
Mucho antes de que el rollo de papel se convirtiera en un objeto cotidiano, la humanidad ya había desarrollado todo tipo de métodos para mantener la higiene íntima. Desde esponjas en vinagre hasta hojas de puerro, heno o páginas de periódico, esta es la sorprendente historia de cómo se limpiaba el mundo antes del papel higiénico.
Hoy damos por hecho el uso del papel higiénico, pero su invención y uso generalizado es relativamente reciente en la historia humana. Durante siglos, y en distintas partes del mundo, las personas recurrieron a métodos muy variados -y a menudo ingeniosos- para cubrir esta necesidad básica. Los materiales disponibles, el estatus social y las costumbres culturales jugaron un papel fundamental en cómo se resolvía esta rutina diaria.
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El tesorium romano

En la Antigua Roma, por ejemplo, lo más común era el uso del tersorium: un palo con una esponja atada en un extremo. Esta se mojaba en vinagre o agua salada antes de utilizarse, y luego se enjuagaba para ser reutilizada por otra persona. El sistema, aunque hoy pueda parecer poco higiénico, era habitual en las letrinas públicas romanas.
Por su parte, los antiguos griegos utilizaban métodos aún más rudimentarios. A falta de agua o utensilios, algunos recurrían a sus propias manos o a pequeñas piedras redondeadas llamadas pessoi. Los más pudientes preferían hojas grandes y flexibles, como las de puerro, que ofrecían una limpieza más delicada.
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Los métodos de la Edad Media
Durante la Edad Media, con menor atención a la higiene personal, se empleaban materiales sencillos como heno, hojas secas, musgo o incluso fragmentos de ropa vieja. Era común usar la esquina de una camisa rota o trapos reutilizables. La prioridad era la practicidad: todo dependía de la estación del año, la región y los recursos del hogar.
No existía un método único ni estandarizado. Cada comunidad tenía sus propias costumbres, muchas veces dictadas por la necesidad más que por la comodidad.
El lujo del Renacimiento

En épocas posteriores, como el Renacimiento, las clases altas comenzaron a buscar opciones más refinadas. Aparecieron toallas de estopa —hechas con lino o cáñamo— y, en casos extremos, incluso terciopelo o satén. La limpieza se convirtió también en símbolo de estatus. La famosa condesa du Barry, por ejemplo, usaba toallitas de encaje.
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Sin embargo, el papel seguía siendo un bien escaso y valioso, reservado para la escritura o la lectura. De hecho, se han hallado fragmentos de manuscritos antiguos reutilizados como papel higiénico en letrinas.
El salto moderno: de los periódicos al rollo
Hasta mediados del siglo XX, era común usar páginas de periódico o catálogos en las casas. El papel satinado no era lo ideal, pero era lo que había. Todo cambió en 1857, cuando el estadounidense Joseph Gayetty lanzó al mercado hojas especiales para la higiene. Años después, los hermanos Scott crearon el primer rollo tal como lo conocemos.
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La verdadera expansión del papel higiénico llegó con la instalación de baños conectados a sistemas de agua. Desde entonces, se convirtió en un objeto indispensable, tan común que olvidamos su sorprendente historia.
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