La apuesta de Alejandro Gutman para transformar El Salvador: “El pandillero no quiere que su hijo sea pandillero, pero para eso hay que integrarlo”

Forever, la fundación que preside el empresario argentino, busca reconectar los tejidos sociales en un país desgarrado por la pobreza y la violencia

Entrevista a Alejandro Gutman, presidente de la fundación Forever

Desde hace casi 20 años, Alejandro Gutman trabaja con éxito para mejorar las condiciones de vida en algunas de las comunidades más problemáticas y marginalizadas de El Salvador.

El argentino hizo esto posible junto a la fundación Forever que preside y que lo llevó a convertirse en uno de los referentes sociales en el país centroamericano.

Su apuesta pasa por la “cultura de la integración”, una idea que busca reconectar los tejidos sociales en un país desgarrado por la pobreza y la violencia. Trazar puentes —en la escuela, la universidad, las empresas— entre los más marginalizados y el resto de la sociedad. Según Gutman, éste es el único camino para generar cambios reales y duraderos en las condiciones de vida.

“Nuestro objetivo es que esa comunidad mejore, que florezca lo mejor de ella, que el flujo sociocultural sea fortalecido, que las energías sociales entre los que construyen permitan vivir una vida digna, comunicada, integrada”, explica durante una profunda entrevista con Infobae.

El éxito de su trabajo está en los números. Sólo en el último año, y pese a la pandemia, la fundación Forever ha desarrollado proyectos que tendrán un impacto en aproximadamente 50 mil personas de distintas comunidades.

—¿Cómo fue el proceso que los llevó a desarrollar el concepto de “cultura de la integración”?

—Nos fuimos dando cuenta que en El Salvador había dos mundos bien definidos y que lo que generaba mayor dolor y mayor imposibilidad para generar un desarrollo y provocar esa salida de la pobreza coincidía con la desintegración en el país: la desintegración educativa, laboral, social, política. Entonces fuimos descubriendo que existen otros recursos maravillosos en la sociedad que no fueron utilizados y que la base de cualquier programa, proyecto o política social que aspire a provocar realmente desarrollo social tiene que tener relaciones integradoras y procesos integradores entre quienes participan. Es la construcción de puentes entre los distintos ámbitos. Como por ejemplo entre universidades y escuelas.

—Usted ha sido crítico con el sistema de becas actual, que excluye a muchos jóvenes de la universidad

—Sí, porque creo que está fundamentado en un basamento arcaico y sin ningún sustento. Es llamativo que en 2021 se siga utilizando un sistema tan ineficiente de becas que premia al mejor de cada clase, en el mejor de los casos, y que deja a otros 30 o 40 que están en esa misma aula en una condición de absoluto deterioro y que prácticamente lo condiciona a continuar la vida de las generaciones pasadas.

—¿Cuál es la propuesta de Forever?

—Hemos reemplazado el sistema de becas por un sistema de continuidad académica, en el cual los jóvenes que tienen un 7, que es una nota accesible, participan de un proceso formativo de 11 actividades en su último año de bachillerato y descubren otros mundos. Porque esos jóvenes van de la casa a la escuela y de la escuela a su casa. Las comunidades allí no tienen muchas posibilidades de ese ida y vuelta con el otro mundo. La informalidad está a la orden del día. Hay muchos estigmas sociales, violencia.

Alejando Gutman durante una charla en una escuela de El Salvador (Foto: Fundación Forever)
Alejando Gutman durante una charla en una escuela de El Salvador (Foto: Fundación Forever)

—¿Cuáles son esos procesos formativos que usted menciona?

—En estos procesos formativos buscamos que los jóvenes descubran el mundo de las empresas. Por ejemplo, un banco. Entonces, durante ocho semanas, jóvenes de las escuelas más olvidadas y de las colonias más olvidadas trabajan en un banco, colaborando con los empleados, y los empleados del banco y la institución bancaria los descubren a ellos. Esto es fundamental porque se van rompiendo barreras inmediatamente. Al final de esas ocho semanas hay llantos compartidos entre los jóvenes y los empleados, se han establecido relaciones. Descubren que, de alguna manera, son sus propios hijos los que están ahí. Que no existen las diferencias y los preconceptos que estaban en sus cabezas. Nosotros aspiramos a que cada empresa salvadoreña participe en la formación educativa de los jóvenes.

—Es decir, buscan poner en comunicación a dos mundos que estaban totalmente desconectados.

—Exacto. Otro ejemplo es un programa que se llama “jóvenes profesionales”. Reunimos e invitamos a los jóvenes profesionales que en los últimos años no han conseguido un trabajo. Nosotros trabajamos sobre todo en una zona industrial que se llama Soyapango, que está en San Salvador, que tiene alrededor de 500 mil habitantes. Los empujamos a que a precios populares vayan atendiendo a la población que vive en las comunidades, a quienes no tienen en su abanico de oportunidades acceder a un abogado, a un asistente social, a un profesor de refuerzo de matemáticas, de lenguaje, a un odontólogo.

—¿En las comunidades cómo son recibidos estos programas?

—Es todo un proceso de educación, un proceso transformador que mejora las condiciones de vida de una manera que quienes todos los días tenemos acceso cotidianamente a un médico, a un psicólogo, a pagarle a los hijos una maestra particular, no podemos imaginar. Por ejemplo, al principio le gente pedía la atención de estos profesionales fuera gratis, cuando nosotros estábamos cobrando 3 dólares, una cifra razonable en El Salvador. Lejos de lo que le van a cobrar en una consulta privada (25 dólares.). Y esas son frustraciones que hay que animarse a atravesar. Ahora, nosotros lo que estamos pensando es subvencionar las cuatro primeras atenciones de cada profesional.

Nuestro objetivo es que esa comunidad mejore, que florezca lo mejor de ella, que el flujo sociocultural sea fortalecido, que las energías sociales entre los que construyen permitan vivir una vida digna, comunicada, integrada. Esos son proyectos que deben funcionar de manera organizada porque la gente necesita y ahí va una mejoría en la calidad de vida.

—¿Cuántas son las personas involucradas?

—Desde hace 10 años venimos haciendo estas experiencias. Son una cantidad de proyectos y es cada vez más la gente que se incorpora. Hoy estamos hablando de proyectos para un impacto de alrededor de 50 mil personas en distintas comunidades. La Asamblea y el presidente nos han otorgado 2 millones de dólares para realizarlos y establecerlos como modelo de integración social.

—Usted suele decir que las organizaciones internacionales deben replantear el actual sistema de ayudas sobre la premisa de que lo que se está haciendo no funciona y se desaprovechan recursos humanos y económicos. ¿Por qué piensa esto?

—Si hiciéramos un ejercicio periodístico y miráramos qué cosas inauguraron estas organizaciones hace 365 días en cualquier país latinoamericano, ¿Qué resultados que se planificaban en ese momento se han logrado hoy?

—Pocos, me imagino.

—Es muy difícil que oportunidades puntuales —como cursos aislados, por ejemplo— puedan alcanzar para hacer esas transformaciones que se necesitan. Si no hay una participación comprometida y ese dinero y esos recursos no son aplicados en proyectos que integren realmente, todo se va a ir diluyendo; y la oportunidad a Juancito se le va a diluir porque Juancito después de este curso tuvo que salir a la vida y el mundo continúa exactamente igual.

—Me parece que usted está llevando adelante una suerte de batalla cultural para cambiar la manera en que funciona el sistema de ayuda. ¿Cómo reaccionan estas organizaciones cuánto usted plantea esto que nos está diciendo ahora?

—Yo no digo que la gente que trabaja allí sea mala. Las organizaciones trabajan con mucha transparencia, con buena fe. Pero al hablar con ellos off de record existe una compresión, comparten, tienen empatía, saben de los pocos logros que pueden obtener; pero también saben que hay una maquinaria tan grande detrás que ellos se consideran como soldaditos. Y esto lleva aparejado una cantidad de cosas, como la medición de la pobreza.

—¿Qué hay con la pobreza?

—La temática de la pobreza no es atractiva, no interesa, se discute en ámbitos muy extraños. Desde lo político, pero no aterrizando. ¿Dónde están las voces de los protagonistas? Esa falta de aceptación del otro hace que sea muy difícil que haya una ruptura de los embudos sociales. Tiene que haber la voluntad de romper esos embudos, que no son tan tremendos de romper si existe la voluntad política de hacerlo.

—Muchos de los problemas de los que usted habla son comunes a toda Latinoamérica. ¿El de ustedes es un modelo replicable?

—Es exportable. Hay que ajustarlo, hay que conocer mucho las dinámicas de cada lugar.

—¿Cómo hacen para hacer este trabajo en medio del problema de las pandillas?

—Yo digo siempre: en las comunidades donde nosotros estamos usted no entra si no hay un diálogo con los pandilleros. Nosotros desde el principio hemos sido muy directos, muy abiertos, muy transparentes. He descubierto que los pandilleros no quieren que sus hijos sean pandilleros porque la vida del pandillero también es muy complicada. Y ellos saben que han hecho un daño tremendo a la sociedad salvadoreña. Pero nos dejan construir mientras que las cosas sean claras. La condición es cumplir con lo que se dice sí o sí. Entonces a nosotros nos ha ido bien. La dinámica es muy específica. Es difícil entrar en las comunidades si no hay una propuesta. Pero claro, no va nadie.

"Los pandilleros no quieren que sus hijos sean pandilleros porque la vida del pandillero también es muy complicada", dice Gutman. (Yuri CORTEZ / AFP)
"Los pandilleros no quieren que sus hijos sean pandilleros porque la vida del pandillero también es muy complicada", dice Gutman. (Yuri CORTEZ / AFP)

—¿Por qué no va nadie?

—En general, hay muy poquitas organizaciones. Podría destacar, y me gustaría hacerlo, Médicos Sin Fronteras, el Instituto Salvadoreño de Formación Profesional (INSAFORP). Pero internacionales, no hay. Van un ratito, hacen un cursito, custodiados y ya.

—Claro, y eso no sirve.

—Para provocar un impacto y un efecto multiplicador uno no puede hacer algo e irse. Hay que estar. Hay que dialogar, hay que acostumbrarse a frustrarse. La frustración es muy fuerte pero hay que tratar de comprenderla.

—¿Usted dijo que lograron instaurar un diálogo con las pandillas para trabajar en estas comunidades. ¿No temen que lo que hacen ustedes en algún momento los va a poner en ruta de choque con ellas? Porque, de alguna manera, ustedes le quitan influencia.

—Es una pregunta que, desde lo lógico, tiene todo el sentido. Desde la realidad, he descubierto que no. Hace 17 años que hablo y voy a los lugares que sea. Antes hablaba con los más grandes. Esos muchachos hoy están muertos o están en la cárcel o desaparecidos. Hoy toda la dinámica de la pandilla hace que los chicos sean más jóvenes, son mucho más jóvenes. Me ha tocado discutir con chicos de 11, 12 años. Cuanto más jóvenes, es más difícil. A nosotros nos han cuidado, nos han creído. Yo fundamentalmente creo que es porque ellos no desean que sus familias vivan las mismas vidas y eso lo he descubierto casi inmediatamente. Hemos tenido que dialogar con todos y no hay lugar en el que vaya en el que no hable yo, de lo contrario no confío.

—Pero si por un lado hay que convivir con la violencia, por otro es necesario erradicarla. Entonces, según su experiencia, ¿cuál sería la mejor manera para abordar el problema?

—Yo no creo para nada en la prevención, salvo en la salud. Yo creo que la mejor manera es permitir conocerse y construir conjuntamente. El pueblo salvadoreño es un buen pueblo, su gente es buena gente, y el problema es que no se conocen y ante esas situaciones uno no ve salidas porque la verdad es que son muy extremas las situaciones. Hay que entender que la violencia es un aspecto fundamental pero después tiene todo su desarrollo. Los medios ayudan a mostrar la peor cara de las comunidades sin darle chance a un segundo round. Y también comunidades que son más tranquilas tienen esa mirada más prejuiciosa sobre eso. Los países divididos, desintegrados, traen repercusiones en todos lados. Pandillero era el 0,01% de la población. Ahora, usted piensa en El Salvador y la asociación que tiene es otra.

—Lamentablemente es así.

—Es una tristeza. Yo invitaría a quien quiera a El Salvador y que venga a recorrer las comunidades que son maravillosas, con todas las enormes dificultades. Es fácil hablar y decir lo que para nosotros tiene lógica, pero allá no es la misma lógica y hay que respetar eso. Es tan difícil para un chico salir de esas escuelas olvidadas e ingresar a una universidad como para el señor que vive en un departamento con las mayoría de las necesidades satisfechas, vivir una semana allí. A ver quién aguanta más. Es muy difícil para cualquiera de esos chicos porque lo miran distinto, come distinto, no tiene para el bus, no se preparó tanto. Es muy complicado. Por eso hay que facilitar estos encuentros, esa integración, hay que ser innovadores, hay que salirse de los moldes, hay que salirse de la tontería de pensar que la verdad la tiene el de un lado o el del otro.

—¿Cómo les afectó la pandemia? Tanto a sus actividades como a la de la gente de El Salvador.

—Durante todo 2020, a pesar de la pandemia, nosotros seguimos funcionando de manera presencial. Pero en ese año el país ha pasado de un estadio de desintegración a un estado de aislamiento. Un ejemplo es el deterioro, el aislamiento de los abuelos. Usted se imagina el miedo que les generó salir. Hubo más problemas psicológicos, sumado al deterioro físico. Hubo situaciones tristísimas y las hubo en toda Latinoamérica. Otro ejemplo es la deserción escolar, que antes empezaba en el bachillerato y ahora empieza mucho antes. Ya no esperan al tercer año. Llegan a sexto, séptimo. ¿Por qué? La escuela ya no es el mayor referente que de alguna manera antes los obligaba a la continuidad diaria. Ahora la necesidad de los padres es que hay que salir a buscar algo para comer. También está el tema de la imposibilidad tecnológica.

—En eso también se ve la desigualdad.

—Cuando llegó esto, arrasó con todo, los chicos no tienen acceso a las tecnologías. Por eso yo digo: pongan la responsabilidad social adónde va. Los países necesitan tecnología también en los lugares más vulnerables. Esos chicos que no tienen ni siquiera saldo para comunicarse, para hacer los deberes, para tener una relación mínima con la escuela, ¿Cómo hacen?

—¿Desde la fundación Forever qué hicieron para atajar estos problemas?

—Nosotros estamos llamando uno por uno a los chicos, los ayudamos con los refuerzos escolares. En una etapa que está pauperizada con respecto a la anterior, más que nunca hay que usar los recursos de manera eficiente. Pero no sólo los recursos. Hay que encontrar maneras distintas. Y no hay que darse por vencido. Porque si uno quiere darse por vencido encuentra excusas a la vuelta de la esquina. Hay que estar y, sobre todo, hay que tener sensibilidad. Por ejemplo, uno de los servicios que una de las universidades con las que trabajamos, la Universidad Modular Abierta, está llevando a cabo son consultas virtuales con una psicóloga extraordinaria y una gran cantidad de abuelitos se han comunicado. También había una cantidad de jóvenes que tenía que llamar a las 4 de la mañana porque los lugares son muy pequeños y no querían que sus familiares los escuchen. Son cosas esenciales, que han salvado vidas, que han mejorado situaciones extremas.

—¿Qué logro destacaría?

—Cuando nosotros comenzamos la relación entre universidades y escuelas, era inexistente. Uno de los logros es que el año que viene se van a haber graduado como licenciados 1000 jóvenes. Nosotros éramos una fundación muy chica, cinco personas, cuatro personas. Recién el año pasado nos empezaron a ayudar.

—En diciembre de 2019 ocurrió algo por lo que venían luchando desde hace tiempo: la “cultura de la integración” entró en el ordenamiento salvadoreño con una ley aprobada por unanimidad. ¿Cuál es el balance a un año de la aprobación?

—Todavía no tiene la fuerza que debería.

—¿Por qué?

—Yo quisiera adjudicarlo a este año de pandemia cuando las prioridades se pusieron en otras cosas. Nosotros todavía nos debemos un encuentro con el presidente de la nación, con el señor Bukele. Él siempre ha manifestado públicamente su interés, su acompañamiento en la dinámica de la integración promovida por nosotros. Él ha sancionado la ley. La ley fue aprobada en diciembre de 2019 con 72 votos a 0, en un país sumamente polarizado. Nos llevó mucho tiempo llegar a eso. Ahora, la Asamblea aprobó el presupuesto nacional y a nosotros nos dieron mucho dinero para ser una organización. Es, por mucho, la organización a la que más le dieron.

El presidente de El Salvador, Nayib Bukele. (EFE/ Rodrigo Sura/Archivo)
El presidente de El Salvador, Nayib Bukele. (EFE/ Rodrigo Sura/Archivo)

—¿Cuál son las expectativas con esta ley?

—Aspiramos a que esta ley sea apoyada por el Ejecutivo y por las alcaldías porque sin el apoyo de los alcaldes se hace un poco más complicado. Aspiramos a que esto se traduzca en una participación comprometida de una gran parte de El Salvador. Esto lo tiene que tomar el país. Tiene que ser un acompañamiento social y político mucho más importante. Tiene que haber una voluntad política y yo tengo confianza en que eso ocurra.

—¿A usted qué lo motiva para seguir en esta tarea que, con tantos obstáculos, parece titánica?

—Yo siento, sinceramente, que tengo algo para dar. Casi todo está por hacerse y yo vengo creyendo desde hace más de 20 años que es posible. Lo veo. Muchas veces se dice, con facilidad, no son necesarios tantos abogados, tantos arquitectos pero sabe cuánto se necesitan en las comunidades. Muchísimo se necesitan. A lo mejor es momento de animarse a salir de los moldes tradicionales que no impactan. Esos recursos se van. De todos los planes y proyectos que se han hecho, hay mucha gente que se ha beneficiado enormemente pero se tendrían que haber podido beneficiar muchos más, tendrían que haber cambiado las condiciones de vida. Y si no se provoca esa energía social para transformar, es imposible, no hay manera, vamos a terminar siempre dando a unos unas casas, a otros unos cursos, etc. Pero todos ellos van a seguir viviendo en los mismos contextos.

—¿Qué referentes lo inspiran? Mucho de lo que dice la “cultura de la integración” recuerda a la “cultura del encuentro” de la que habla el Papa Francisco.

—El Papa habló de la cultura de la integración, de los beneficios. Este Papa es irrepetible. Pero tengo varios referentes. Acá tengo tatuado el número de prisionero de Mandela; Paulo Freire, quien fue un psicopedagogo brasileño extraordinario, maravilloso. Hay varios que me ha inspirado. Son admiraciones como las que puede tener cualquier ser humano. Sé que he trabajado mucho y que hay cosas que ayudan mucho a la gente y eso es lo que quisiera que quede cuando me retire.

—Para cerrar, ¿Cuáles son los objetivos de cara al futuro?

—Los objetivos son que este modelo se establezca bien. Este es un año crucial porque quisiera ya abrazar al Ejecutivo y los políticos y las empresas en su gran mayoría y que establezcan una política de Estado basada en todos estos conocimientos, en estas prácticas. Lo venimos haciendo desde hace muchos años y los resultados son evidentes para quien lo quiera ver.

Para conocer más sobre las actividades de la Fundación Forever puede visitar la página www.fundacionforever.org.

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