Abel Majano, miembro del Plan Cero Ocio, relata cómo el ajedrez transformó su vida en prisión. Lo que inició como un pasatiempo en 2018, se convirtió en una disciplina que lo llevó a ganar un torneo continental, representando con orgullo a El Salvador. Video Infobae Centroamérica/Emerson Del Cid
“Lo elegí como un pasatiempo, para tratar de ubicar mis pensamientos en algo, entretenerme en algo aquí en la cárcel”. Así describe Abel Majano el momento en que el ajedrez entró en su vida, dentro del Centro Industrial de Santa Ana.
Lo que comenzó con la intención de distraerse pronto se transformó en un hábito diario. Desde 2018, el tablero y las piezas pasaron a ser parte de su rutina, primero como simple entretenimiento y luego como una disciplina que le permitió ordenar ideas y canalizar emociones.
“Me ha ayudado hasta con mi temperamento”, reconoce Majano, convencido de que el ajedrez va mucho más allá de mover piezas: “No es solo de mover piezas como algunos piensan, sino que también es de enfocar nuestros pensamientos… Hay que jugar con la imaginación”.
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El programa de ajedrez fue creciendo en el penal y permitió que internos como él tuvieran la oportunidad de participar en competencias de mayor nivel, todas en línea. En 2022, se organizó la primera selección de jugadores y Majano fue parte del grupo que logró el cuarto lugar en una competencia internacional.
El esfuerzo colectivo siguió rindiendo frutos. Este año, Majano y sus compañeros consiguieron el primer lugar en el Campeonato Intercontinental de Ajedrez Online para Personas Privadas de Libertad, enfrentando a equipos de Estados Unidos, México, Argentina, Colombia, Uruguay y la selección femenina del propio penal. “Con Estados Unidos logramos dos victorias ante Kansas y ante Chicago”, detalla, repasando los encuentros más desafiantes.
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La estructura de los equipos y la exigencia de cada torneo han fortalecido su interés por compartir el ajedrez con otros internos.
“Si se me da la oportunidad, seguirlo practicando, incluso poderle mostrar o enseñar a otras personas esta disciplina”, dice Majano, convencido del valor que la práctica puede aportar tras los muros.
Este año, el desafío es aún mayor: en octubre, Majano y su equipo se preparan para representar a El Salvador en el mundial de ajedrez para personas privadas de libertad, con la expectativa de demostrar todo lo aprendido y seguir avanzando.
Francisco Ochoa: responsabilidad y reinserción a través de la cocina
Francisco Ochoa, privado de libertad en el Centro Industrial de Santa Ana, recuerda con precisión el día en que fue evaluado por el grupo técnico del penal.
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No sabía nada de cocina ni imaginaba que terminaría a cargo de planificar la alimentación de decenas de personas. “Fuimos previamente evaluados por el grupo técnico y ellos decidieron en qué áreas laborales nos iban a poner”. Esa decisión, aparentemente menor, cambió el rumbo de su vida dentro del penal.
Al principio, Ochoa solo se ocupaba de lavar topers. Era un trabajo sencillo, alejado de los fogones y de cualquier receta. Pero la rutina y la curiosidad lo acercaron a la cocina y, poco a poco, comenzó a involucrarse en la preparación de menús especiales y en la organización de las raciones.
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Terminó asumiendo la coordinación del área alimentaria, un rol que exige organización, disciplina y atención al detalle. “Estoy como encargado de las dietas”, dice con orgullo, consciente de la responsabilidad que implica cuidar la salud de quienes comparten su encierro.
Su labor va más allá de cocinar. Todos los días, colabora con una licenciada en nutrición y los médicos del penal. Juntos, evalúan a los internos para identificar las enfermedades presentes y el estadio de cada una.
“Nos apoyamos básicamente con la clínica”, explica. Una vez que reciben la información y las recetas, el equipo de cocina adapta los platillos a las necesidades de cada persona.
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En el centro hay personas con insuficiencia renal en estadio dos, lo que permite que puedan recuperarse con la dieta adecuada. Los casos más graves —estadio tres A, tres B, cuatro y cinco— se trasladan a otro penal que ofrece atención especializada. Ochoa detalla cómo la alimentación para quienes tienen problemas renales busca reducir el esfuerzo de los riñones y controlar la ingesta de fósforo, potasio, sodio y proteínas.
Francisco Ochoa, miembro del Plan Cero Ocio, narra cómo pasó de no saber cocinar a ser el encargado de las dietas especiales en un centro penal. Una historia de aprendizaje y superación. Video Infobae Centroamérica/Emerson Del Cid
No solo atienden a personas con enfermedad renal. También preparan menús adaptados para quienes viven con diabetes, irritación en el colon o molestias estomacales.
Para los diabéticos, la alimentación hipoglucida es fundamental: “Está enfocada en disminuir la ingesta de carbohidratos simples. De esta manera podemos controlar la glucosa y mantener a la persona con diabetes bastante nivelada en su salud”.
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Cuando se trata de colon irritable o problemas digestivos, la cocina ajusta los ingredientes para que sean altos en fibra y libres de irritantes, favoreciendo así la salud intestinal.
Ochoa reconoce que el trabajo cotidiano en el área alimentaria lo ha transformado en la forma de asumir responsabilidades dentro del penal. “Me sirve bastante. Básicamente mi área laboral me hace estar pendiente de la salud de muchas personas en este lugar”, dice.
Esa responsabilidad lo ha sensibilizado. “Aprender a conocer el lado humano de nosotros y preocuparnos por las demás personas es una buena cosa que podemos hacer acá”.
El Plan Cero Ocio es, para Ochoa, una herramienta clave de reinserción. “Me va a servir bastante porque es parte de nuestra reinserción a la sociedad. Básicamente, está diseñado para eso”, afirma. Piensa en el futuro y lo dice sin dudar: “Lejos de salir a hacer cuestiones de las que hacía antes, delinquir, tengo pensado poner un negocio propio, que esté enfocado siempre en lo que es la cocina”.
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El aprendizaje lo anima a pensar en nuevos proyectos. “Nunca es tarde para estudiar, ver si puedo estudiar algo relacionado con la nutrición, porque sí me ha llamado bastante la atención”, confiesa. A sus cuarenta años y tras ocho años privado de libertad, siente que ha encontrado un propósito.
En este tiempo en la cocina, Ochoa aprendió a cumplir con la preparación y el control de los alimentos según las indicaciones médicas. Ahora conoce los procesos y requisitos de cada dieta especial. “He aprendido muchísimo, como le digo, me va a servir mucho para cuando me vaya libre, que pronto sería que me voy, para poder salir adelante, reinsertándome a la sociedad de una manera buena”.
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