explícitamente desde ya los distintos ámbitos”, afirmó. Prometió que las respuestas llegarán cuando se presenten tanto las estrategias de seguridad nacional como la europea.
El plazo para culminar ese trabajo es la actual presidencia chipriota del Consejo de la UE. Se extiende hasta el próximo 30 de junio. En esos seis meses, la Comisión deberá perfilar cómo quiere la Unión situarse en un escenario global cada vez más competitivo, con el Ártico y Groenlandia como uno de sus nuevos puntos de fricción.
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