
Por décadas, Rodrigo Prieto ha sido el arquitecto visual detrás de algunas de las películas más destacadas del cine contemporáneo.
Su trabajo como director de fotografía en películas como Secreto en la montaña (Brokeback Mountain, 2005), El Lobo de Wall Street (The Wolf of Wall Street, 2013) y Barbie (2023) le ha permitido moldear estéticas diversas con una maestría inigualable.
Sin embargo, como menciona The New Yorker, en su primer largometraje como director, Prieto enfrentó un desafío titánico: llevar al cine Pedro Páramo, la enigmática novela de Juan Rulfo, considerada por muchos imposible de adaptar.
El reto no era menor. Pedro Páramo es un clásico de la literatura mexicana, con una narrativa fragmentada que oscila entre el presente y el pasado, lo real y lo fantasmal.
La historia sigue a Juan Preciado en su búsqueda de un padre al que nunca conoció, Pedro Páramo, un cacique despiadado que encarna el poder y la desolación de un México postrevolucionario.
La obra fue una fuente de inspiración para autores como Gabriel García Márquez, quien aseguró que sin Pedro Páramo no habría escrito Cien años de soledad.
Aun así, sus intentos previos de adaptación al cine—en las décadas de 1960, 1970 y 1980—terminaron en decepciones, y cineastas como Werner Herzog concluyeron que llevarla a la pantalla era un esfuerzo condenado al fracaso.
Un reto de luz y sombras
En el estudio de Warner Bros. en Nueva York, Prieto repasaba meticulosamente la última edición de su película. En una escena crucial, dos personajes sostienen un farol de aceite mientras deambulan por un pueblo desolado.
El director de fotografía convertido en cineasta se detenía en cada detalle: la luz debía ser abundante, pero al mismo tiempo, debía sentirse la oscuridad.
“La luz de luna no es confiable”, decía Prieto, consciente de que en la realidad la luna ilumina vastas extensiones, pero en el cine es un elemento engañoso.
A lo largo de su carrera, Prieto había experimentado con diversas técnicas para recrear la iluminación nocturna.
En Amores Perros (2000) utilizó globos de helio con luces dentro; en Brokeback Mountain aprovechó la luz natural para capturar la intimidad de los personajes.
Pero en Pedro Páramo, las locaciones—un pueblo del siglo XVII con calles empedradas en San Luis Potosí—limitaban su margen de maniobra. La solución fue una estructura metálica con más de cien tubos de luz cuidadosamente distribuidos, creando un resplandor uniforme que parecía emanar del cielo.
Del ojo del fotógrafo a la mirada del director

Netflix le propuso a Prieto dirigir la adaptación de Pedro Páramo en 2021, mientras trabajaba con Martin Scorsese en Killers of the Flower Moon (2023).
Era una oportunidad única, pero también una apuesta riesgosa. La familia de Juan Rulfo tenía reservas sobre su capacidad para llevar la historia al cine. “Temía que se convirtiera en una película demasiado estética y sin profundidad”, confesó Juan Carlos Rulfo, hijo del escritor.
Prieto aceptó el reto y trabajó en el guion junto al cineasta español Mateo Gil, quien había escrito un borrador años atrás sin poder concretar el proyecto.
La tarea más difícil fue decidir qué elementos conservar y cuáles sacrificar. “Rodrigo quería meterlo todo”, contó Gil, “pero le decía: ‘No cabe’”.
Uno de los mayores debates fue cómo representar a los fantasmas de la novela. Mientras Gil proponía una diferencia visual clara entre los vivos y los muertos, Prieto optó por mantener la ambigüedad.
Durante el rodaje, Prieto enfrentó otro desafío: equilibrar su faceta de director con su instinto de director de fotografía. Al inicio, su enfoque estaba completamente volcado en la imagen, en la perfección visual de cada toma.
Sin embargo, con el tiempo logró acercarse más a los actores y al desarrollo emocional de la historia. Para los protagonistas, su meticulosidad fue un rasgo distintivo.
“Tiene un ojo milimétrico”, señaló la actriz Mayra Batalla, “pero siempre nos recordaba que todo esto es un juego, un juego muy serio”.
Una película entre la fidelidad y la reinvención
El resultado final ha generado opiniones divididas. En una proyección privada, la familia Rulfo quedó satisfecha con el trabajo de Prieto.
“Mi padre habría dicho: ‘Podría haber sido más misteriosa’”, reflexionó Juan Carlos Rulfo, “pero creo que le habría gustado ver que se le tomó en cuenta”.

La crítica, sin embargo, ha estado dividida. En Estados Unidos, algunos consideraron que la película pudo haber sido más audaz en su interpretación visual, tomando mayores libertades con la narrativa.
En América Latina, en cambio, ha sido recibida con mayor aprecio, elogiando la forma en que Prieto logró trasladar la complejidad de la novela a la pantalla.
Un punto en particular ha generado debate: en un momento clave, Prieto introduce una escena completamente nueva, en la que cuerpos flotan en el cielo, girando en un remolino silencioso. Cuando Juan Carlos Rulfo le preguntó por qué la había incluido, Prieto simplemente respondió: “Porque quería”.
Esta declaración encapsula la transición de Prieto de director de fotografía a cineasta. Como fotógrafo, su trabajo ha sido dar vida a las visiones de otros; como director, ha encontrado su propia voz.
Con Pedro Páramo, no solo ha logrado lo que muchos consideraban imposible, sino que ha dejado su huella personal en una de las historias más enigmáticas de la literatura mexicana.
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