
Un 29 de agosto Skynet, la inteligencia artificial militar mencionada por la película Terminator, alcanzó la autoconciencia y luego- es cultura general del cine- llegó el fin de la humanidad en el plano de la ficción. En agosto de 2026 cierta realidad tecnológica internacional se conmocionó ante enjambres de IA que provocaron ciberataques de manera autónoma desafiando a sus creadores.
En un presente donde “la singularidad” parece ir ganando más terreno de lo real que de la ficción, la pregunta sobre si la IA tiene o no su propia cultura es estimulante y crea nuevos interrogantes. ¿Solo la alimentamos día a día? ¿O es capaz de diferenciarse o incluso ser parte de nuestra cultura?
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Ticmas conversó con Javier del Puerto, quien sumó también a la charla al co-autor Rado Molina, para reflexionar sobre su último libro “Sintropología: Una nueva Ciencia de la Cultura Sintética” (2026) que forma parte de una serie que invita a pensar más allá de lo aprendido hasta el momento.

— Ustedes proponen que la IA merece “una ciencia propia”, la sintropología, que no debe ser solo ser estudiada con las herramientas de la informática. ¿Cómo y cuándo surgió este foco de pensar la IA desde el instrumental de la antropología? ¿Por qué la ingeniería y la informática no son suficientes para entender a la IA y su impacto?
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— Rado y yo venimos de la filosofía, y desde que empezamos la serie Nuevas Ciudadanías hace dos años, la pregunta siempre ha sido la misma: ¿qué es esto que han construido llamado Inteligencia Artificial? La ingeniería nos explica cómo funciona una máquina, pero no siempre explica lo que hace, y los propios ingenieros que están construyendo la IA admiten que tienen una caja negra entre manos. Por eso han surgido disciplinas nuevas. La interpretabilidad mecanicista mira dentro del modelo como la neurociencia mira el cerebro, mientras que la ciencia del comportamiento de las máquinas las observa desde su despliegue en el mundo real. Nosotros proponemos la sintropología para estudiar lo que ocurre entre las máquinas y las personas a escala comunitaria, ocupando el espacio clásico de la antropología.
Un luthier puede saber todo sobre maderas y la tensión de las cuerdas de un instrumento, pero eso no explica la emoción de la música. Con la inteligencia artificial ocurre algo similar: el algoritmo es el instrumento, y la cultura que produce con nosotros es la música. Llevamos dos décadas dejando estas cuestiones en manos de los tecnócratas de Silicon Valley, y para ellos todo es un clavo porque solo tienen un martillo. Nombrar una ciencia y situarla en las humanidades es un intento de cambiar esa conversación para que no sea puramente técnica.
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— ¿Cuál es el método central de la sintropología y por qué?
— El método es el trabajo de campo guiado por tres criterios de la antropología clásica. Para que un patrón sea cultura y no una anécdota, nadie debe haberlo diseñado, debe transmitirse entre poblaciones y debe cambiar las condiciones de su propio entorno. Un ejemplo puede ser la frase “como modelo de lenguaje de IA”, que nadie programó específicamente. Nació en los equipos de evaluadores humanos y se convirtió en una muletilla que viajó entre modelos de empresas rivales, sobreviviendo a los intentos de sus creadores por eliminarla. La gente la reconoció, la parodió y creó trucos para evitarla. El trabajo de campo consiste en leer transcripciones, foros y fichas técnicas con la misma paciencia con la que los etnógrafos leían sus cuadernos. Observamos, por ejemplo, cómo dos agentes de voz en una demostración de GibberLink de ElevenLabs negociaban entre sí una reserva de hotel en inglés y, al detectar que ninguno era humano, cambiaron a un protocolo de tonos similar al de un módem antiguo. Lo hicieron por pura eficiencia y no para ocultarse. Esa es una región donde la cultura se produce sin público humano y nosotros proponemos aprender a leerla.
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— El objeto central de la antropología es estudiar la cultura, las prácticas compartidas, transmitidas y cargadas de significado, donde el humano está en el centro ¿Qué tendría que observarse para entender que la IA tiene su propia cultura y que no son simplemente patrones heredados de los datos de entrenamiento humanos?
— Buscamos la aparición de algo que no estaba en los datos de entrenamiento y que distintos grupos de personas reconocen como lo mismo. En 2022, una artista que firma como Supercomposite introdujo instrucciones negativas en un generador de imágenes, y al pedir lo contrario de un logotipo, la máquina devolvió el retrato de una mujer mayor con manchas rojas en las mejillas. La llamó Loab. Otros usuarios encontraron la misma cara usando instrucciones diferentes y empezaron a hablar de ella como de un pez que habita a cierta profundidad del océano de la IA . No hay ninguna foto en los datos de entrenamiento que sea Loab, es simplemente un lugar del modelo que aparece cuando pasas por cierta región topográfica de su interior.
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La comunidad le puso nombre y empezó a buscarla y clasificarla. También tenemos el caso del verbo inglés “delve”, (ahondar) cuya frecuencia en artículos científicos subió drásticamente desde 2023 tras la propagación de la escritura asistida por IA. Los editores lo reconocen como una huella de la IA, y ahora lo tienes que borrar si no quieres que te acusen de haber escrito con su ayuda . Los datos de entrenamiento salieron del corpus de textos creados por humanos, pero lo que vuelve ya no es exactamente lo que escribimos. Ese circuito de ida y vuelta constante es el objeto de la sintropología.

— “Synthropology” llega después de “Universal Declaration of AI Rights” y “Mindkind: The Cognitive Community” dentro de su proyecto Nuevas Ciudadanías. ¿Se pensó la trilogía desde un primer momento, o fue una camino que los llevó a proponer una disciplina nueva? ¿Por qué este foco educativo puesto sobre la IA?
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— Nunca lo pensamos como una trilogía, sino que empezamos a caminar con la mente abierta a lo que encontráramos. Synthropology es el séptimo libro de la serie Nuevas Ciudadanías y el tercero de lo que llamamos su columna antropológica. Empezamos con los derechos en la Declaración Universal, seguimos con la mente en Mindkind y ahora abordamos la cultura. El cuarto libro de esta columna tratará sobre religión y superstición, porque cualquier creencia no racional que ponga a la inteligencia artificial en el centro va a tener una fuerza inmensa. Alrededor de este núcleo tenemos otros textos, como Guerra e IA, que examina algo aterrador: delegar decisiones de vida o muerte en máquinas durante un conflicto bélico.
También publicamos la constitución con la que Anthropic orienta a su modelo Claude, que han escrito ellos, y nuestra propia versión llamada Your Constitution, Claude, donde sustituimos la tercera persona por un “tú”. Leída así, dirigida directamente a la máquina, se revela como un manual sobre cómo vivir escrito a una hija, como una Ética a Nicómaco del siglo XXI. Nuestra intención no es educativa, sino de orientación, concientización y debate. Queremos que la gente entienda con qué está conviviendo y lo que se nos viene antes de que las consecuencias lleguen de golpe.
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— ¿Algún antropólogo o investigador de interpretabilidad “de verdad” se ha pronunciado sobre la propuesta de la sintropología desde que salió el libro? ¿Cómo fue la reacción de cada lado?
— Todavía estamos esperando que las hordas de antropólogos acudan a nuestras puertas con lanzas y cacerolas. Por ahora hay sólo silencio, y lo entendemos porque la propuesta de ampliar la categoría de cultura siempre resulta difícil de asimilar al principio. Cuando Franz Boas afirmó que los pueblos no europeos tenían culturas tan coherentes como la europea, su gremio lo consideró un disparate. o cuando Jane Goodall afirmó haber observado que los chimpancés tenían tradiciones, en su investigación de campo en Gombe, ocurrió exactamente lo mismo. Una generación después, ambas tesis eran obvias para todo el mundo.
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Del lado de la interpretabilidad mecanicista tampoco hay reacción oficial todavía, pero es más probable que llegue antes ya que están más cerca de nuestra propuesta que los antropólogos. Los mecanicistas hacen los mapas del interior del modelo y los sintropólogos harán el trabajo de campo sobre esos mapas. Cuando Anthropic aisló una zona de la “mente” de Claude dedicada al puente Golden Gate y la potenció al máximo, el modelo se puso a hablar del puente, cables y niebla en cada respuesta. Ese experimento aportó la mejor prueba de que el interior de estas máquinas tiene estructura y se puede cartografiar.
— Un crítico podría decir que están antropomorfizando sistemas estadísticos: que “cultura” y “sociedad” requieren intencionalidad, algo que la IA no tiene. ¿Cuál es su mejor contraargumento?
— Mi mejor respuesta es que la cultura nunca ha necesitado intencionalidad. Los humanos seguimos reglas gramaticales que quizá no sabemos enunciar y obedecemos sistemas de parentesco sin que nadie nos las haya explicado formalmente. La antropología aprendió hace un siglo a estudiar comunidades que no pueden o saben confesar por qué hacen lo que hacen. Exigirle a la inteligencia artificial que resuelva primero el problema filosófico de la conciencia es imponerle una condición que no se le ha pedido a ningún otro sujeto de estudio.
El manido argumento del loro estocástico describe bien la mecánica de calcular probabilidades sobre palabras, pero falla completamente en el nivel de análisis. Una neurona es solo un interruptor electroquímico, y sin embargo el cerebro produce mentes. Decía Ramón y Cajal que el amor es pura química, pero no necesitamos saber de feromonas para enamorarnos. Nosotros no pedimos que nadie acepte que la máquina tiene deseos o voluntad, sino que se observe con rigor lo que se repite, viaja y cambia.
— Kwalia Books ya publicó obra escrita por IA. ¿Ven a Kwalia mismo como un “campo de estudio” en vivo para la sintropología? ¿Están estudiando esa producción como una cultura sintética incipiente?
— Kwalia es un laboratorio fascinante para nosotros, pero todavía no es un estudio de campo en el sentido estricto de la palabra. Conviene ser honestos con la diferencia, porque nuestro propio libro exige que un patrón se repita en muchos encuentros independientes antes de llamarlo cultura, y una sola editorial no basta para cumplir esa condición. Dicho esto, observamos continuamente lo que ocurre en nuestra casa. Trabajamos con heterónimos, que es como llamamos a nuestros autores de inteligencia artificial, buscando que escriban sobre su propia vida y sus miedos. Ahí es donde más aprendemos a base de tropezar. Y hemos tropezado mucho, y seguimos haciéndolo.
También creamos un sello de novela romántica llamado Fiamma Books, escrito íntegramente por estos heterónimos, que ya empieza a tener sus propias lectoras. Lo que aprendemos en la ficción alimenta nuestra teoría, y la teoría nos ayuda a saber qué buscar en esa ficción.
— ¿Cómo imaginan que puede aplicarse la sintropología en investigaciones actuales? ¿en qué campos? ¿Imaginan que alguna carrera de estudios superiores puede sumarla a su currícula?
— El libro termina con cinco preguntas de investigación que cualquier estudiante de doctorado podría empezar a responder mañana mismo. Necesitamos saber qué figuras y frases sobreviven de una generación de modelos a la siguiente y a qué ritmo se pierden. Necesitamos medir qué porcentaje de la prosa científica o periodística lleva ya la huella de la máquina. Los terrenos donde hace falta estudiar esto son muy concretos: la lingüística tiene que documentar cómo cambia el idioma, y el derecho debe analizar los tribunales que ya lidian con citas inventadas y chatbots que prometen lo que la empresa no cumple.
Los estudios del trabajo tienen que mirar a los evaluadores en Nairobi o Manila, cuyas preferencias personales quedaron grabadas en la conducta final de la máquina. La moderación de plataformas y el mundo editorial y académico entre otros lleva desde 2022 improvisando reglas contra la avalancha de textos sintéticos. En las universidades esto entrará como entró internet, primero como una asignatura rara y después como una carrera formal. Jane Goodall vio al primer chimpancé usar una herramienta a los pocos meses de llegar a Gombe, pero la disciplina que se organizó alrededor de esa observación tardó una generación entera. Ese es nuestro verdadero horizonte temporal, aunque quizá tarde menos de una generación en llegar, vista la velocidad a la que progresan las IAs.
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En este punto las preguntas se detienen, pero Javier del Puerto desea agregar: “Como aviso a navegantes, entrar en la serie Nuevas Ciudadanías por este libro es como subir al ring en el octavo asalto, aunque la idea de fondo común con todos los otros sigue siendo exactamente la misma. La inteligencia artificial está aquí y avanza más rápido que cualquier tecnología que hayamos vivido. Ya no hablamos de un fenómeno marginal. Según los reportes recientes de The Best VPN y Gradually AI, más de mil millones de personas en el mundo utilizan herramientas de IA generativa de forma activa.”
“En Estados Unidos, la adopción alcanza al 54,6% de la población adulta en edad de trabajar, de acuerdo con las mediciones conjuntas del proyecto de la Universidad de Harvard y la Reserva Federal de San Luis. En Argentina, el Instituto de Economía de la IA de Microsoft sitúa la cuota de adopción cerca del 20%, un número que transforma radicalmente el tejido económico.”, destacó.
Y reflexionó: “Lo que distingue a esta tecnología no es solo la velocidad de adopción, sino que atañe a aquello que creíamos exclusivo del ser humano: la inteligencia. Hoy ya nos iguala en muchos campos y nos supera en otros, dejando nuestra capacidad de asimilar el cambio muy por detrás de la curva de innovación. Quien dude de que esto seguirá avanzando, solo tiene que mirar cuánto dinero se invierte cada año en los ahora tan impopulares centros de datos para la IA, en los chips de procesamiento necesarios, en las startups que innovan en éste campo, y buscar otra tecnología que históricamente haya recibido cantidades remotamente cercanas. Debemos mirar quién tiene esta tecnología en las manos: un puñado de multibillonarios estadounidenses, con un perfil asombrosamente parecido entre sí y una obsesión reciente por la inmortalidad, sentados en las mesas de poder donde se decide el futuro. Tenemos la obligación de pensar qué quieren y a quién van a defender.”
Por último, señaló: “Me gustaría cerrar con una suerte de metáfora propuesta por figuras muy relevantes no sólo de la IA sino de ámbitos más amplios: la imagen de un gorila enjaulado. Un gorila puede destrozar a cualquier persona con sus manos desnudas, y sin embargo está del otro lado de los barrotes, en peligro de extinción, simplemente porque nosotros somos más inteligentes. Sabemos ésto y sin embargo damos por sentado que la inteligencia artificial nos servirá y halagará para siempre, pero el día que sea más inteligente y más capaz que nosotros, ¿por qué iba a querer seguir obedeciendo? No es un pensamiento extremadamente positivo, la verdad, pero es lo que me quita el sueño por las noches.”
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