
Hay una escena de El interior, de Martín Caparrós, que pasa en la lectura como un destello, pero que después, por ese misterio que es la literatura, es de las que más permanecen en la memoria. El libro cuenta historias de la Argentina profunda, pero esta escena es típicamente urbana. Podría pasar en Buenos Aires; tal vez suceda en Córdoba, Rosario, quizás en Mendoza. De tan normal, es casi transparente: dos autos casi se chocan en una bocacalle, primero hay bocinazos, después insultos y finalmente uno de los conductores se baja para pelear. Caparrós mira desde lejos y trata de registrar el momento en el que las cosas llegan a ese punto en el que definitivamente no hay vuelta atrás.
Jorge Consiglio parte de la misma situación en su cuento “El otro sur”, que, por supuesto, está plagado de guiños al relato de Borges. Un hombre está con su familia en el auto, va por Junín y cuando cruza Rivadavia —donde nadie ignora que el sur comienza— una mala maniobra casi lo hace chocar con una Suran celeste. El otro le cruza la camioneta, lo insulta y como el de Caparrós, él también se baja a pelear. “Hay unos segundos en los que el mundo se detiene”, escribe Consiglio, “y no se trata de la parálisis de la duda”.
Si en Caparrós está la inquietud del ojo que todo lo mira —y todo lo cuenta—, en Consiglio está la intuición de la violencia como un hecho estético. “La violencia me parece el gran misterio”, decía en una entrevista, “me genera una repulsión muy grande pero no puedo dejar de detenerme en la observación de los mecanismos de la violencia”. Aparece esa furia y es el escenario de una enajenación absoluta.

En tiempos en que la crispación está a flor de piel y una chispa enciende un incendio, parecería ser un ejercicio sano plantearse cómo frenar el desborde de la ira. La respuesta —o, al menos, una respuesta— está en los clásicos.
La editorial Koan acaba de publicar un fragmento del tratado Sobre la ira, de Séneca, bajo el título El arte de mantener la calma. Con una traducción más libre y un recorte centrado en los capítulos más prácticos, el libro trafica con eficacia los conceptos éticos y morales del siglo I en el formato de un manual sobre la gestión de la cólera. Hace algunos años se hizo muy famoso el bestseller de autoayuda Más Platón y menos Prozac; con el rescate de Sobre la ira/El arte de mantener la calma estamos ante una nueva oportunidad de pensar a la filosofía como un saber que siempre se aplica aquí y ahora.
“La ira es una especie de locura, porque nos hace darle máxima a lo que no la tiene en absoluto”, escribe Séneca. Y, como si les diera un consejo a los conductores de Caparrós y Consiglio, dice que la manera de evitar esa locura es tomando distancia de esa situación: “Distánciate un poco y ríe”.
No podemos saber si él logro llevar a la práctica sus propias enseñanzas, aunque, como se formó con los estoicos —y se consideraba a sí mismo uno de ellos—, es seguro que lo intentó. Su biografía está atravesada de tragedias políticas: senador amenazado durante el imperio de Calígula, debió exiliarse en el de Claudio y cuando volvió a Roma, tras un breve período de tranquilidad, su discípulo Nerón lo condenó a muerte. Debió suicidarse, como Sócrates.

Sobre la ira está escrito como una serie de máximas pensadas para su hijo Novato; un estilo clásico del género, que hasta repitió Fernando Savater con su hijo Amador. Tal vez la enseñanza más potente del libro sea, no la de ponerse en los zapatos del otro, sino la de reconocerse en la misma falibilidad —en la misma falla; palabra que también significa grieta—. Vivimos revolcaos en un merengue, diría Discépolo. “Dado que en el fondo no somos más que seres malvados viviendo entre seres malvados”, escribe Séneca, “practiquemos la amabilidad los unos a los otros”.
En La música que llevamos adentro, la escritora Julia Moret habla de su hijo Lucas, que tiene síndrome Asperger, y cierra el libro con unas palabras que encuentran un eco perfecto en las de Séneca: “No pretendas que [Lucas] sea como el resto: todos somos diferentes. Decile como quieras, usá la palabra que quieras, pero tené paciencia. Sé amable”.
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