
Alejandro Gutman llega puntual a la cita, en el bar de una librería porteña, con la misma energía con la que llena estadios y gimnasios de jóvenes salvadoreños. El empresario argentino, desde hace veinticinco años dedicado a proyectos sociales en El Salvador, habla con la convicción de quien ha repetido su relato cientos de veces ante auditorios muy distintos —jóvenes de barrios marcados por las pandillas, diplomáticos en Naciones Unidas, empresarios escépticos— y sigue creyendo en él. “Hay que estar”, repite varias veces durante la charla, una frase del ex director técnico Carlos Bilardo que usa como resumen de su método: no se cambia la vida de una comunidad desde un escritorio.
En El Salvador Gutman construyó, primero desde la sociedad civil y ahora desde el Estado, un modelo que bautizó “cultura de la integración”: la idea de que la pobreza no se combate solo con dinero, sino tendiendo puentes —en la escuela, la universidad, la empresa— entre los sectores marginados y el resto de la sociedad. Hoy preside, con carácter ad honorem, la Dirección de Integración, el organismo que el presidente Nayib Bukele creó a su medida para convertir en política pública lo que antes hacía, con recursos mucho más escasos, al frente de la Fundación Forever. Infobae lo entrevistó por primera vez en enero de 2021, cuando todavía dirigía la fundación, y por segunda vez en septiembre de 2023, recién nombrado en su nuevo cargo. Esta es la tercera conversación, y llega en un momento bisagra.
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El 23 de agosto, Bukele anunció ante un estadio Mágico González repleto de jóvenes la entrega de 50.000 becas para estudios superiores, respaldadas por un préstamo del Banco Interamericano de Desarrollo. El próximo 29 de septiembre miles de bachilleres de escuelas públicas recibirán la certificación que los habilita a inscribirse en la universidad. Gutman, que fue el arquitecto técnico de ese anuncio, lo resume sin matices: “Para el país marca un cambio de época, una nueva etapa, un cambio de sistema”, dice. “Para mí es la concreción de una utopía, de una lucha de veinticinco años.”
— El 23 de agosto se hizo el anuncio de las 50.000 becas ante un estadio lleno. ¿Qué significó ese día para usted y para el país?
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—Marca un cambio de época, una nueva etapa, un cambio de sistema. Es muchísimo más que hablar de un montón de becas. La historia de El Salvador es una historia llena de embudos, de falta de acceso, que impidió a millones de salvadoreños llegar a la educación superior. Ese evento reunió a 32.500 jóvenes: 23 mil de escuelas públicas, 8 mil de los 14 mil que ya son becados, y 1.500 entre maestros y directores. Marcó una nueva etapa en la que la educación superior dejó de ser un privilegio para pocos y se convirtió en un derecho para todos. Para mí es la concreción de una utopía, de una lucha de veinticinco años.
— Explíquele a alguien que no conoce El Salvador ese cambio: de privilegio a derecho.
—El Salvador es una sociedad clasista, desintegrada históricamente. Esa desintegración llevó a vidas de violencia durante generaciones: primero una guerra civil, después el fenómeno de las pandillas. Eso hizo que solo del uno al cinco por ciento de quienes terminaban la escuela pública pudiera ingresar a la universidad. Hoy ese número llega, fácilmente, a un cincuenta por ciento. Y eso pasó en dos o tres años. Cuando fui a la ONU representando a El Salvador, ministras de Finlandia y de otros países hablaban de un milagro: cómo hicimos para pasar del cinco al cincuenta por ciento.
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— Muchos especialistas en pobreza sostienen que quienes crecen en comunidades marginadas no acceden a la universidad porque, entre otras cosas, sienten que no pertenecen a ese ámbito. ¿Cómo se trabaja ese obstáculo del lado de los propios jóvenes?
—Es cierto. Los chicos ni conocían las universidades. Sus familias tampoco habían tenido acceso. Y las universidades tampoco iban a buscar a sus estudiantes: le dieron la espalda a un pueblo. Hubo que hacer un cambio cultural muy grande en universidades, escuelas, familias y maestros.
— ¿Y cómo lograron ese cambio cultural?
—Todo eso que se instaló, sobre todo en Latinoamérica, de que los chicos viven en la “cultura del ni-ni” —que ni quieren estudiar ni quieren trabajar— es una mirada muy prejuiciosa e ignorante de la realidad de los jóvenes. Los chicos tienen un enorme deseo. En los primeros meses del año anduve llenando estadios, escuelas y gimnasios con cuarenta, cincuenta mil chicos, con un interés y una atención tremendos: cómo puede ser que un viejo de sesenta y cinco años como yo les hable durante una, dos, hasta tres horas y me presten atención así. Nunca tengo que levantar la voz. Si uno va con un mensaje que a los chicos no les interesa... pero, ¿cómo saben lo que les interesa si no están, si no tratan? Eso ha sido fundamental: enamorarlos, que descubran que el conocimiento no tiene por qué ser aburrido.
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— ¿Y las empresas? ¿Colaboran en esta transformación?
—Son las más difíciles. Si hay algo en la sociedad salvadoreña que me ha costado modificar es la actitud del empresariado. Algunos sí colaboran, pero en general al empresario todavía le falta un camino más profundo, una mirada más enriquecida, conocer más a su gente. Y te lo dice un empresario también: a mí me ha ido muy bien, soy un agradecido. Pero en general el empresario siente que ya llegó, se queja y pide, pero le cuesta un gesto de generosidad. Inventaron la responsabilidad social empresarial, que es casi una nueva industria: es como sacarse una culpa de encima.
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— El 29 de septiembre los jóvenes reciben sus certificaciones. ¿Cómo funciona el sistema, qué es ese documento y qué les permite hacer?
—Todos los chicos del último año de bachillerato de las escuelas públicas —y próximamente también de colegios privados de cuota baja— pueden hacer un proceso formativo, gratuito y voluntario. Hoy tenemos a todas las universidades del país participando del sistema. De lo que cuesta cada beca, la mitad la paga cada universidad y la otra mitad el Estado. El BID nos dio cien millones de dólares para esto. Si querés ir a la universidad, tenés que cumplir seis actividades del proceso formativo: refuerzo de Matemática y Lenguaje los sábados durante todo el año, el curso “ADN de la pobreza”, entre otras. Para escuelas técnicas hay que cumplir cuatro actividades, y para cursos vocacionales, dos. El 29 les vamos a enviar a alrededor de 23 mil jóvenes su certificado —Dirección de Integración o Dirección de Integración Plus— y con eso ya pueden inscribirse: tienen siete u ocho días para anotarse en las carreras, universidades y modalidades que quieran.
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— ¿Y después? ¿Quién decide quién entra?
—Son las universidades las que deciden a quién aceptan. Si a un chico lo aceptaron en cinco carreras distintas, tiene que elegir una de inmediato y libera los demás cupos. Se hace una segunda y una tercera etapa para que todos tengan acceso.
— ¿Es la primera vez que se hace el sistema así, con las universidades eligiendo directamente?
—Sí. Antes nosotros definíamos los cupos según los requerimientos, y ahora son directamente las universidades las que eligen. Pero esto ya se hizo este año, 2026: tenemos catorce mil chicos que están terminando este primer año.
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—Insiste en que esto no es un regalo.
—No lo es. Tienen que cumplir esas actividades; si no las cumplen, no acceden. Y una vez adentro, logramos algo que ojalá todas las universidades del mundo hicieran: cambiamos el sistema de ingreso. Antes, al becado le exigían más notas que a un alumno regular; si no se sacaba un siete o un ocho, perdía la beca. Hoy tiene las mismas obligaciones y los mismos derechos que cualquier alumno regular. Es un triunfo invisibilizado pero muy importante. Hoy tenemos un nivel de deserción del diez por ciento, frente a un treinta o cuarenta por ciento entre los alumnos regulares.
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— ¿Cómo miden esa deserción, y qué pasa con la inserción laboral de los graduados?
—Tenemos gente en cada una de las 42 universidades siguiendo cómo les va. Sobre inserción laboral es muy pronto, recién empieza, pero vamos a publicar esos datos.
— En un país con tanta emigración histórica, ¿puede el mercado formal absorber a todos estos graduados?
—Yo creo que hoy hay mucha menos emigración y bastante más inmigración. Está volviendo gente, y tenemos que ver cómo la integramos. Además, el mundo va a cambiar enormemente en cinco o diez años, y los chicos son parte de ese mundo cambiante; ellos mismos van a encontrar nuevas salidas. No podés pensar en los chicos olvidándote de lo que les gusta, de sus sueños, de todo lo que pueden construir para el país.
— ¿Cómo se sostiene económicamente el programa a futuro?
—Hay un mecanismo que se llama CLIPP, de hasta 300 millones de dólares. Estos cien millones del BID son para los primeros años, y cuando haga falta más, en dos o tres años, se recurrirá a esos otros fondos. Fondos hay y hay voluntad política, que es importantísima.
—¿Y qué están haciendo para que esto se institucionalice, para que sobreviva cuando usted no esté más al frente y no esté más este presidente?
—Los protagonistas de este cambio son los jóvenes, los maestros, los padres, las universidades, las escuelas, el Ministerio de Educación y, por supuesto, la voluntad política del presidente, sin la cual esto hubiera sido imposible. Hoy vuelvo a sentirme libre, porque cada vez soy menos importante, y eso me da alegría. Es política pública: ya no depende solo de mí.
—La ley de “cultura de la integración” se aprobó en 2019 con el apoyo de todos los partidos. ¿Ese respaldo político transversal se mantiene hoy?
—Hoy es muy difícil que alguien se oponga. Aparecieron algunas voces disonantes, pero se apagaron rápido porque no tienen eco. Todos los presidentes anteriores, incluso alguno me dio una ley, pero nunca hubo un acompañamiento real del Estado. Una ley sin fondos y sin acompañamiento total no sirve de nada.
—¿Qué relación hay entre este cambio educativo y la política de seguridad de Bukele? Porque la primera etapa del Gobierno fue de represión.
—Represión, sí. Fue la primera etapa, y fue fundamental. El clima de seguridad que hoy tiene el país abrió las posibilidades. Yo hablo del florecimiento salvadoreño: un país donde la seguridad abrió las posibilidades. Yo soy un ejemplo claro con la fundación: logramos graduar a algunos miles, pero era un aspecto muy reducido. Los directores de escuela me cerraban la puerta. La seguridad fue lo que generó la posibilidad de este cambio de sistema. Le digo siempre al presidente: usted hizo dos cambios de sistema. Revolucionó la seguridad, y ahora revoluciona el sistema educativo.
— ¿Qué cambió en las escuelas y en las comunidades que antes eran territorio de las pandillas?
—Antes no querían estudiar en la escuela pública porque antes estaba muy asociada al pandillerismo y a situaciones de muchísima dificultad. Hoy la escuela pública tiene un nivel de seguridad como si fuera el mejor colegio del mundo. El país está viviendo una seguridad tremenda. Nosotros entramos durante veinticinco años, y prácticamente éramos los únicos que entrábamos. Hoy ya no hay pandillas ahí.
— ¿Y qué impacto tiene, a su vez, este cambio educativo sobre la seguridad?
—Un impacto tremendo, porque les está dando a los chicos, por primera vez, la posibilidad de elegir. Y junto a los chicos van las familias y los vecinos. Esa es la base para salir de la pobreza. La seguridad también se nota en que el país ganó un espacio enorme en turismo y en construcción: hay un boom tremendo, en parte por salvadoreños de afuera que quieren volver o invertir. Se están desarrollando otras zonas que antes estaban relegadas, como San Miguel o Santa Ana. Y hay lugares todavía muy alejados, como Chalatenango, donde antes la única mirada de los jóvenes era irse del país.

— ¿Ya pudieron medir el impacto de estos programas en la reducción de la pobreza?
—Para nosotros la pobreza tiene una significación que va mucho más allá de lo económico: tiene que ver con la cantidad y calidad de relaciones integradoras entre personas e instituciones. Es difícil salir de la pobreza si no crecés como persona, si no accedés a educación, si no armás una red de relaciones. Los salvadoreños dejaron de vivir con una pulsión introspectiva, centrípeta, por miedo a hablar de sus emociones, y pasaron a una pulsión centrífuga, mucho más natural, de relacionarse con otros. Ese pasaje de la introspección al florecimiento es, para mí, la mejor medida de salir de la pobreza. Lo que pasa es que los gobiernos y las organizaciones internacionales miden con parámetros cada vez más ineficientes.
— ¿Trabajan también con familias de personas detenidas o liberadas?
—Hablamos con todos, no hacemos ninguna exclusión. Hacemos ferias, festivales, actividades de continuidad académica, y no preguntamos si alguien está detenido o no, ni si le gusta o no el presidente. En la Dirección de Integración jamás preguntamos eso. En algunos casos queda cierto resentimiento, cada vez menos, aunque tengan familiares detenidos en el CECOT, la cárcel de máxima seguridad. Pero la vida de los chicos sigue, y nosotros no hacemos ninguna distinción.
— ¿Qué desafíos quedan pendientes, qué es lo que todavía no funciona como quisieran?
—Hay varios. Uno tiene que ver con las empresas, como le decía. Tengo un proyecto que ya hablé con el presidente, aunque no sé si voy a poder llevarlo adelante: el fortalecimiento de las comunidades, uno de los cinco pilares para salir de la pobreza. La participación de la gente es fundamental, aunque parezca un concepto simple no se entiende bien: no alcanza con decirle a la gente “participá”, así no funciona. Hace falta el acompañamiento del Estado nacional y local, y acercar universidades y empresas, para que la comunidad tenga sentido de pertenencia y la gente no quiera irse apenas mejora su situación. Porque si eso pasa, nunca mejora nada a nivel comunitario. La idea no es hacer una “pequeña Nueva York” en una comunidad con plata de una organización internacional, algo que después no se puede replicar ni sostener. Y hay algo que todavía falta profundizar: naturalizar más la relación con el arte y el entretenimiento —eso lo estamos haciendo bien—, con los abuelos y con la tecnología.
— De acá a cinco años, ¿qué tendría que haber pasado para decir que este modelo fue un éxito?
—Que haya relaciones integradoras naturalizadas entre personas e instituciones: entre escuelas y universidades, entre empresas y comunidades. Mejores liderazgos, una política más cerca de las comunidades, medios de comunicación que realmente escuchen a su pueblo. No puede haber desarrollo sin la participación de un pueblo; si no, queda en utopía sin cumplir. Lo que se logró en tan pocos años demuestra que es posible. Esto se construye día a día y nunca termina, porque nunca se sabe si mañana los que se beneficiaban de una sociedad desintegrada no van a querer volver a esa posición de poder.
—¿Cómo ve su propia salida y la continuidad del modelo?
—Yo todavía ocupo un rol, pero cada vez doy más pasos hacia un lugar más alejado, con la sensación de “ya le di mi vida al país”. No creo en las revoluciones de liderazgo único, porque ahí se te cae todo. Hay que dejar las cosas más o menos bien armadas. Por eso hay que cuidarse de que la política, en el mal sentido, no termine desvirtuando las cosas.
Antes de despedirse, añade, casi de improviso, una reflexión final. “Algo optimista, sobre el tema de los sueños”, dice. “Me gustaría que tantos soñadores latinoamericanos, que hicieron pequeñas cosas y a veces se frustraron, vean en esto —que costó veinticinco años construir contra todo, contra la violencia, contra las pandillas— no un ejemplo mío, sino el ejemplo de que se puede transformar una sociedad. Que sean perseverantes, que estudien, que aprendan a frustrarse y a ganar batallas importantes. Como dice esa frase popular, ‘soñar no cuesta nada’; lo que cuesta es llevar adelante esos sueños. Los sueños se conquistan, hay que pelear por ellos”.
El programa en números
- El anuncio: el 23 de agosto, ante unos 32.500 asistentes en el estadio Mágico González, Bukele anunció 50 mil becas para estudios universitarios, técnicos y vocacionales, con modalidades presenciales, semipresenciales, virtuales y en el extranjero.
- El financiamiento: el programa se respalda en un préstamo de USD 100 millones del BID, ya ratificado por la Asamblea Legislativa. Gutman menciona además un mecanismo llamado CLIPP, de hasta USD 300 millones, como fondo de reserva para cuando el primero se agote. El gobierno también trabaja con el Banco Mundial y la CAF.
- El costo por beca: se reparte entre el Estado y cada universidad, que cubre aproximadamente el 30% del arancel mensual sin cobrar matrícula, tesis ni laboratorio.
- La inversión total: Bukele afirmó que El Salvador destinará más de USD 3.000 millones anuales a educación —más del 8% del PIB— sin precisar desde cuándo. El presupuesto vigente de Educación para 2026 es de USD 1.683,4 millones.
- Quiénes están hoy en el programa: según la Dirección de Integración, más de 14 mil jóvenes cursan el proceso formativo y más de 22 mil avanzan en la certificación, es decir, unos 36 mil en total.
- La proyección: Gutman calcula alrededor de 35 mil estudiantes becados para enero de 2027, y alrededor de 60 mil para 2028, cuando el programa se extienda a colegios privados de cuota baja.
- El salto histórico: el ingreso de egresados de escuelas públicas a la universidad pasó de entre el 1% y el 5% a una cifra que hoy él sitúa cerca del 50%.
- Las certificaciones del 29 de septiembre: unos 22 mil jóvenes reciben el documento —Dirección de Integración o Dirección de Integración Plus— que habilita la inscripción universitaria; hay certificaciones separadas, y virtuales, para escuelas técnicas y cursos vocacionales.
- La deserción: Gutman afirma que los becados desertan en un 10%, frente a un 30%-40% que estima para los alumnos regulares.
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