
Si hemos sufrido una intoxicación alimentaria por comer unos huevos, un pescado o una carne en mal estado, es natural que nuestro cuerpo sienta rechazo ante un plato de esa comida que nos provocó malestar. Y es que el cerebro es capaz de recordar e identificar el alimento que nos provocó una intoxicación.
Un equipo de neurocientíficos de la Universidad de Princeton (Estados Unidos) ha demostrado cómo una sola comida puede crear una evasión alimentaria duradera en ratones. En concreto, han identificado el “centro de memoria” exacto en el cerebro responsable de estas fuertes aversiones alimentarias relacionadas con intoxicaciones alimentarias previas.
Según publican los investigadores en la revista Nature, el estudio revela cómo se desarrolla en roedores el aprendizaje puntual, en el que una sola experiencia crea recuerdos duraderos. Para ello, mezclaron sobres de polvos para preparar bebidas azucaradas de uva con una sustancia que les provocaba el vómito a los roedores.
Estos hallazgos podrían arrojar luz sobre cómo se forman recuerdos similares en las personas, como cuando un solo evento traumático provoca trastorno por estrés postraumático (TEPT). Por lo tanto, el estudio de la intoxicación alimentaria en ratones podría contribuir a la elaboración de futuros tratamientos clínicos en humanos.
Muchas personas recuerdan una experiencia vívida de intoxicación alimentaria que las llevó a evitar ciertos alimentos que las enfermaron, expone Christopher Zimmerman, autor principal del nuevo artículo y becario postdoctoral en el Instituto de Neurociencia de Princeton (PNI). Aunque la experiencia es bastante común, el misterio que ha intrigado a los investigadores durante mucho tiempo ha sido el lapso de tiempo.
A diferencia de tocar una estufa caliente y sentir dolor inmediato, la intoxicación alimentaria implica un retraso significativo entre la ingestión de alimentos contaminados y la aparición de la enfermedad, lo que Zimmerman denomina el “retraso de la comida al malestar”.
Así, Zimmerman comenzó a desentrañar los mecanismos cerebrales detrás del aprendizaje para evitar alimentos nauseabundos pidiéndoles a los ratones que probaran un nuevo sabor que nunca habían probado antes: Kool-Aid de uva. “Es un mejor modelo de cómo aprendemos realmente”, apunta Zimmerman. “Normalmente, los científicos de campo usan solo azúcar, pero ese no es un sabor habitual en una comida. El Kool-Aid, aunque todavía no es típico, se acerca un poco más, ya que su perfil de sabor tiene más dimensiones”.
Los ratones aprendieron que, al meter la nariz en una zona específica de su jaula, recibían una gota de Kool-Aid. Treinta minutos después de disfrutar de su primera bebida morada, recibieron una inyección única que les causó una enfermedad temporal similar a una intoxicación alimentaria.
Como era de esperar, al ofrecerles la opción dos días después, los ratones evitaron con vehemencia el antes atractivo refresco y prefirieron beber solo agua. Sin embargo, lo que sí les llamó la atención a los investigadores fue dónde se encontraba esta asociación entre el zumo y la enfermedad: la amígdala central.
“Si observamos todo el cerebro, donde se representan los sabores nuevos y los familiares, la amígdala resulta ser un lugar realmente interesante, ya que se activa preferentemente con los sabores nuevos en cada etapa del aprendizaje”, reflexiona Zimmerman. “Se activa cuando el ratón bebe, cuando se siente mal más tarde y cuando recupera ese recuerdo negativo días después”.
La amígdala y la gestión del aprendizaje
La amígdala central, un pequeño grupo de células hacia la parte inferior del cerebro involucradas en el aprendizaje de las emociones y el miedo, también procesa mucha información del entorno, incluidos olores y sabores. Los resultados de Zimmerman son los primeros en mostrar cuán importante es la amígdala central en cada paso del proceso de aprendizaje y fueron sorprendentes incluso en el primer experimento.
Al conocer dónde se forman los recuerdos aversivos de sabores, el equipo rastreó cómo las señales de enfermedad del intestino llegan al cerebro. Basándose en indicios de investigaciones previas, identificaron células especializadas del rombencéfalo que contienen una proteína específica (CGRP) que se conecta directamente con la amígdala central. Estimular estas células 30 minutos después de la experiencia de un ratón con Kool-Aid generó la misma aversión que una intoxicación alimentaria real. También descubrieron que sentirse enfermo hacía que las neuronas activadas por Kool-Aid se reactivaran.
El equipo cree que los nuevos sabores pueden “etiquetar” ciertas células cerebrales para que permanezcan sensibles a las señales de enfermedad durante horas después de comer, permitiendo que esas células se reactiven específicamente por la enfermedad y, por lo tanto, conecten causa y efecto a pesar del retraso en el tiempo.
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