
Los aprendimos en el colegio y así los hemos anclado: oído, vista, gusto, olfato y tacto. Y así han permanecido los cinco sentidos, un conocimiento fijado desde tiempos de Aristóteles. Hasta ahora. Los neurocientíficos de nuestra era han puesto en entredicho que sean solo cinco nuestros sentidos, manejando cifras asombrosamente mucho más altas.
Investigaciones más recientes, como una liderada por el profesor Charles Spence del Laboratorio Crossmodal de la Universidad de Oxford, apuntan a que la percepción es mucho más compleja y sitúa el número de sentidos entre 22 y 33. Escuchar la risa de un amigo, el tacto suave de una sábana, el olor del pan recién hecho, el sabor de nuestra comida favorita o ver cómo juega nuestro perro son solo algunos momentos de la vida cotidiana que disfrutamos gracias a nuestros sentidos, pero muchas de las cosas que captamos podrían explicarse por otros desconocidos hasta el momento.
La neurociencia incluye el sentido de la propiocepción, que permite ubicar nuestros miembros en el espacio sin necesidad de observarlos, muy relacionado con la interocepción, encargada de informar de los cambios internos del cuerpo, como variaciones del ritmo cardíaco o la sensación de hambre.
Existe también el sentido de la agencia, relacionado con el control de los movimientos corporales, cuya pérdida puede llevar a pacientes con accidente cerebrovascular a creer erróneamente que otra persona mueve sus extremidades. Esto se conoce como el síndrome de la mano alienígena o extraña.
Tacto, olfato y gusto: una pareja de tres
Se ha descrito asimismo un sentido de propiedad corporal, que puede perderse de manera selectiva; algunos pacientes con daños cerebrales afirman que una de sus extremidades no les pertenece, pese a mantener la capacidad de sentirla. Otros sentidos tradicionales, como el tacto, se consideran hoy en día conjuntos de varios sistemas sensoriales diferentes. A su vez, el tacto abarca la percepción del dolor, la temperatura, el picor y las sensaciones táctiles propiamente dichas. Al degustar un alimento, por ejemplo, se combinan las sensaciones táctiles, el olfato y el gusto (o gustación) para producir la percepción final del sabor.
En el caso del gusto, los receptores linguales identifican los sabores básicos (salado, dulce, ácido, amargo y umami), pero los sabores frutales, como el de la fresa o la frambuesa, no se reducen a una mera suma de estos componentes. La experiencia de estos sabores surge de la integración entre el olfato y el gusto, ya que el olfato desempeña un papel protagonista en esa percepción.
Esta concepción ampliada de los sentidos ha orientado nuevas líneas de investigación. Como ha indicado Barry Smith en The Conversation, la coordinación entre filósofos, neurocientíficos y psicólogos en el Centre for the Study of the Senses de la School of Advanced Study de la Universidad de Londres ha permitido entender fenómenos notables: modificar el sonido de los propios pasos puede alterar la sensación de ligereza o pesadez corporal, mientras que audioguías en museos que presentan los cuadros a través de la voz de su modelo ayudan a los visitantes a retener más detalles visuales.
Estas investigaciones contribuyen a entender que los sentidos funcionan de manera integrada y muchas veces sorprendente. Estas interesantes investigaciones ilustran que basta con hacer una pausa en la rutina para advertir cómo nuestros sentidos cooperan y enriquecen cómo vivimos la vida en cada momento.
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