
La ausencia y la presencia son el oxímoron del exilio, una experiencia que se narra en cifras y en los relatos de grandes figuras, pero que rara vez se cuenta desde la memoria de aquellos cuyos nombres no pasaron a la historia. Casi siempre, la memoria remite el dolor y la supervivencia de firmas conocidas y, justo por eso, la exposición El cuerpo errante. Exilio español 1939-1975 de Casa América se centra en la historia de los españoles de a pie que abandonaron el país huyendo de las bombas, los paredones de fusilamiento y el hambre de la Guerra Civil y el franquismo.
Jorge Moreno Andrés, antropólogo y uno de los comisarios de la exposición —que se inauguró el 17 de diciembre y se podrá visitar hasta el 14 de febrero— explica que la muestra es el resultado de más de 15 años de investigación, que recorren el trauma, la resistencia y la reconstrucción de los exiliados y exiliadas a partir de signos mínimos y personales con los que se teje la memoria. “Nos hemos centrado en las cotidianidades, cómo los afectos se mezclan con lo político, pero siempre desde pequeñas cosas, desde pequeños objetos y desde historias de gente, no de los grandes nombres, sino de gente más bien anónima”, dice, y expone el porqué de esta decisión: “Es la manera en la que cualquiera de nosotros puede sentir esa memoria, que en el fondo es nuestra, como algo propio”.
La diáspora no es solo geográfica, es también emocional: es aferrarse a aquello que no se puede dejar atrás, bajo riesgo de perder la integridad propia. El título de la exposición remite directamente al desarraigo que acompaña al exilio. “El exiliado no se puede olvidar de las cosas porque si no se haría pedazos y las tiene que cargar siempre con él. De una manera similar a como las madres de los desaparecidos tienen que cargar con el cuerpo de un hijo que no está en ninguna parte y que depende de su esfuerzo que siga existiendo alguien que no se sabe dónde está”, remarca Moreno.
Seis estancias para sentir el dolor del pasado
La exposición está estructurada en seis propuestas expositivas repartidas en dos plantas, cada una de ellas diseñada para provocar una relación distinta con el pasado de los exiliados. “Queremos que la gente se sorprenda y se relacione con el pasado, con los objetos del pasado, con las historias de ese pasado, que es el pasado del exilio, de una manera distinta. No saber con lo que te vas a encontrar, no saber cómo tienes que poner el cuerpo, es lo que esperamos que le pase al visitante”, apunta.

La primera planta explora los mecanismos de comunicación durante el exilio y pone en el centro la tensión entre lo dicho y lo encubierto. “Vemos, por ejemplo, una carta que dice que unas hermanas de un hombre están de veraneo y unos amigos se fueron de ‘peregrinación’. Cuando giras esa carta, te encuentras cinco sumarísimos de urgencia franquistas y donde se ve la palabra ‘muerte’ en algunos de ellos. Peregrinación significaba otra cosa de lo que aparentaba. Esos disimulos son los que están presentes en esa sala y el visitante tiene que girar los muros, las fotografías, las esculturas, para entender el sentido de esos objetos”, explica Moreno Andrés. Solo así se puede sentir la crueldad de los asesinatos para los que no se podía llevar luto. Todo debía ser de forma velada, hasta el mensaje de la muerte de un ser querido.
De todos los testimonios presentes, sobresale el de las cartas intercambiadas entre una madre y su hijo durante cuatro décadas, incluyendo el periodo de exilio del hijo en México. “20 de noviembre de 1975: ‘Queridísimo hijo: al fin se fue’”, Cartas donde la madre expresa tras años separada de su hijo el fin de la distancia. Las salas invitan al visitante a apropiarse de esos mensajes, leyéndolos y escuchándolos, “con unos pequeños vídeos, con unas pequeñas proyecciones que pertenecían a los vídeos que le enviaba el hijo desde México”.

La segunda planta aborda la memoria material y oral, que muestra el papel central de las mujeres en la transmisión de la historia familiar del exilio durante y tras la Guerra Civil. “Para entender esta exposición hay que entender que gran parte de los testimonios, gran parte de los relatos que nos han llegado, han sido por mujeres y son varias generaciones de mujeres las que atraviesan el tiempo”, dice el comisario, que resalta que “la memoria familiar es una artesanía tejida por voces de mujeres”.
En uno de los espacios más simbólicos del recorrido, el visitante encuentra una medalla con la inscripción “Muero por la libertad” y muñecos diminutos que acompañaron a niños a través del exilio. Para Moreno, conforman “pequeñas cosas aparentemente insignificantes, pero que condensan la memoria de toda una época”. Ese gesto de abrir armarios, de descubrir cada objeto e historia, replica el trabajo de las familias que han preservado estos recuerdos para las futuras generaciones.
La exposición termina en un espacio ajeno que tiene la intención de ser sentido como propio. Allí, se mezclan objetos de diferentes geografías y generaciones: “Es un desván donde invitamos a la gente a deambular. Un desván es un sitio desordenado y eso es una invitación a que tú lo ordenes como tú bien quieras”, indica el comisario. Hay guiñoles, juguetes errantes, canciones infantiles con acento mexicano y un recetario. Forman parte de la memoria de un país que se aferra a las cosas pequeñas e íntimas
La frase elegida para abrir la exposición captura, para Moreno Andrés, el sentimiento esencial del exilio: “Soy un turista al revés. Vengo a ver lo que ya no existe”. La voz de Max Aub en La gallina ciega resume el itinerario de quienes regresaron a la tierra de la que partieron, buscando, en la dispersión de los objetos y los recuerdos, reconstruir una memoria que pertenece a todos.
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