
A 50 años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, la democracia argentina enfrenta múltiples desafíos, desde la inestabilidad económica hasta la fragilidad de algunas instituciones y la desigualdad social. En tiempos de creciente “antipolítica” y degradación del debate público, a esas deudas pendientes se suma un reto crucial: cómo transmitir –y fortalecer– la cultura democrática. Más allá de sus instituciones, la democracia es también una forma de convivir con otros que se construye todos los días.
¿Cómo se “enseña” la democracia a generaciones que no vivieron la dictadura y que, en muchos casos, perciben la política como algo ajeno a su realidad? ¿Qué lugar ocupa la escuela en la transmisión de la cultura democrática? ¿El sistema educativo puede contrarrestar la desafección de adolescentes y jóvenes, que dan por sentadas las ventajas del sistema pero son muy conscientes de sus fallas?
A nivel nacional, 7 de cada 10 jóvenes tienen poco o ningún interés en la política, según un estudio del observatorio Pulsar de la UBA y Asociación Conciencia. El informe señala que entre los jóvenes no hay una “apatía” estructural, sino más bien una relación de “baja intensidad” con la política: no la rechazan de manera directa, pero tampoco es percibida como central en su vida cotidiana ni es tema de conversación.
Solo el 54% de los jóvenes encuestados sostiene que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno, según el estudio, basado en una muestra nacional de 2.494 estudiantes secundarios de entre 16 y 19 años –es decir, adolescentes en edad de votar–. A mayor capital cultural en el hogar –medido por la cantidad de libros y por el nivel educativo de los padres–, la valoración de la democracia también es mayor.

Uno de cada cuatro jóvenes (25%) muestra fisuras en su apego a la democracia: un 15% aceptaría un gobierno autoritario en algunas circunstancias, mientras que un 10% dice que “le da lo mismo” cualquier tipo de régimen. Un 21% no responde esa pregunta.
Argentina mantiene niveles altos de apoyo a la democracia en comparación con otros países de la región, según el último informe de Latinobarómetro, de 2024. En esa encuesta –respondida por una muestra de personas mayores de 18 años, no solo jóvenes–, el 75% de los argentinos expresaron que la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno, muy por encima del promedio de América Latina (52%). De todos modos, esa adhesión convive con cierta frustración respecto de cómo funciona el sistema: solo el 45% de los argentinos expresa satisfacción con la democracia, por debajo de países como Uruguay (63%), El Salvador (62%) y México (50%).
En esa brecha –entre el “deber ser” y el funcionamiento real del sistema– se juega el desafío de enseñar la cultura democrática.
El malestar democrático
Varios especialistas cuestionan la idea de que la “desafección democrática” sea un rasgo particular de las nuevas generaciones. Pedro Núñez, investigador del Conicet y Flacso y profesor en la UBA, sugiere “evitar lecturas dicotómicas” que idealizan la participación de los jóvenes en el pasado para contraponerla con una supuesta apatía en la actualidad.

En lugar de una indiferencia generacional, propone pensar en términos de “malestares democráticos”, es decir, formas de desencanto que se expresan de maneras diversas según el contexto. “El malestar es casi un componente esencial de la vida democrática”, sostiene Núñez. Desde esta perspectiva, la insatisfacción no es necesariamente un síntoma de deterioro, sino también una forma de demanda: una manera de señalar los límites o las promesas incumplidas del sistema.
Pero ese malestar tiene un límite: “La cuestión es cuánto desencanto puede soportar la democracia”. En ese punto, el riesgo es que el malestar deje de canalizarse dentro de los marcos democráticos y se traduzca en un desapego hacia esos valores, o incluso en la apertura a discursos autoritarios.
“En este contexto, la escuela puede hacer mucho, aunque no todo. La construcción de una cultura democrática es una responsabilidad social más amplia, que excede a la institución escolar”, advierte Núñez, tomando distancia de la tendencia a sobrecargar a la escuela con problemas sociales que la exceden.
Desde el triunfo de Raúl Alfonsín en 1983, la escuela fue concebida como un espacio clave para la recuperación democrática. En ese contexto, se le asignó una misión central: la formación de ciudadanos. “La escuela fue pensada como el espacio donde se enseñaban las virtudes del civismo”, recuerda Núñez.
Desde entonces, las formas de “enseñar” la democracia se enriquecieron y se transformaron. A las nociones más formales de ciudadanía –la tradicional “Educación Cívica”– se sumaron, con el tiempo, enfoques vinculados a la participación, los derechos humanos, la diversidad y la memoria del pasado –que muchos adultos consideran “reciente”, pero que los jóvenes perciben remoto–.

“En las escuelas hay una gran cantidad de prácticas que contribuyen a la construcción de una cultura democrática. A veces estas propuestas abren debates y otras veces los cierran, lo cual también es un punto para discutir, especialmente en relación con cómo incorporar las voces juveniles, que muchas veces tienen una relación más distante con el pasado reciente o incluso con la propia idea de democracia”, sostiene Núñez.
Esa distancia generacional es especialmente visible en el abordaje de la última dictadura. Es un tema que parece quedar “lejos” de la experiencia vital de los estudiantes, pero también de muchos educadores: 4 de cada 10 docentes argentinos tienen menos de 40 años, según los datos provisorios del Relevamiento Nacional de Personal Educativo (ReNPE 2025), realizado por la Subsecretaría de Información y Evaluación Educativa.
La “repetición” de la historia
¿Es posible transmitir la experiencia histórica de la dictadura? ¿En qué medida el conocimiento de ese pasado contribuye a evitar que “la historia se repita”?
Miriam Kriger, investigadora de Centro de Investigaciones Sociales y del IDES-Untref (Conicet) propone “problematizar la idea de que la historia se repite”. Más que una categoría historiográfica, explica Kriger, esa idea alude a una forma en que ciertos pasados traumáticos se inscriben en el presente: “Son ‘pasados que no pasan’, que se convierten en amenaza para el presente y el futuro”.
Cuando eso ocurre, se tiende a leer el presente como una réplica del pasado, a partir de comparaciones que simplifican los procesos históricos. “Las analogías impiden leer el presente en sus propios términos”, advierte Kriger. Frente a esto, el conocimiento histórico ofrece otra posibilidad: comprender ese pasado en su contexto específico, con sus lógicas y condiciones particulares. “Cuando el pasado deviene en historia, podemos significarlo en el presente sin quedar atrapados en el trauma”, sostiene la especialista.
En la escuela, esa enseñanza adopta múltiples formas. No se limita a los contenidos curriculares, sino que incluye actos, efemérides, debates y experiencias que circulan también fuera del aula, señala Kriger. Y afirma: “Yo creo que la enseñanza de la historia de la dictadura y de todo ‘pasado reciente’ que incorpore una carga de dolor o conflictividad no tramitada es una herramienta clave de educación política y formación de ciudadanía”.

La idea de que enseñar el pasado permite evitar que la historia se repita funciona más bien como un horizonte ético, plantea Mario Carretero, especialista en enseñanza de Historia y profesor en la Universidad Autónoma de Madrid y en Flacso Argentina: “Es un deseo, una manera de marcar un horizonte moral, porque nuestra capacidad de prever lo que puede volver a ocurrir es limitada”.
Las noticias de la guerra en curso son ejemplos concretos de que ninguna “lección” del pasado puede darse por aprendida. En ese sentido, Carretero señala que incluso en contextos donde hubo fuertes políticas de memoria, los conflictos y las derivas autoritarias pueden reaparecer bajo nuevas formas: “La historia no se repite, pero rima”.
“Aunque sabemos que la historia no es un proceso lineal, es valioso sostener ese horizonte: enseñar con la intención de evitar posibles repeticiones”, sostiene Carretero. Y agrega: “La enseñanza del pasado reciente puede contribuir a la construcción de una cultura democrática, y es importante que no se evite ni se ‘blanquee’. Debe abordarse sin temor, incluyendo los aspectos conflictivos, tanto en el aula como en el vínculo con las familias”.
En ese sentido, Carretero advierte sobre un riesgo frecuente: la simplificación. “Hay que evitar consignas y esquematismos –plantea–, e ir hacia un análisis más complejo, donde aparezcan distintos actores y perspectivas”. Esto implica también abrir el aula al disenso: “Es fundamental generar un marco de respeto donde se puedan expresar visiones distintas, discutirlas y analizarlas, sin condenarlas de antemano. Se trata de sostener un proceso de reflexión y debate en un sentido plenamente democrático”.
La democracia como práctica
Pero la formación democrática no se agota en la transmisión del conocimiento histórico o de contenidos conceptuales. En la escuela, ese aprendizaje se pone en juego en las prácticas cotidianas. Carretero explica: “Se trata de dimensiones diferentes: la enseñanza de la historia reciente aporta conocimiento, mientras que las prácticas escolares democráticas inciden en el comportamiento. A eso se suman las actitudes y las emociones. Estas tres dimensiones –conocimiento, comportamiento y actitudes– cumplen roles distintos en la construcción de una cultura democrática”.
“La escuela ofrece un espacio de encuentro con otros. Enseña a convivir, a construir argumentos, a comprender el pasado, a debatir y a poder cambiar de opinión”, resume Núñez. Y subraya: “Eso constituye la base para la construcción de un debate público robusto”.
Claudia Romero, doctora en Educación y autora del libro Liderazgo educativo (Aique), pone el foco en el clima escolar. “Garantizar un ambiente libre de violencia, confiable, seguro, donde fluya la comunicación y donde todos se sientan parte es fundamental”, sostiene. Para Romero, la construcción de una cultura democrática no depende solo de contenidos o actividades específicas, sino de las condiciones en las que se desarrolla la vida escolar.
“Educar ‘para la democracia’ requiere educar ‘en’ democracia –explica–, en un clima donde la libertad, la igualdad de derechos y la solidaridad sean protegidos”. En ese sentido, Romero destaca el rol del liderazgo docente y directivo para generar entornos donde los estudiantes no solo aprendan sobre la democracia, sino que la experimenten todos los días en la escuela.
Esa dimensión práctica es clave para la democracia sea una vivencia más que una teoría. Para Viviana Postay, formadora de docentes y especialista en gestión educativa, uno de los principales desafíos actuales es evitar la confusión entre participación y ausencia de reglas. “Nos hemos malacostumbrado a que ‘dejar circular la palabra’ es que cada uno diga lo que quiera y como quiera”, señala.
Frente a esto, Postay propone recuperar el valor de los “límites del disenso legítimo”. Es decir, establecer marcos claros sobre qué formas de expresión son compatibles con un debate democrático, en un contexto en el que la lógica de las redes sociales permea cada vez más espacios. “Esto, que puede parecer censura, no lo es: habilita que el verdadero debate democrático ocurra”, afirma Postay. Y amplía: “Insultos, palabras discriminatorias, frases sueltas sin argumentación no deberían tener lugar en nuestras aulas”, para evitar que la cultura democrática se confunda con una “cultura del insulto”.
La escuela puede funcionar como un espacio donde el conflicto no se elimina, pero se regula: donde se aprende a discutir sin descalificar. “La cultura democrática implica volver a poner el foco en lo común, lo que nos une. Lo común es, por ejemplo, que tenemos ganas de convivir en un espacio armónico donde podamos enseñar y aprender sin ser insultados por tener cierta contextura física o color de piel, o por provenir de un barrio más humilde”, agrega Postay.
La apelación a la evidencia también forma parte de ese aprendizaje. El desafío no es solo habilitar la expresión de opiniones, sino promover su contraste con el conocimiento científico. “¿Dudamos de que los desaparecidos hayan sido 30 mil? Esta duda no se resuelve lanzando consignas partidarias. Es fundamental que el docente fomente el análisis desde las investigaciones científicas sobre el tema. No es una cuestión de lo que circula por las redes, sino de poder contrastarlo con la ciencia histórica”, sostiene Postay.

Un “laboratorio” de ciudadanía
“La escuela es un laboratorio donde construimos ciudadanía”, afirma Daniela Leiva Seisdedos, profesora de Historia en colegios secundarios de La Plata. Y subraya que la democracia no es un contenido abstracto, sino una práctica que se aprende en la vida escolar, a partir del ejercicio de los derechos y las obligaciones de los chicos en su rol de alumnos.
Los centros de estudiantes, por ejemplo, permiten a los jóvenes experimentar formas de representación, deliberación y toma de decisiones: “Son espacios donde se puede vivenciar la democracia desde lo cotidiano, considerando las opiniones de los demás, aprendiendo a partir de la diversidad de miradas y atendiendo las necesidades de los demás estudiantes”, señala Leiva. La docente también destaca los acuerdos institucionales de convivencia, que se elaboran con participación de la comunidad educativa.
“La escuela ocupa un lugar estratégico para revalorizar la democracia y formar ciudadanos con las herramientas y la disposición necesarias para participar en la vida pública y política de su comunidad, su provincia y su país”, define Silvana Vives, presidenta de Asociación Conciencia. Y agrega: “La inclinación hacia una ciudadanía activa no surge espontáneamente: se construye tanto en el hogar como en la escuela”.
Vives señala dos desafíos pedagógicos centrales: despertar el interés de los jóvenes por lo público y brindarles herramientas que les permitan intervenir en la vida democrática. En ese sentido, destaca la experiencia del programa Uniendo Metas, basado en los modelos de Naciones Unidas, en el que más de 10.000 adolescentes debaten cada año sobre diferentes problemáticas globales: así “incorporan el hábito de informarse, construir argumentos basados en evidencia y debatir escuchando al otro”.

A 50 años del golpe, la enseñanza del proceso político, económico y social que implicó la dictadura cívico-militar de 1976-1983 sigue siendo un componente central de la formación democrática. Los docentes y especialistas consultados advierten que ese abordaje debe hacerse con rigor histórico, apelando a la evidencia y habilitando la expresión de diversos puntos de vista –sin que eso implique que en el aula se pueda decir “cualquier cosa”–. Frente a un pasado que ya no resulta tan “reciente”, resulta clave también poder generar espacios donde los estudiantes puedan, a partir de la reflexión y el debate, reconocer conexiones entre pasado y presente.
Los expertos también coinciden en que, además de los contenidos, las prácticas y el clima escolar son determinantes en el aprendizaje de la vida democrática –la escuela representa, entre otras cosas, el primer contacto de los chicos con el Estado–.
Por supuesto, la construcción de una cultura democrática involucra a las familias, los líderes políticos y empresariales, los medios de comunicación, la sociedad civil. La escuela no es la única responsable. Pero sigue siendo un espacio privilegiado para ese aprendizaje cotidiano, basado en la experiencia de la convivencia respetuosa y en la convicción de que, más allá de las diferencias, es posible construir un destino común.
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