
Un cuadro no es suficiente para reflejar el dolor, a pesar de su crudeza. Visitar el Reina Sofía y admirar la obra de Picasso no es suficiente para imaginar lo que sintieron los habitantes de Gernika ni los del resto de la región ante la amenaza que suponía que un ejército atacara impunemente a los civiles lejos de cualquier frente durante la Guerra Civil Española.
En la obra se ve a las víctimas, a los vulnerables, a los inocentes. La crudeza del bombardeo de 1937 instauró el miedo en la sociedad vasca y miles de familias decidieron mandar a sus hijos al extranjero para protegerlos. Tras el bombardeo de Guernica en 1937, aproximadamente 4.000 niños vascos fueron evacuados a bordo del buque “Habana”, que les llevó hasta Reino Unido. El 21 de mayo llegaron sin sus familias a un país que no conocían huyendo de la guerra. Corrieron distinta suerte, algunos volvieron a la tierra en la que nacieron, otros se quedaron allí para siempre.
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En aquel buque abarrotado, que a apenas tenía capacidad para 400 personas, viajó Enrique Martínez Baranda. Hace años que falleció, pero su hijo, Simon Martínez, ha hablado de la historia de su vida con Infobae España. Cuenta que su padre llegó a Inglaterra cuando tenía 12 años. Antes había vivido con sus padres y sus cuatro hermanos en Getxo, pero la guerra le obligó a separarse de su madre y su padre, al que no volvería a ver.
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Tomás, el padre de Enrique, era herrero en los astilleros de Bilbao y había emigrado para trabajar. Eloísa, su madre, había nacido allí, y hablaba en castellano y euskera, mariza Simon. “Su hermano mayor, José Luis, y su padre estuvieron en el ejército del País Vasco en el Batallón Rosa Luxemburgo. Tomás falleció en la defensa de Bilbao en la Plataforma de Hierro el 3 de junio de 1937 en la Peña de Lemona”, narra el inglés, que se defiende con bastante soltura en castellano.
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Enrique zarpó hacia Inglaterra junto a sus dos hermanos pequeños, Juan Antonio, de 8 años, y Tomás, de 7. Peligno, su hermano menor, se quedó en España con su madre. Pero Bilbao no tardaría en caer, de manera que Eloísa y Poligno fueron evacuados a Barcelona meses después. Cuando finalmente el bando republicano perdió la guerra, madre e hijo regresaron a Bilbao, pero tuvieron suerte de no vivir con la represión que aguantarían sus amigos, vecinos y familiares durante 40 años. El Comité Vasco de Niños y la Embajada de México en Londres se encargaron de que fueran a Inglaterra en 1948 como exiliados.
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Los tres hermanos, y el resto de niños vascos, vivieron en un campamento en Londres durante sus primeros meses allí. Eran los voluntarios los que gestionaban las tareas organizativas y suplían las necesidades más básicas de todos los niños. Con el final de la guerra, e incluso antes, la mayoría de ellos volvieron a España con sus familias, pero muchos otros se quedaron. Es el caso de Enrique, que, como cuenta su hijo, “se dedicó de lleno a la educación inglesa aprendiendo a hablar, leer y escribir”. En 1940, a sus 16 años, se unió a la Marina Mercante y pasó los años de la Guerra Mundial en barcos que cruzaban el Atlántico y se dirigieron a Rusia. “Una vida muy peligrosa”, añade su hijo. No volvió a pisar País Vasco hasta la muerte de Franco por temor a ser juzgado por rebelión si volvía.

“Estuvo en el mar hasta 1968, cuando se unió a la agencia de Seguridad Marítima del Gobierno Británico para garantizar la seguridad de la navegación”, explica su hijo que asegura que, a día de hoy, “habría estado consternado por la pérdida de vidas de refugiados en el Mediterráneo y el Canal de la Mancha”.
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Enrique murió a los 64 años y sus primeros años de vida le marcaron para siempre. “Quedó profundamente traumatizado por la guerra. Como a todo el mundo, le resultaba imposible hablar de sus experiencias”, lamenta su hijo.
La de Enrique y sus hermanos es una de las miles de historias habrían quedado en el olvido de no ser por la Basque Children of ‘37 Association UK (la Asociación de Niños Vascos de 1937 de Reino Unido). Nació en 2002 como fruto de las investigaciones familiares de Natalia Benjamín, hija de una maestra de los Niños Vascos en la Colonia de Colchester, y Manuel Moreno Oyarbide, el hijo de una de las Niñas que estuvo en la Colonia de Cambridge, donde estaban los hijos de los héroes del País Vasco que habían muerto en la oposición a Franco. Sus investigaciones familiares en la década de 1990 les llevaron a ponerse en contacto con historiadores británicos que les animaron a crear la asociación.
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Una placa para conmemorar sus vidas
Desde que se fundó, los descendientes de aquellos niños refugiados se han encargado de mantener viva la historia de sus padres y abuelos. Ahora, están recaudando fondos para colocar una placa conmemorativa en el edificio que albergó el Hogar Español en Londres, una entidad cultural creada por Juan Negrín –entonces presidente del Gobierno de la República en el exilio–, que tuvo una extraordinaria importancia para los españoles exiliados. “Es muy importante para todos los descendientes de los niños vascos y los exiliados republicanos, es donde nuestros padres y abuelos se reunían cuando necesitaban apoyarse mutuamente”, expresa Simon.
De modo que no, quizás un cuadro no es suficiente para reflejar el dolor, pero sí para que no se olvide su historia, y menos, si en torno a ella hay asociaciones que se encargan de recordarla y contarla.
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