Una escuela para todos: cómo sostener aulas inclusivas

Maestra especializada en dificultades de aprendizaje y trastornos del desarrollo, Magalí Fernández fue una de las invitadas a las Jornadas Internacionales de Educación y Futuro que la plataforma Ticmas realizó en Montevideo, y habló de cómo es posible alcanzar una educación que considere las necesidades particulares de cada estudiante

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Una escuela para todos: cómo sostener aulas inclusivas

La de Magalí Fernández fue una charla hermosa, sensible, profunda. La invitación era a revisar propuestas para alcanzar una educación inclusiva: aquella que considera las necesidades de todos los estudiantes. Pero fue más que eso, fue un largo encuentro de introspección y aceptación de las diferencias.

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Maestra especializada en dificultades de aprendizaje y trastornos del desarrollo, Fernández fue una de las invitadas a las Jornadas Internacionales de Educación y Futuro que la plataforma Ticmas realizó en Montevideo, y abrió el encuentro con un cuento breve que suele leer en clases: Por cuatro esquinitas de nada. Con figuras geométricas que liberan de carga y emotividad, el texto habla de cómo unos amigos “redondos” pueden tener un amigo “cuadrado”: lo único que hay que hacer es agrandar la puerta.

“Es súper importante entender que es el entorno y no los niños lo que tiene que cambiar para que haya una escuela para todos”, dijo. “Hoy estamos enfrentados a un mundo completamente neurodiverso. Si seguimos planteando la escuela desde el mismo lugar: estática, inmóvil, con una única forma de aprender y una misma manera de evaluar, vamos derecho al fracaso. Yo me dedico a los niños no convencionales, los diferentes, los que durante muchos años estuvieron a la vera de la educación y tenían escuelas especiales, y si hablo de más atrás hasta escondidos en las casas. Hoy tenemos que aprender a convivir con la neurodiversidad, tiene que estar entre nosotros todas las personas. Todos tienen derecho a aprender de la forma en que sea”.

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Magalí Fernández

¿Cómo hacen los docentes para aceptar el desafío y entender cuáles son las dinámicas o las dificultades que puede tener un chico en el espectro autista, pero que no se hable de integración sólo en términos formales?

—Ahí vamos hacia un cambio de paradigma. Estar integrado no es estar incluido. Es más, diría que incluso ese término va a evolucionar, porque incluir implica que uno, que está en un plano superior, le permite la entrada a otro. No hay que incluir: tenemos que agrandar las puertas. La única manera de entender este concepto nuevo de neurodiversidad es conviviendo y observando que hay diferentes modos de procesar la información, diferentes formas de aprendizaje y formas de funcionamiento. Yo no puedo saber cómo va a funcionar un niño si no estoy con él, si no convivo con él, si no lo observo. Si no me entrego a la atención plena. Tener un niño neurodiverso en el aula es enriquecedor no solamente para el niño, que tiene que ser incluido si no también para los demás, que tienen que aprenden de paciencia, de cooperación, de solidaridad. Hay que cambiar el “no estoy preparado para” por “el estoy disponible”.

¿Cómo se tiene que formar un docente?

—En estas jornadas lo dijeron de todas las formas posibles: hoy la información está a un clic. Uno puede instruirse, informarse, buscar redes; hoy la información está. Decir “No estoy preparado” ya no es excusa. Obviamente tenemos que estudiar para trabajar con ellos, pero el no tener información hoy no es posible. Hay que derribar muchos mitos, hay que romper las creencias y los mandatos, que son las barreras más difíciles de derribar. Tenemos un modelo médico de la discapacidad que habla de una persona con una falla a la que nosotros tenemos que arreglar. Me gusta soñar con un mundo con un modelo social de la discapacidad, donde yo, en mi ambiente y mi lugar vea cómo lo puedo cambiar para que todos andemos.

Dijiste la palabra “discapacidad”. En una época había palabras que no se decían.

—Hay que nombrar lo que es. Por supuesto, depende del nivel y de la anuencia de él. A veces se les pregunta si quieren que se les explique a los amigos. “¿Querés que les explique yo a tus compañeros?, ¿querés explicarles vos?” Se construye eso. Tenemos que perder el miedo a la palabra. Igual el prefijo dis ya habla de que hay algo de menos. Tampoco me gusta mucho, pero eso es personal.

Pero la palabra neurodiverso no tiene carga negativa.

—No y sin embargo los nombrás igual porque neurodiversos somos todos. Es interesante ese término. Es más, ahora se está trascendiendo a la neuroarmonía: cómo funcionamos todos armónicamente. Pero hay que poner mucho énfasis en que son personas. No son autistas, no son Down: son personas con síndrome de Down, personas con autismo. Marca la diferencia. Somos todos personas. Ahí somos todos iguales, algunos con alguna condición que justamente, valga la redundancia, nos condiciona.

¿En qué momento un chico integrado puede reconocer que hay ciertos contenidos que no abordar?

—Muchos niños se expresan desde muy chiquititos. No sé lo que me pasa, no entiendo, me molestan los ruidos. Depende de cada persona y de cada ser humano. Ahí es donde nosotros tenemos que agrandar la puerta, cambiar el entorno. Cuesta mucho: es muy fácil hacer una rampa para la discapacidad motriz, pero es mucho más difícil cuando la barrera es interna: “Yo no quiero tener un niño dentro de mi clase así”. Ahí hay que acompañar. Ahí, los que creemos que se puede, hay que ir y acompañar.

¿Cómo funciona la comunidad escolar con un chico autista?

—¿Con un niño con autismo, decís?

Sí, acepto la corrección.

—Se trabaja en la comunidad. A veces, por no nombrarlo o por disimularlo o miedo a no saber cómo es, termina siendo un elefante que lo vemos todos y no queremos reconocerlo. Es interesante trabajarlo con la comunidad. Todos los que participan en el entorno de ese niño debemos poder saber de eso, conversar, intercambiar, eso sería el ideal.

Lo que estás diciendo es que no solo es el trabajo con la familia de ese chico sino con todas las familias del curso.

—Todas las familias, toda la comunidad, el portero de la escuela. Es como predicar: hay que ir de a uno. Vamos explicando y contando. Porque, además, si las proyecciones siguen como están, antes eran uno de cada mil y ahora vamos dos de cada sesenta.

¿Qué escala se toma en ese dos de cada sesenta: en la escuela?

—No, no. En el mundo.

¿Por qué?

—Hiciste la pregunta que le tenés que hacer a los investigadores. Están buscando causas ambientales, el uso de las pantallas de muy chiquititos ha agudizado eso, buscan en la alimentación, en el uso de celulares en las mamás embarazadas. Y también hay criterios diagnósticos más amplios y han estrado en el espectro un montón de niños que no cuadraban dentro de eso.

La gran enseñanza de este encuentro es que hay que hablar.

—Hay que hablar, hay que convivir, hay que derribar mitos. El tema de la charla era cómo sostener aulas inclusivas. Yo había preparado una diapositiva que me olvidé de pasar, que decía cómo construir, cómo soñar, cómo co-construir, cómo crear y cómo sostener. O sea: no es solo sostener.

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