
Los profesores franceses han iniciado una cruzada en las universidades contra el uso de ordenadores por parte de los estudiantes. Según relatan los maestros, los alumnos no suelen utilizar estos dispositivos para tomar apuntes, sino que son una distracción, con la que, en vez de atender a sus explicaciones, se envían mensajes, ven series o juegan entre ellos.
“Hay tantos productos de Apple que parece que estás dando clase frente a un manzano”, bromea Julien Damon, profesor de sociología en Sciences Po. Este maestro tomó la decisión de imponer una “prohibición total y radical de todos los dispositivos electrónicos” en sus clases organizadas en pequeños grupos. “Los teléfonos están cargados con software diseñado para distraerte”, explica.
“Mis compañeros que creen que la mayoría de los estudiantes toman apuntes se equivocan. Si miras sus pantallas, quizás uno de cada cinco usa un procesador de texto. ¿Qué profesor habría aceptado eso hace veinte años?”, se pregunta Damon. Como broma, a principio de año este profesor de sociología les regala a sus alumnos un bolígrafo de cuatro colores: “La gran mayoría están muy contentos, son dos o tres horas de descanso”.
Otro profesor universitario que tomó la decisión de prohibir el uso de aparatos tecnológicos en sus clases es Oliver Esteves, docente de la Universidad de Lille. En su caso, prohíbe todo tipo de pantallas en las aulas. “Recuerdo muy bien mi sorpresa cuando, por primera vez, vi a un estudiante enviar un mensaje de texto durante una clase. En ese momento no dije nada, fue un error”, confiesa. El detonante de esta decisión fue un episodio ocurrido hace varios años: “Estaba contando las víctimas de los disturbios raciales en Estados Unidos a finales de los años 60. Y dos estudiantes sonreían con mucha franqueza mientras miraban sus pantallas”.
Esta situación impactó en el docente. “No me gusta que me vean como el gran idiota que lo prohíbe todo. Pero no me pagan por dirigir un cibercafé”, explica. Además, señala que todos sus cursos están disponibles n la intranet de la universidad, con hipervínculos a podcasts y vídeos, algo que no existía hace veinte años, pero lamenta “la falta de debate colectivo sobre el tema”.
Prohibir ordenadores para prohibir la inteligencia artificial
En la universidad Sciences-po Lyon también se ha prohibido el uso de estos dispositivos en las clases de ciencias políticas y en la mayoría de clases de idiomas modernos. La decisión la tomó, en parte, Aurore Portet, profesora asociada de inglés. La maestra, que llevaba años defendiendo el valor educativo de la tecnología digital, decidió cambiar de opinión por culpa de la inteligencia artificial. “Cuando un profesor plantea una pregunta, un alumno tarda menos en enviarla a una IA que en pensar. Pero si externalizamos sistemáticamente todo el pensamiento, perdemos la capacidad de pensar por nosotros mismos”, argumenta.
Por su parte, la Universidad Paris Cité también decidió impartir las clases de introducción a la historia del derecho sin pantallas. En este centro educativo, el profesor de derecho Nicolas Mathey sueña con aulas sin ordenadores: “Cuando hay 250 o 400 estudiantes escribiendo, se hace un ruido enorme, es agotador”. Además, el docente explica que, cuando los estudiantes escriben en un dispositivo, entran “en una especie de trance” ya que siguen un dictado sin captar la idea. “Si les hago una pregunta, la anotan. Hay un lapso de tiempo considerable antes de que comprendan que espero una respuesta”, lamenta.
En 2014, en la revista Psychological Science, investigadores estadounidenses de Princeton y UCLA demostraron, mediante tres experimentos, que escribir a mano mejora la comprensión profunda de lo que escuchamos, mientras que escribir a máquina no nos permite asimilar completamente el tema y los conceptos involucrados. Este beneficio lo corroboraron investigadores noruegos de la Universidad de Trondheim en 2020. Al examinar las áreas del cerebro que se activan al escribir a mano, incluso en una tableta digital, demostraron que se genera “actividad neuronal oscilatoria”.
Por su parte, Esteves, que concuerda con los estudios, señala que “La sobreexposición a las pantallas contribuye a la infelicidad estudiantil, al igual que la inseguridad laboral, la preocupación por su futuro y la ansiedad ecológica”. Además, añade que “Hacer la vista gorda, actuar como si nada pasara, está alimentando indirectamente la infelicidad estudiantil”
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