Muchas gracias, querida Escuela Técnica

La formación en una escuela técnica no solo proporciona conocimientos teóricos y prácticos específicos, sino que también moldea una serie de habilidades y valores que resultan invaluables en la vida profesional y personal de los jóvenes.

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(Imagen Ilustrativa Infobae)
(Imagen Ilustrativa Infobae)

Fue hace mucho, pero lo siento muy cercano, cuando ingrese (por sorteo) a mi querida ENET N° 1 de Lanús “John F. Kennedy”. Inducido por mi padre, y sin saber lo que me iba a esperar, con unos 13 años de edad, empecé un camino del que no me arrepiento en absoluto, por lo que me ha dado y me sigue dando tras pasar seis años de formación intensiva en una escuela técnica, con jornadas de doble turno que equivalieron a un esfuerzo significativo adicional en comparación con una educación tradicional.

Esos “doce años equivalentes” de esfuerzo representaron un desafío considerable. Sin embargo, ha rendido frutos en múltiples aspectos de mi vida: la exigencia de la escuela técnica, aunque rigurosa, me ha proporcionado una base sólida de habilidades y conocimientos prácticos que son altamente valorados en el mercado laboral actual, y que deseo compartir.

Uno de los aprendizajes más valiosos fue el manejo del tiempo. A una edad temprana, se nos enseñó a equilibrar tiempo de asistencia a clases, del necesario para el estudio o el desarrollo de trabajos prácticos, también para actividades en taller, educación física y las actividades sociales y familiares.

En la escuela técnica, el cumplimiento de resultados era fundamental. Sin nombres sofisticados como OKR o KPI, aprendimos a avanzar, aprender de los errores y entregar trabajos que funcionaran correctamente. Cada tarea y su fecha de entrega eran – generalmente – de responsabilidad individual, fomentando un sentido de responsabilidad y autogestión crucial para cualquier ámbito profesional.

El “aprender haciendo” no era solo un eslogan; era nuestra práctica cotidiana. Desde el primer día, aprendíamos trabajando en proyectos tangibles, desarrollando un pensamiento crítico y una curiosidad innata por desarmar cosas para entender su funcionamiento y crear nuevas soluciones. Si bien hace relativamente poco que se empezó a utilizar el concepto “MVP” (producto mínimo viable, por sus siglas en inglés) en los negocios, pero es algo que – en la escuela técnica – era parte fundamental de cualquier aprendizaje, anteproyecto o proyecto. El enfoque del aprender haciendo fomentó una mentalidad innovadora y adaptable, esencial en el mundo laboral contemporáneo.

Diego Pasjalidis
Diego Pasjalidis

Los trabajos prácticos y proyectos de taller realizados no eran meros ejercicios teóricos; debían funcionar en la realidad. Recuerdo haber estado diseñando colectores solares, aplicando matemáticas, geometría, física además de las habilidades de construcción y apuntando a que nuestro proyecto sea el más simple, estético, económico y que lograra calentar el agua de forma más eficiente que el del resto del curso. Incluso, a menudo, en el taller producíamos repuestos para empresas locales que debían cumplir con estrictas normas de calidad. Esta experiencia temprana de producir algo “real” con nuestras propias manos nos proporcionaba una satisfacción única y nos enseñaba la importancia de la calidad y la seguridad en el trabajo, además de involucrarnos en el “punta a punta” (desde la ideación hasta el uso final).

La formación técnica abarcaba una amplia gama de disciplinas, como hojalatería, carpintería, soldadura, tornería, electricidad, entre otras. Nadie podía ser experto en todo, pero se esperaba que desarrolláramos habilidades básicas en cada área. Este enfoque integral fomentaba la capacidad de imaginar, diseñar conceptualmente, aplicar teoría, probar y equivocarse, saliendo de nuestra zona de confort. Esta posibilidad de explorar diferentes profesiones con salida laboral serviría como “sampling” para vivir diversas experiencias y ganar seguridad y conocimiento a lo largo de los años, ayudándonos a identificar nuestros intereses y fortalezas para facilitar la elección de una carrera futura.

La disciplina era vital, especialmente con jornadas exigentes y de doble turno. La gestión del tiempo se volvía aún más crucial, y muchos de nosotros pasábamos los mediodías en la escuela para almorzar, hacer la tarea y maximizar nuestro tiempo. Esta rutina exigente nos enseñaba a valorar la disciplina y el compromiso, habilidades fundamentales para cualquier profesión. Algo que, especialmente, caracteriza a los egresados técnicos.

Además, la escuela nos proporcionaba una base teórica y práctica que nos permitía elegir nuestro propio camino con confianza. La formación STEM (sigla que en ese momento no era para nada conocida), sumada la fuerte practica supervisada, nos ofreció una plataforma que nos posibilitaría ser empleados multifacéticos y prácticos, trabajadores autónomos, emprendedores, o para seguir cualquier carrera universitaria con la seguridad de tener una base sólida para lo que enfrentáramos.

La constante posibilidad de cometer errores y la necesidad de corregirlos nos enseñaban resiliencia, una habilidad blanda altamente valorada en el mercado laboral actual. Aprender a manejar los fracasos y seguir adelante es una lección invaluable que llevamos a lo largo de toda la vida. También, esta formación intensiva y desafiante generó un vínculo especial de camaradería entre los compañeros, ya que cada uno de nosotros éramos bueno en algo diferente, y la colaboración y la ayuda mutua eran esenciales. Esta solidaridad, similar a la de colegas en un ambiente laboral, fomentaba un sentido de comunidad y apoyo mutuo que era “lo normal”.

El enfoque centrado en el
El enfoque centrado en el estudiante y la enseñanza experiencial son dos pilares del modelo educativo de la escuela técnica

Si analizamos el contexto actual, donde la tecnología y la innovación son motores clave de la economía, la formación técnica se vuelve aún más relevante, por lo que los jóvenes que pasan por esta educación están muy bien preparados para enfrentar los desafíos del futuro, gracias a su capacidad para adaptarse rápidamente a nuevas tecnologías y métodos de trabajo. La escuela técnica no solo forma a los profesionales del futuro, sino que también les proporciona las herramientas necesarias para liderar en un mundo en constante cambio.

A diferencia de lo que muchos creen, la tecnología es una aliada para el aprendizaje y desarrollo de las personas (incluso todos los “chatGPT” que existan y los que vendrán), aunque, para ello, se requiere transformar la mentalidad de los que van a utilizarla, adonde el rol docente es fundamental.

Estamos acostumbrados a actualizar el software de nuestra computadora o celular, o a descargar nuevas versiones de una app o juego: ¿estamos haciendo lo mismo con nuestra vida? Efectivamente, quien no aprende y no entrena a lo largo de su vida es como que defina quedarse estacionado en boxes mientras los demás vehículos siguen en carrera.

Por suerte este “activo técnico” actualmente es mucho más asequible y accesible para cualquiera que tenga la motivación para transformarse, independientemente de lo que estudie o haya estudiado: formando a los jóvenes para su empleabilidad digital y/o incorporando plataformas que faciliten el aprendizaje STEM; aplicando metodologías de formación como aprendizaje basado en proyectos, pensamiento computacional, e integrando la tecnología como palanca de valor en las aulas; y trabajando en conjunto (público y privado) para construir puentes con mirada de desarrollo y futuro, ya que la falta de talento convierte a un país en un terreno poco fértil para crear valor en la era del conocimiento.

¡Gracias Escuela Técnica por tanto!, una experiencia que no solo ha impactado (y lo sigue haciendo) en mi vida, sino que me inspira a tomar las mejores prácticas de estas vivencias y transformarlas en valor para que cualquier joven del secundario, sea o no técnico, pueda potenciar sus posibilidades de empleabilidad en un mundo que valora tanto conocimiento como habilidades duras como blandas (ambas) balanceadas y permanentemente entrenadas.

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