
La llegada de un bebé siempre trae grandes cambios. Por ello, da igual que se trate de un niño buscado: siempre se necesita un tiempo de adaptación. Las dinámicas familiares cambian, las necesidades de un recién son muchas y hay que aprender a entender sus demandas.
En este contexto, el cuidado y la protección de los pequeños son siempre el principal objetivo de sus padres. No obstante, a veces los mitos se imponen en la crianza.
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Qué pasa si le pones manoplas a un recién nacido
Es habitual que los bebés nazcan con las uñas muy largas y que al hacer al algún movimiento terminen por arañarse el cuerpo. Esto, unido a que es frecuente que tengan los pies y las manos frías, hace que muchos padres decidan ponerles manoplas. El objetivo siempre es el mismo: salvaguardar su bienestar.
Sin embargo, lo cierto es que esta decisión puede llegar a ser perjudicial para los pequeños. Durante los nueve meses de gestación, el bebé permanece en el interior de su madre en un entorno constante, a una temperatura estable y flotando en líquido amniótico, protegido de sonidos y estímulos externos. Por contra, el mundo al que se enfrenta al nacer es completamente cambiante y está lleno de estímulos. Por ello, sus sentidos se activan para ayudarle a conocer el nuevo entorno.
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Desde su etapa de feto, la piel del bebé ya es extremadamente sensible, incluso cuando apenas alcanza los 2,5 centímetros de longitud y aún carece de ojos y oídos formados. Inicialmente, el feto flota libremente en el líquido amniótico, pero conforme avanza el embarazo, el espacio en el útero se reduce y el contacto con las paredes uterinas se intensifica, especialmente durante las contracciones finales que comprimen y empujan al bebé, estimulando profundamente su piel. Después del nacimiento, el recién nacido busca reanudar esos ritmos de estimulación táctil. Sus manos, llenas de receptores nerviosos, le permiten interactuar con el entorno y explorar el cuerpo de su madre, iniciando un proceso de adaptación al medio externo.
El sentido del tacto es fundamental para que el bebé logre ubicarse y reconocerse en su entorno, siendo parte esencial del desarrollo de la propiocepción. Esta capacidad permite al recién nacido tomar conciencia de su propio cuerpo y del espacio que ocupa.
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Cómo evitar que el bebé se arañe
El mayor peligro de no usar manoplas reside en los arañazos. Ahora, estos no dejan de ser inofensivos. Cuando el bebé se araña a sí mismo, esos movimientos forman parte de su experiencia táctil y contribuyen al proceso de descubrir las sensaciones y familiarizarse con su propio cuerpo.
Para evitar daños mayores, lo mejor es mantener las uñas cortas. Durante el primer mes, es aconsejable limar suavemente las uñas del bebé, prestando especial atención a las esquinas, que suelen quedar más puntiagudas. Pasado ese tiempo, se pueden cortar cuidadosamente con tijeras de punta roma, diseñadas para minimizar cualquier riesgo en caso de movimientos bruscos del bebé. En el mercado existen tijeras y limas especiales para bebés, con puntas redondeadas para evitar lesiones accidentales. Las uñas deben cortarse siempre en línea recta, evitando redondear los bordes para prevenir que se encarnen y causen molestias al pequeño.
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