
Durante la España franquista estuvieron activos entre 200 y 300 campos de concentración. Ahí terminaban los disidentes políticos, los que habían combatido en el bando republicano y, tras la modificación por parte del régimen de la Ley de Vagos y Maleantes en 1954, también cualquier miembro de la comunidad LGTBI+.
No era mucha la diferencia que separaba estos ‘centros’ de los campos de concentración nazis, solo que en ellos no se exterminaba a los presos de forma sistemática, sino que terminaban muriendo de desnutrición, a causa de los trabajos forzados, y base de palizas y humillaciones.
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La infame historia de Tefía
Uno de esos espacios de condena se autodenominaba ‘Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía’, situado en la isla de Fuerteventura, aunque allí no se plantaba ni se recolectaba nada. Estuvo en marcha mucho más que los demás, hasta mediados de los sesenta, porque allí iban a parar aquellos que denominaban desviados, que incluía a homosexuales y transexuales, a los que consideraban un peligro para la sociedad, y su principal misión era que, a través de la fuerza bruta, dejaran de serlo. Eso que llamaban la reeducación sexual.
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Así, la policía franquista se afanó en limpiar las calles de todo aquel que tuviera una orientación sexual dudosa para recluirlos en cárceles y centros de trabajo donde estaban sometidos a condiciones infrahumanas.
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Tefía se estableció precisamente tras instaurarse la Ley de Vagos y Maleantes, en 1954, en un antiguo cuartel de la Legión, un terreno yermo y desértico en el que solo se podía picar piedra, algo a lo que se dedicaban los presos en jornadas de trabajo que solían terminar con sus vidas en poco tiempo, a lo que habría que añadir el continuo maltrato por parte de los funcionarios que estaban a las órdenes del director del centro, un carmelita castrense sin escrúpulos llamado Prudencio de la Fuente.
Campo de concentración en una isla

Miguel del Arco decidió ambientar su ficción en ese lugar en el que no había ninguna posibilidad de escape, entre un desierto interminable que terminaba en el mar, por lo que los reclusos estaban totalmente aislados y a merced de lo que quisieran hacer con ellos. “Me interesaba mucho esa metáfora de un campo de concentración en una isla que no necesita ni siquiera una vigilancia brutal, porque era imposible escapar de allí”, cuenta Miguel del Arco a Infobae España sobre la elección de Tefía, ya que al principio estuvo a punto de ambientar la historia en Nanclares, en Álava.
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Su interés por este lugar escalofriante creció después de leer la novela escrita por Miguel Ángel Sosa Machín Viaje al centro de la infamia, ambientada en la década de los cincuenta que recogía el testimonio de uno de los pocos supervivientes que se atrevió a hablar, Octavio García, en el que estaría inspirado uno de los protagonistas de Las noches de Tefía.
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Con 23 años de edad, Octavio fue detenido en Las Palmas, se le condenó por homosexual y terminó en el campo de concentración de Tefía, donde sería sometido a constantes torturas con látigos y donde las condiciones de vida eran insoportables, sin agua, sin luz, sin camas, en barracones hacinados, sin poder tener un mínimo de higiene y sin apenas comida.
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Los pocos que lograron salir nunca se atrevieron a contarlo. El infierno había sido tan devastador que los marcaría para siempre. Por eso hay tan pocos testimonios sobre esos lugares de la infamia que ahora Miguel del Arco ha querido recuperar para que no se olvide que todo eso ocurrió hace demasiado poco. “Seguimos teniendo un desconocimiento absoluto sobre nuestra historia más reciente. Y eso es una de las cosas que hizo de forma excelente el régimen franquista: instaurar la ley del silencio y del terror que continúa hasta nuestros días”, añade el director.
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