Una mentira adolescente, un enojo pasajero y un golpe mal calculado fueron suficientes para cambiar el rostro de una de las figuras más icónicas de la música del siglo XX. David Bowie no nació con heterocromía —como muchos creen—, sino que un episodio durante su juventud dejó una secuela que formaría parte de su enigmática imagen.
Antes de ser David Bowie, fue David Robert Jones. Nació en Brixton, al sur de Londres, y se mudó con su familia a Bromley cuando era niño. Allí conoció a George Underwood, quien se convirtió en su mejor amigo y, años después, en colaborador artístico. La amistad comenzó cuando ambos se unieron a los scouts, a los nueve años. “Empezamos a hablar de música, de lo que veíamos en la tele... todo lo que estaba de moda entonces”, recordó Underwood en una entrevista con la BBC. “Rápidamente nos hicimos inseparables”.
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Juntos asistieron al Bromley Technical College, una institución donde también fue profesor Owen Frampton, padre del músico Peter Frampton. “Siempre estábamos haciendo tonterías y riéndonos mucho”, agregó Underwood. Solían pasear por la calle principal de Bromley vestidos con ropa llamativa, creyéndose estrellas antes de serlo. “Íbamos de una hamburguesería Wimpy a otra, en busca de chicas”, relató.

Una pelea que dejó marca
Pero la amistad vivió un momento de tensión a los 15 años, cuando ambos se enamoraron de la misma chica: Carol. En el cumpleaños de Underwood, él le propuso a Carol encontrarse en un club juvenil el miércoles siguiente a las 19. Sin embargo, Bowie intervino.
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“Antes de salir a verla, David me llamó por teléfono y me dijo que ella no quería encontrarse conmigo, que prefería verlo a él. Era mentira”, relató Underwood al medio The Tab. Cuando finalmente llegó al club, otra amiga le dijo que Carol lo había estado esperando durante más de una hora.

La traición fue suficiente para que Underwood reaccionara. Al día siguiente, en el recreo, se acercó a Bowie y le dio un puñetazo en el ojo izquierdo. “Solo quería dejarle un ojo morado por lo que había hecho. No creí que iba a ser una marca duradera”, confesó más tarde.
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Pero lo fue. El golpe dañó el músculo del iris izquierdo de Bowie y provocó una condición llamada anisocoria: su pupila quedó permanentemente dilatada. Aunque ambos ojos eran del mismo color (azules), la diferencia en el tamaño de las pupilas hacía que parecieran distintos. Así nació uno de los rasgos más distintivos de la imagen de Bowie.

El arte y la reconciliación
A pesar del incidente, la amistad entre Bowie y Underwood no se rompió. Con los años, incluso colaboraron creativamente. Underwood —quien optó por una carrera en el arte visual tras abandonar la música— diseñó algunas de las portadas más emblemáticas de Bowie. Entre ellas se destacan Hunky Dory (1971) y The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1972).
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Bowie nunca le guardó rencor. Por el contrario, años después le dijo a Underwood que el golpe había sido un regalo. “Me diste ese aspecto enigmático, de otro mundo”, recordó el artista plástico en distintas entrevistas.

El vínculo entre ambos duró por décadas. Compartieron giras y proyectos. “Nos reíamos mucho. Lo extraño porque se fue demasiado pronto”, dijo Underwood tras la muerte del músico.
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El legado de Bowie
David Bowie fue mucho más que una imagen. Fue cantautor, actor, multiinstrumentista, productor y diseñador. Su influencia dejó una marca indeleble en la cultura contemporánea. Rompió moldes, desafió las convenciones de género y sexualidad, y fusionó el rock con el arte conceptual como pocos artistas lo hicieron.
El 10 de enero de 2016, apenas dos días después de cumplir 69 años y del lanzamiento de su último álbum, Blackstar, Bowie murió de cáncer de hígado en su departamento de Nueva York. Había sido diagnosticado 18 meses antes, pero eligió mantener la enfermedad en privado.
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Su muerte conmocionó al mundo. La noticia fue recibida con homenajes masivos y tributos de artistas de todo el planeta. Bowie dejó un legado musical, visual y conceptual que sigue influyendo a nuevas generaciones. Y aunque su carrera estuvo marcada por reinvenciones constantes, su mirada —esa que en parte le debe a un viejo amigo y una pelea adolescente— quedó inmortalizada como símbolo de su carácter único y visionario.
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