
La Fundación Sin Fronteras lleva más de dos décadas trabajando en Medellín en distintos niveles educativos, desde la primera infancia hasta la formación de adultos. Su director ejecutivo, Carlos Andrés Pérez, conversó con Ticmas sobre un recorrido que combina proyectos públicos y privados, y que busca repensar cómo se aprende en un contexto de cambios tecnológicos y sociales.
La primera línea de trabajo está centrada en la infancia. “Hemos buscado siempre desarrollar proyectos de acompañamiento integral, que los chicos tengan acceso a nutrición, a ayuda psicológica, a las familias y que tengan un espacio de estimulación apropiada”, explicó Pérez.
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En ese marco, diseñaron un modelo propio pensado como alternativa a los preescolares tradicionales. “Es un poco desestructurar el centro de desarrollo clásico y organizar las salas no por edades sino por experiencias: la creatividad, el cuerpo, la conciencia, la transformación tecnológica. De esa manera logramos que los niños pasen por diferentes espacios donde se estimulan distintas facetas de su desarrollo desde temprana edad.” Pérez subrayaba que el trabajo en los primeros años es decisivo. “Lo que tú logres estimular antes de los siete años genera unas capacidades que perduran el resto de la vida. Es una oportunidad única, además, porque aprenden a una velocidad impresionante.”
La segunda línea de acción está enfocada en la educación escolar. Allí la fundación trabaja con colegios tradicionales, pero también con un programa de bachillerato acelerado para jóvenes y adultos. “Muchos desertan a edad temprana: chicas que quedan embarazadas, chicos que tienen que trabajar. Después quieren regresar al colegio y este no los recibe. Para esos casos existe en Colombia un sistema que les permite terminar la secundaria en menos tiempo y luego acceder a la educación superior.”
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Ese programa, que Sin Fronteras desarrolla desde hace veinte años junto con la Alcaldía de Medellín, atendió a miles de estudiantes que no habían podido completar su formación. Pérez destacó que la continuidad del apoyo estatal fue decisiva: “Hemos trabajado con seis administraciones distintas y el proyecto siempre se mantuvo. Eso permitió reducir de manera constante el número de adultos sin bachillerato.”
Sin embargo, advirtió que hoy la situación cambió. “Antes nuestro promedio de edad estaba entre los 30 y 35 años. Ahora está entre 18 y 20. Cada vez llegan más jóvenes que abandonan la escuela no por embarazo, violencia o pobreza, sino porque sienten que no responde a sus expectativas. Dicen que es aburrida, que no se adapta a lo que quieren. Ese es el nuevo reto.”
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La fundación comprendió que su rol es mejorar la situación escolar y el acompañamiento de los maestros. “Somos una organización que acompaña docentes para que puedan hacer su tarea. Por eso ya no decimos que estamos dedicados a educación y formación, decimos que somos un equipo humano apasionado por el aprendizaje. Eso cambia la conversación: todos vinimos a aprender.”
La tecnología, en ese camino, plantea oportunidades y también riesgos. “Hemos cometido errores pensando que bastaba con traer una plataforma y que el profesor la usara. Lo que hemos encontrado es que hay que acompañar al docente para que encuentre su propio camino con la tecnología, que elija la herramienta que le sirve. Si no, el impacto es muy limitado.”
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En el cierre de la entrevista, planteó que la educación del futuro “tiene que ser más personalizada y permitir al estudiante mayor autonomía, donde agentes de inteligencia artificial nos ayuden a diseñar rutas de aprendizaje y a reforzar conocimientos, y el profesor sea más un acompañante en el proceso.”
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