Qué revela la indisciplina en la escuela

Un recuerdo del colegio secundario ayuda a pensar una de las problemáticas más frecuentes del aula

Un aula vacía (Shutterstock)
Un aula vacía (Shutterstock)
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Empecé el secundario en 1988, el año de la gran huelga docente. En mi recuerdo había durado tres meses; buscando en Google veo que fueron 43 días. Muchísimo, igual. Yo era nuevo y me sentía abrumado. El colegio era un edificio enorme y vacío: como iban pocos profesores —sólo los jefes de departamento y los que tenía un cargo directivo—, juntaban dos cursos en una misma aula y, cuando uno caminaba por los pasillos, veía salones cerrados con las cortinas corridas y las luces apagadas.

Me sentaba en el penúltimo banco de la pared más alejada del escritorio del profesor, en ese territorio donde tímidos y vagos forman una cofradía. Atrás mío se sentaba Julián Vázquez, que ya por entonces me sacaba una cabeza. Hoy Julián dirige una pyme en el conurbano y es un finísimo lector de Borges, pero en aquella época se podía considerar un pequeño milagro que abriera la carpeta y tomara apuntes. Conozco muchos tipos como Julián y creo que son el claro ejemplo de la incapacidad que tiene la escuela para ver que la falta de esos chicos no es otra cosa que el fracaso de la propia institución.

En las semanas del paro y en las que siguieron, yo casi no hablaba con nadie. Ni con mis compañeros ni con los alumnos que ocasionalmente venían de otros cursos. Me sentía un poco como Max, el personaje de Donde viven los monstruos, cuando llega a la isla y uno de los gigantes le dice “Te queremos” pero le sale “Te comeremos”. Supongo que la amistad con Julián —que era todo lo contrario que yo: ruidoso, expansivo, se reía a carcajadas— me daba una conexión con el mundo. Me sentía protegido. Por la tarde me encerraba en mi habitación a leer —Hesse, García Márquez, Huxley—: encontraba en los libros la libertad y la compañía que me faltaba en la escuela.

Grandes Libros - Federico Lorenz
Un aula vacía en un colegio porteño

Salvo por un profesor que parecía encantado con humillarnos —una vez, en una reunión de padres, les dijo a los míos que mi inteligencia era más bien mediocre y ellos lo miraron con cara de cuál es la novedad—, el resto de los docentes eran bastante amables y comprensivos. El de Matemáticas era un viejo bonachón que tenía un traje gastado por la tiza y hacía chistes tan malos que te daban gracia. La de Inglés era bellísima. El de Geografía era un apasionado de los mapas antiguos.

Aquel año tuve la mayor enseñanza que alguna vez me dieron, pero no fue de un profesor, sino de otro compañero que, casualmente, también se llamaba Julián. Después de las vacaciones de invierno empecé a tener algunas cuestiones de inconducta. Todas más bien simples, eran como ensayos o simulacros de mal comportamiento. Malas notas, apercibimientos, sanciones disciplinarias. Yo quería encajar: quería ser visto. La indisciplina siempre es emergente de otra cosa.

El preceptor del curso era un chico de veintipico. Tenía apellido japonés, pero nosotros le decíamos “El Chino”. Una mañana de octubre, me frenó en el recreo y me mandó a rectoría por algo que ya no recuerdo. Volví al curso poniendo mi mejor cara de James Dean. En el recreo siguiente se me acercó Julián Petrina y me puso una mano en el hombro. “Por qué querés mostrarte así”, me dijo. “No trates de ser alguien que no sos”. Estoy seguro de que, de no haber sido yo tan timorato, le habría dado un abrazo.

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