
Este 4 de junio, se dio a conocer la muerte de Marjane Satrapi, responsable de una de las historias más celebradas del siglo XXI: Persépolis, autobiografía que incluso la llevó a ser nominada a un Oscar.
Tanto en su versión de novela gráfica como en su adaptación al cine, Persépolis se ha destacado de manera excepcional. En el papel, la historia ganó el Prix du Lion en Bélgica, el Premio autor revelación en el Festival Internacional de la Historieta de Angulema 2001 y mejor guion en 2002. El Primer premio de la paz Fernando Buesa Blanco, Vitoria 2003 y el Premio Harvey a la mejor obra extranjera, EE. UU. 2004.
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Ya como película, en Cannes, ganó el Premio del Jurado. En los premios Cesar, se llevó los galardones de Mejor guión adaptado y Mejor primera obra. En los premios Oscar perdió contra el gigante Pixar y su aclamada Ratatouille, pero comenzó una conversación sobre la importancia de la animación en historias más complejas y adultas en el cine mainstream.
Pero, entonces, ¿qué ha hecho de Persépolis una historia tan atemporal y tan poderosa que hasta el día de hoy sigue conmoviendo a millones de personas alrededor del mundo?
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Una experiencia audiovisual única
Explicar los problemas geopolíticos que ha enfrentado Medio Oriente tan solo en los últimos 50 años podría requerir de toda una biblioteca. No obstante, Marjane desarrolló en ambas adaptaciones un lenguaje visual único y atractivo para contextualizar el conflicto que transformó para siempre su vida y la de toda Irán.
En la película, la ausencias de color en las memorias de Marjane es clave para su narrativa, pues envuelve en una atmósfera de nostalgia y melancolía a ese pasado que sigue generando estragos en su presente.
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Por supuesto, nada de esto se hubiera podido construir sin la magia de la animación, cuyas limitaciones físicas son prácticamente inexistentes y hace de una historia tan íntima y profunda algo divertido, dinámico, carismático y sumamente vivo.

Pero Persépolis no es un documental de guerra, no busca ser un archivo histórico. De hecho, esta no es solo una historia más, es la vida real de una mujer que tuvo la (mala) suerte de experimentar en carne propia en un momento y lugar lleno de violencia, represión, injusticia y oscuridad. Persépolis no se trata solo de bellos dibujos, es una historia íntima, poderosa y llena de mensajes que calan incluso después de casi 20 años de su estreno.
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La guerra dentro de todos
Decenas de películas sobre conflictos bélicos en Medio Oriente muestran el rostro más crudo de la vida en esos países. Aquí es donde Persépolis rompe el canon, pues lo cierto es que la vida de Marjane no fue particularmente desgarradora en comparación a lo que se puede ver en historias como Las tortugas también vuelan o The Breadwinner.
Satrapi, como nieta del que fuera primer ministro de Irán antes de la revolución islámica, tuvo una vida muy privilegiada en la capital iraní, muy lejos de las zonas más vulnerables del país como Sistán y Baluchistán. Así, Satrapi, a pesar de la represión que vino con el Ayatolá, pudo tener una vida relativamente normal con estudios, familia, amigos y un profundo amor por las artes.
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Muy probablemente esto sea clave para el culto que en occidente se le profesa a su autobiografía, pues al final del día, se enfoca en la transformación de la niña a la mujer y como su contexto moldea su forma de pensar, algo con lo que en cualquier punto del globo es fácil de identificarse.
De niña, Marjane está fascinada con la lucha política que mantienen sus padres contra el Sha, ve a sus familiares revolucionarios y de izquierda como unos verdaderos héroes e incluso idealiza la imagen de Karl Marx y la sitúa dentro de sí junto a Dios.
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Marjane, aún siendo una niña, debe enfrentarse al asesinato de su tío por ser considerado un traidor. Aquí, su primer sistema de creencias se resquebraja y en su lucha interna se deshace de Dios, de la fe, de la esperanza que esta imagen representa en la vida de millones de personas.

Los años pasan, el Islam se cuela en la intimidad del hogar. Marjane crece como cualquier adolescente; es rebelde, cínica, se burla de la autoridad y escucha a Iron Maiden de manera clandestina. Marjane no es consciente de lo terrible de la situación, incluso tras ver cómo un militar insulta a su madre ante sus ojos.
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Su madre no está molesta, está aterrada, entonces toma la decisión de mandar a su hija a Europa, donde espera que su rebeldía y particular forma de ver el mundo no le cueste la vida con tan solo 14 años.
Un paraíso inalcanzable
Marjane viajó a Austria en circunstancias mucho más cómodas de lo que la mayoría de refugiados huye de sus países, pero eso no quiere decir que su experiencia en nuevas tierras fuera más amable.
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Se encontró con un nuevo idioma (aunque sabía francés por su escuela, no hablaba el natal alemán), una cultura sumamente racista y una generación de adolescentes que hablaba de sufrir pero que en realidad nunca lo había hecho.
Marjane continúa creciendo. Lamentablemente, no hay nadie alrededor que le ayude a entender el mundo y, al mismo tiempo, a entenderse. Todo cambia con la llegada de su primer amor; todo parece perfecto, Marjane finalmente ha encontrado una isla donde naufragar después de navegar sin rumbo.

De estar completamente sola, comienza a construir lo que ella considera un hogar, pero una infidelidad echa todo a la basura y Marjane se encuentra en el punto más lúgubre de su vida.
Tras gritarle a su casera en un arranque de ira por todo lo que estaba viviendo, Marjane se encuentra sin techo, sin dinero y con hambre, vagando por las calles de Viena. Esto también genera una reflexión muy interesante que más tarde se recalca en la cinta: el llamado primer mundo está lleno de indiferencia.
Pudo pedir ayuda a su familia desde el primer minuto, pero ella se castiga y se avergüenza por esta experiencia.
Marjane es encontrada a punto de morir en plena acera, un recordatorio que un corazón roto puede causar más dolor en una persona que todos los misiles del mundo.
En el hospital se rinde y llama a sus padres. Ya no puede sola, su intento de existir por su cuenta fracasó. Debe volver derrotada a Irán.
Tan cerca de casa y tan lejos del hogar
Cuando Marjane regresa a Irán se encuentra con un lugar desconocido. Ya no son los mismos edificios, no son las mismas calles, no son las mismas personas con las que creció. Nuevamente, es una extranjera, una extraña incluso ante los ojos de su familia. El sentimiento de “pez fuera del agua” la lleva a vivir una profunda depresión, de la cual solo logra salir cuando se aventura a estudiar arte o, en otras palabras, buscarle un sentido a su existencia.
Paralelamente, la represión en Irán cada vez es más dura y la protagonista, en sus plenos 20’s, alza un grito en contra de las absurdas reglas de vestimenta en la universidad impuestas por el Islam, para luego abusar de estas reglas y acusar falsamente a un hombre que la miraba en la calle para no meterse en problemas por su forma de estar maquillada para una cita. Otro recordatorio de la autora de que, en la vida real, no hay héroes ni villanos, solo personas que tratan de sobrevivir a su contexto y aún así, siempre se puede escoger hacer lo correcto.
Y esa misma supervivencia obliga a Marjane a casarse con su novio con la única intención de poder demostrarse amor en la calle sin miedo a ser azotados. Lamentablemente, aún son jóvenes, aún no se conocían bien y la relación se enfría rápidamente.

Todo acaba en una noche de fiesta, en la clandestinidad, donde uno de los amigos de Marjane, al huir de la policía, termina cayendo del techo de un edificio y muriendo en el acto. Esto deja muy marcada a Marjane, quien desde que regresó a Irán intentó vivir una vida normal, acoplarse a las reglas y saltar algunas tantas. Pero esa noche recordó que vivir escondida y con miedo no es normal, lo que resume en una de las frases más poderosas que ha dejado el cine:
“Estábamos tan ocupados siendo felices que olvidamos que no éramos libres”.
Finalmente, Marjane se da cuenta que no puede seguir en Irán. Decide huir a Francia, donde su voz tiene más posibilidades de ser escuchada. Sin embargo, esa última escena de la película donde el color regresa, también muestra a Satrapi melancólica y con varios ojos mirándola con desprecio o miedo por su origen iraní.
Nuevamente, Satrapi se convierte en un pez fuera del agua. Quizá así se sintió hasta el último de sus días. Quizá por eso la tristeza de haberse quedado sin el amor de su vida, el actor y guionista Mattias Ripa, terminó por marchitarla hasta consumirla por completo. Quizá llegó a pensar que era la única persona que la comprendía.

Pero quizá si no hubiera sido por esa forma tan única de ver el mundo, tan apasionada y solitaria, jamás le hubiera dejado al mundo una historia como Persépolis.
“Cuando era estudiante tenía clara una cosa: iba a ser pobre. Viviría en una buhardilla, comería siempre pasta y nunca iría de viaje, pero trabajaría en lo que me gustara”, dijo Marjane Satrapi en una de sus últimas entrevistas con El País.
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