
Limpiadores, bomberos, podadores, terapeutas y acompañantes. Son profesiones que normalmente ejercen los seres humanos. Ese es el principal motivo por el que muchos se sorprenden cuando conocen El Burrito Feliz, una asociación que pretende dar nuevos usos a los burros en bosques, playas y cultivos, especialmente en la zona de Doñana y la comarca de El Condado (Huelva).
El principal responsable de esta idea es Luis Bejarano, el presidente de la asociación. Ha dedicado su vida a estos animales, e incluso en sus viajes procuraba ver la vida y usos que estos tenían. “Observé en Suiza que había muchos burros en el campo”. Más de los que había en España, donde este animal ha visto reducida su presencia entre un 90 y un 95%. “Allí los usaban como motores de transporte, y también como protectores contra los lobos”.
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En cambio, en nuestro país el burro ha pasado de ser un imprescindible para los campesinos a convertirse sobre todo un animal visto como mascota, especialmente cuando es pequeño. “Ya no se utiliza en el campo por la codicia humana”, señala Luis, “ahora se intenta hacer todo de forma mecánica”. Ese viaje a Suiza, en cambio, le animó a revalorizar el uso actual de los burros para “valorar la gestión agrícola de una forma más tranquila”.

No es una broma, es algo que habíamos olvidado
Luis trabajaba en el Santuario Animal Wendy Clements, un lugar en el que una mujer escocesa con este nombre decidió apoyar económicamente un terreno en el que los animales pudieran vivir en paz. De allí salieron 14 burros que Luis introdujo en diferentes proyectos: limpiar costas de las playas, desbrozar el terreno cercano a incendios para impedir la expansión del fuego y sustituir herbicidas en varios viñedos y olivares de la zona.
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“Cuando empezaron estas actividades en la zona de Huelva, los agricultores decían: ‘Esto suena a broma’”, recuerda. El éxito del proyecto, en cambio, fue suficiente para convencerles de que, en los viñedos, a cambio de “un poquito menos de uva”, lograban después unos cultivos de “mejor calidad”. “Proponemos que no toda la agricultura sea intensiva”, dice Luis, “y dejar una pequeña parte para los animales”. El animal puede vivir de otra forma, con un empleo digno y una importancia social. El ser humano, por su parte, puede volver a tender puentes con la naturaleza.
Sin embargo, todos estos empleos no deberían verse como una innovación, sino como una recuperación de los usos que los burros tenían no hace mucho. “Recuerdo las frases de los viejos”, relata Luis, “el primer podador fue un burro”. En Pompeya, por ejemplo, se han encontrado pruebas de que realmente era así, además de en los testimonios de textos antiguos en los que se describe cómo era la agricultura en las colonias romanas.
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En el día a día de estas actividades han participado desde el primer momento varias mujeres que actualmente constituyen el grupo Mujeres por Doñana, que cuidan el entorno de esta zona. La coordinadora es Cristina Mariño, que lleva más de diez o 15 años con los burros. “A nosotros nos aporta darles algo a los animales, al mismo tiempo que hacemos una labor para la naturaleza”, nos cuenta. “Queremos dejarles a las próximas generaciones un mundo mejor”. Aún no les permiten entrar al parque de Doñana, así que es en los alrededores donde llevan a cabo sus iniciativas.

La importancia del carácter de los animales
La labor de estas 18 mujeres voluntarias es muy variopinta. Para los burros bomberos, por ejemplo, van con ellos a las zonas cercanas al incendio en el que los camiones no pueden llegar para que desbrocen y hagan un cortafuegos. “Los burros tienen que tener agua”, destaca, además de la importancia de mantener a los animales tranquilos mientras realizan su labor. Para los burros limpia costas, por ejemplo, se suele dar que la gente que está por allí, en especial los niños, se acerquen a tocar a los animales. “Si se pone nervioso, lo apartamos y calmamos, y cuando está tranquilo ya volvemos con él”.
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Para este y el resto de trabajos, se aseguran siempre de escoger a los animales que, de por sí, tienen una naturaleza más tranquila. “Tienen que ser dóciles”, señala Cristina. Y es que lo más habitual es que, al ver a los animales con las cestas en las que las voluntarias van depositando las basuras, la gente decida implicarse para dejar la playa limpia. “Allá donde vemos que hay un problema de basura, actuamos”. Para ellas, y para quienes deciden acompañarlas, es muy gratificante, porque también inocula una idea a los que ven sus actuaciones: “Lo que traes, llévatelo, no lo dejes por ahí”.
El efecto que despiertan los burros en las personas es también la razón por la que también se han empezado a utilizar como terapia. Se ofreció después de la pandemia, para todos aquellos sanitarios que acusaron el estrés diario de su trabajo. “Era una terapia emocional para la gente que trabajaba en hospitales”, insiste Luis, que entiende que los burros, entre otras cosas, pueden enseñarnos a “compartir nuestra vida de otra forma”. Compartirla, también, como forma de ocio, en servicios de trecking por Doñana o una ruta del Camino de Santiago en la que también sirven de apoyo y compañía.
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Un batallón desbrozador de gansos y perros ‘rescata-erizos’
En el santuario hay, además, otros animales que también participan en los proyectos. A los burros que cuidan los viñedos y olivares para evitar usar herbicidas los acompaña “el batallón de gansos desbrozadores”. Gracias a ellos, se limita el uso de químicos que impiden la presencia de insectos, imprescindibles para que vengan aves migratorias que, poco a poco, han ido desapareciendo del entorno natural. “El poso del veneno también puede convertir en estériles a los animales o incluso matarlos”, advierte Luis.
Los perros también tienen protagonismo en esta historia. Un equipo de ellos se dedica, desde hace tres años, a barrer los terrenos arrasados por los incendios y rescatar erizos. Esta patrulla ayuda a detectar a los animales heridos por el fuego. “Nos los traemos al Santuario, los cuidamos, y cuando están listos para volver a la naturaleza, los llevamos a la zona de las viñas”, explica Cristina.
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De este modo, Burrito Feliz ha ido creciendo año tras años, con proyectos que han ido llamando la atención dentro y fuera de España. Luis y el resto de sus compañeros y compañeras han realizado entrevistas para medios de todo el mundo. También desde diferentes administraciones, como la de Argentina, desde donde han querido conocer el uso terapéutico que les dan a los animales. “Queremos mostrarles a todos que hay otra forma de luchar por la vida”, termina diciendo Luis. El coste es escaso, sobre todo para unos beneficios que los agricultores y la gente de la zona no deja de comprobar.
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