
Vemos una capa con capucha roja y enseguida sabemos de quién se trata. Visualizamos una casita de chocolate y una bruja, y la mayoría adivina en quiénes estamos pensando. Hablamos de tres animalitos de granja y un lobo, y ya no hace falta decir mucho más para una asociación inmediata. Es inevitable, casi universal. Son parte del imaginario de nuestra niñez. Si hasta parece que falta un pedazo de infancia si estos cuentos están ausentes.
También, siempre presente, está ese añorado final, tan tranquilizador, donde todo se acomoda como esperábamos. Y cuando no se acomoda, entendemos que es justamente porque se buscan algunas variantes para aquellas historias clásicas: una Gretel menos sumisa, una Caperucita que pueda defenderse sola o tres cerditos mucho menos estereotipados. Casi todo el mundo parece tener una especie de sabiduría compartida sobre esos cuentos que marcaron y siguen marcando las infancias de miles de generaciones.
Sin embargo, pocas personas parecen saber hoy que ese había una vez fue distinto alguna que otra vez. Pero, atención. Los finales pueden sorprender en muchas de esas historias, sobre todo porque no las hacen aptas para todo público. Incluso desde la mirada adulta, ¿acaso no es una desilusión enfrentarse con un final que, en lugar de consolar, perturba?
Si lo pensamos bien, ¿cuántos corazones rompería la revelación de que, en la versión de Perrault, Caperucita Roja termina con la muerte de ella, luego de que el lobo se mete en su cama para atacarla?, ¿cuánto espanto causaría conocer que en algunas versiones orales, aún más antiguas, el lobo le da de comer a Caperucita la propia carne de su abuela, sin que la niña se entere? Y no parece mucho menos decepcionante enterarse de que la historia de Hansel y Gretel, que recordamos con una madrastra y una bruja como únicos personajes malvados, describe, en algunas versiones previas, un infanticidio como el que se vieron forzados a llevar a cabo muchos progenitores durante la hambruna de 1314 en Europa.
En un principio estos cuentos que recordamos con tanta vehemencia y que contamos una y otra vez estaban, en muchos casos, plagados de violaciones, asesinatos en masa, enfermedades incurables, suicidios y crueles rivalidades entre hermanos. ¿Por qué? Principalmente, porque en su origen no se pensaron como relatos infantiles, sino que estaban dirigidos a un público adulto.
A pesar de las alteraciones, las censuras y las adaptaciones, algo de lo intrínseco de esas historias continúa aún vigente y sigue atravesando tiempos, culturas y lugares. Hoy, con aquellas versiones originales al alcance de un clic, cada persona tiene la oportunidad de conocer el final que mejor las haga sentir. Resta entonces tomar la decisión, si se quiere, de (re)conocer estos cuentos como su hubiera otra vez.
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