Escuchar a un hijo insultar durante una rabieta suele generar preocupación en las familias. Sin embargo, este comportamiento no implica necesariamente mala intención ni falta de valores. Según explica la pedagoga Laura Gamonal, cuando un niño recurre a palabras ofensivas en un momento de enfado, lo que está mostrando es una incapacidad temporal para gestionar lo que siente.
La experta ha abordado este tema en varios contenidos divulgativos publicados en Instagram, donde analiza situaciones cotidianas de crianza desde una perspectiva emocional. En uno de ellos, Gamonal aclara que “cuando un niño te insulta está usando el lenguaje como un arma, y muchas veces no lo hace con intención de herir, sino porque está desbordado”.
El motivo principal es neurológico y emocional. El cerebro infantil aún está en desarrollo. Las áreas encargadas de frenar impulsos y poner palabras a las emociones no han madurado por completo. En ese contexto, el niño no sabe cómo expresar lo que le ocurre y recurre a la vía que tiene más a mano. Por eso, la pedagoga insiste en que el objetivo no debe ser eliminar el enfado. La emoción es legítima. El foco debe ponerse en enseñar al niño a gestionarla sin dañarse a sí mismo ni a los demás.
Cómo canalizar las emociones
Gamonal explica que corregir únicamente el insulto suele ser poco eficaz. Regañar o castigar en pleno desborde emocional no enseña alternativas. Al contrario, puede incrementar la intensidad del conflicto y la sensación de incomprensión. En consecuencia, la experta propone tres claves para acompañar estas situaciones de forma consciente.
La primera es validar la emoción sin validar la conducta. Esto implica reconocer lo que el niño siente cuando el momento de máxima intensidad ha pasado. Nombrar lo ocurrido ayuda a que el menor se identifique. Validar no significa justificar. La pedagoga recomienda explicar con calma qué estaba ocurriendo y dejar claro que insultar no está bien. Este proceso actúa como un espejo emocional. El niño aprende a diferenciar entre lo que siente y lo que puede hacer con ese sentimiento. “La validación baja la intensidad y abre la puerta al aprendizaje”, señala Gamonal. Cuando un niño se siente comprendido, su sistema nervioso se relaja y aparece la capacidad de escuchar.

La segunda clave consiste en ofrecer alternativas reales para expresar el enfado. Dibujar, respirar, hacer una pausa o retirarse un momento son opciones válidas. También se pueden enseñar frases sencillas que ayuden a poner límites antes de estallar, como “necesito espacio” o “estoy muy enfadado”. Cuantas más herramientas tenga el niño, menos necesidad tendrá de recurrir a la violencia verbal. El aprendizaje emocional es acumulativo. No se adquiere en una sola conversación, sino a través de la repetición.
La tercera idea es central: puedes sentirlo, pero no hacer daño. Gamonal insiste en que todas las emociones son legítimas, incluida la rabia. Lo que debe regularse es la forma de expresarla. Esta distinción es clave para desarrollar una autoestima sana y una buena gestión emocional.
La regulación emocional comienza cuando el niño se siente entendido. Desde la conexión, el aprendizaje es posible. Los límites siguen siendo necesarios, pero deben estar sostenidos por una relación segura. La experta recuerda que un niño que se siente acompañado no deja de enfadarse, pero aprende a hacerlo de forma más saludable. Entender este proceso ayuda a las familias a dejar de ver el insulto como un ataque personal y empezar a interpretarlo como parte de la crianza emocional.
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