En el cine muchas veces lo importante no es tanto el “qué” como el “cómo”. Y, aun así, hay ciertos temas que entrañan tal complejidad que es imposible saber la manera acertada de acercarse a ellos, porque se corre el riesgo de que ese cómo le reste importancia al qué. No obstante, cuando ambas cosas se ponen al mismo nivel y se combinan de manera armoniosa, entonces estamos hablando de una película en mayúsculas, de una obra capaz de superar cualquier barrera y situarse en un lugar especial.
El tema de los abusos sexuales y la violación no es algo precisamente fácil de tratar. En los medios a veces se peca de poca sensibilidad y tacto, la mayoría de veces revictimizando a la víctima en vez de señalando al culpable, y en otros casos sucede al revés, que el exceso de sensibilidad puede generar una sensación de paternalismo y condescendencia que tampoco ayuda. En definitiva, a la hora de plantear el tema hay que tener en cuenta que lo más seguro es que no se pueda contentar a todo el mundo, que no hay una fórmula correcta de abordar el caso. Y ante eso solo cabe hacer las cosas con cabeza pero también con corazón, desde la honestidad y la experiencia. Y ese es el caso de Martha Coolidge y su Not a Pretty Picture.
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Not a Pretty Picture es una película atípica, un híbrido entre documental y narración ficcionada que ante todo busca experimentar y probar todo tipo de formas para encontrar su verdad, la de la propia Martha Coolidge. La directora fue víctima de abusos sexuales en su adolescencia, y con este documental pretendía no solo revivir este suceso traumático, sino también aprender de él, comprender cómo se llegan a estas situaciones viéndolo desde fuera y sobre todo escenificar una triste realidad que cualquier mujer puede haber sufrido en algún momento de su vida. “Creo que fue bueno usar ese formato, porque significaba que tenía que entenderlo más claramente para mí misma. Tenía que ser capaz de explicar lo que me había ocurrido a otras personas”, desgrana Coolidge, quien casi cincuenta años después ve cómo esta experiencia personal y fílmica regresa para ser estrenada como se merece, en la gran pantalla.
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Un tesoro adelantado a su tiempo
Estrenada originalmente en 1976 y completamente inédita en España y en otros países, Not a Pretty Picture llega a partir del 1 de marzo a los cines de la mano de Atalante Films, la cual se encarga de distribuirla en nuestros cines con una copia restaurada en 4K. Una película que se hace más importante que nunca en los tiempos actuales, en pleno estallido del caso de Carlos Vermut y movimientos como #SeAcabó, pero que ante todo no deja de ser un magnífico ejercicio de cine documental y narrativo, independientemente de la actualidad que rodee su estreno.
Porque al fin y al cabo no hay que olvidar que es una película en torno a un caso concreto, el que sufrió la propia Martha Coolidge en 1962 cuando fue violada por un compañero de clase mayor que ella durante una fiesta. Cualquier otro documental podría haberse limitado a rememorar la experiencia, quizá con una voz en off y un par de imágenes, o tal vez, como mucho, a recrear la situación de la época, pero ya hemos dicho que esta película va mucho más allá. Adelantada a su tiempo como pocas, en 1976 Coolidge tuvo la atrevida y sincera decisión de incluirse dentro del propio relato, tejiendo una película híbrida y metacinematográfica en la que ella también participa.
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Es decir, por un lado vemos escenas de ficción que recrean el episodio que ella vivió, pero también vemos a modo de documental a la directora junto al resto de actores planificando cada escena y manteniendo espontáneas conversaciones en torno a la violación, a la forma de filmarla y a la forma de representarla por parte de los actores.
“Se trataba de que pareciera fresco y real, para que cuando aparecieran elementos sorprendentes en una escena, pudieran seguirlos. Di a los actores ciertas instrucciones fijas sobre adónde ir: ‘Ve aquí, luego ve allí', pero no quería ponerles límites ni decirles cómo actuar. Los cámaras sabían en qué dirección irían los actores. Retrospectivamente, me encanta cómo, inesperadamente, me filmaban observando a los actores... Fue realmente impactante”, relata Coolidge, quien por momentos se pone frente a cámara para explicar a Michelle Manenti, su álter ego en la película y otra mujer que también fue víctima de violación, cómo representar la escena, pero también conocer cómo se siente ante determinadas situaciones. En definitiva, toda una anatomía en torno a la violación que no duda en sentarse a hablar pero también a escuchar a sus propios protagonistas, un formato prácticamente inédito para la época y que quizá por ello ha resonado con más fuerza en nuestro presente.
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Inspiración para nuevas generaciones
Porque un tiempo antes de que esta película se estrenase en cines por todo lo alto, primero cayó en manos de Céline Sciamma, la cineasta francesa conocida por películas tan maravillosas y con una sensibilidad tan personal como Tomboy, Retrato de una mujer en llamas o Petite Maman. La directora presentaba hace tan solo unos meses Not a Pretty Picture en el cine Doré de Madrid en el marco del LesGaiCineMad, explicando que se había topado con ella de casualidad durante la pandemia, cuando buscaba documentales que ver que no fueran los típicos y que estuvieran dirigidos por mujeres.
“Ojalá hubiera visto Not a Pretty Picture cuando era adolescente, porque habría aprendido sobre la cultura del abuso y sobre la resistencia a dicha cultura a través del uso innovador del lenguaje cinematográfico. Y cómo eso hace una gran película”, comentaba la directora, quien descubrió a los asistentes del Doré esta película, que previamente ya había exhibido durante la pasada Berlinale, donde se proyectó la restauración dentro de la retrospectiva Young at heart - Coming-of age at movies. Como el caso de Céline Sciamma, ahora esta película llegará a los cines para descubrir la valentía de Martha Coolidge a nuevas generaciones, ayudar a otras víctimas a sentirse comprendidas y, sobre todo, a invitar a reflexionar sobre cómo ha de escenificar el cine y las series la violación y los abusos sexuales. Porque al final es tan importante el qué como el cómo.
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