
“Está bien que se mida con la dura / sombra que una columna en el estío / arroja o con el agua de aquel río / en que Heráclito vio nuestra locura”. Puestos a leer el poema “El reloj de arena”, que Jorge Luis Borges incluyó en El Hacedor de 1960, nos envuelven las reflexiones sobre ese extraño y fascinante fenómeno llamado tiempo. Borges nos ayuda a contemplar con un detenimiento que nos parece imposible un viejo reloj de arena y, con mayéutica poesía, parece sacar de nosotros las infinitas relaciones que describe, como el mago de la infancia fingía que en nosotros estaba la moneda.
La invención del reloj, la necesidad de una medición precisa del tiempo en escalas menores a las naturalmente perceptibles, el anhelo por su fracción, su aprovechamiento, su —en definitiva— dominio, nos hablan de un rasgo típica y exclusivamente propio del hombre: solo él tiene conciencia del tiempo y de su finitud.
Muchos otros rasgos del hombre han sido puestos en duda en tanto atributos exclusivos. La condición social se le ha arrebatado para compartirla aún con las hormigas y otras especies —hasta vegetales—. Con la inteligencia —o con algunos grados de la misma— ocurrió otro tanto. Al igual que con la capacidad de valerse de herramientas, con el reflejo de adorar a los muertos de su especie, y hasta con la capacidad de reír.
Sin embargo, esta capacidad de percibir el tiempo, su fatal transcurrir de modo irreversible y la finitud temporal de la propia existencia sí parece ser exclusivamente humana. Y no sólo le es exclusiva. Es también un motor de su evolución.

El deseo de someter al tiempo
Más allá de esa conciencia, el haber tenido la imperiosa necesidad —o presunción— de “someter” al tiempo en unidades de medida no perceptibles sensorialmente y el haber inventado instrumentos más precisos para ese fin habla de un grado evolutivo de alta sofisticación.
La naturaleza le ofrecía al hombre —y todavía lo hace, aun cuando lamentablemente no nos detenemos a contemplarlo— muchísimas realidades con facetas temporales de impresionante precisión y periodicidad: las estaciones del año, la duración de los días, el movimiento de mareas, los períodos de gestación, desove o incubación de muchas criaturas, la floración o dación de frutos, los movimientos migratorios de las especies, la regularidad del movimiento de los astros, y muchos más.
Sin embargo, aún con todo este datum —que, combinado, puede arrojar precisiones bien cronometradas—, el hombre necesitó “capturar” el tiempo. Apropiarse de él. Esto da cuenta de una faceta económica de la evolución. De una conciencia urgente de aprovechamiento de un bien escaso; al menos desde su fugaz existencia. Pero habla también de una honda conciencia de finitud, más allá del resultado de ese aprovechamiento. La precepción del tiempo —o más propiamente, de su escasez en la vida humana— dispara una dimensión trascendente.
Así como se ha insistido en distinguir al “homo faber” como prenda de evolución, bien debiera instituirse el “homo tempus” como otro grado superior de la existencia. ¿Acaso no es esta una percepción propiamente humana? Ni divinidades ni criaturas míticas están sujetas al tiempo. Como tampoco las demás criaturas terrenas tienen conciencia de que sí lo están.

Conquistar el tiempo, conquistar el mundo
El hombre se lanzó, entonces, más allá de sus tabulaciones naturales a “conquistar” el tiempo. Se lazó a “aprovecharlo”, aumentar su “productividad”. Todo dicho entre cuidadosas e intencionales comillas, que delatan lo alegórico que se vuelve el lenguaje cuando hablamos de la particular esencia de lo temporal, tan fugaz.
No le bastaron los tantos signos naturales que se le ofrecieron —y se le ofrecen— para ello, como tampoco le bastó en su momento el entorno físico que le fue dado y que acabó por transformar: conteniendo ríos con sus represas, trasplantando especies vegetales para sus cultivos y deforestando otras, manipulando su hábitat merced a sus necesidades —o ambiciones— cada vez mayores.
Tanto fue su afán de dominar el tiempo y tanta su conciencia de finitud que llegó a adjudicarle el valor del oro, la fatalidad del tirano, las propiedades curativas de las medicinas conforme nos enseñan los consabidos aforismos. He ahí el hombre moderno puesto en el frenesí de “atrapar” al tiempo en horas, minutos, segundos, dado a la faena de que no se le “escape” y peleando entre sus fatigas para tener algún poco de tiempo “libre”. He ahí su vana presunción de asir lo que caprichosamente se escurre, que parece ir de la mano del mandato bíblico: “henchid la tierra y sometedla”.
Borges concluye con una sentencia fatal: “Todo lo arrastra y pierde este incansable / hilo sutil de arena numerosa. / No he de salvarme yo, fortuita cosa / de tiempo, que es materia deleznable”. El reloj —una de las únicas tres palabras de idioma español que terminan con la letra jota— fue la herramienta de esta quimérica fantasía. Y Borges, su magnífico exégeta.
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