
La puesta en marcha de la Fase 2 del plan económico mostró ayer el primer indicio de encarrilarse hacia el objetivo buscado: aunque de manera tímida, el riesgo país retrocedió algunos puntos básicos -aunque se sostiene cómodo por encima de los 1500 puntos- al mismo tiempo que la brecha cambiaria acusó una reducción más marcada con cotizaciones en el mercado financiero que perforaron los $1.300. Pero el éxito de la segunda etapa del plan no depende sólo de la eficacia de las últimas medidas anunciadas sino también del sostenimiento de las medidas -y los resultados de las mismas- implementadas durante la primera parte del programa. Esencialmente, el superávit fiscal.
El desafío no es menor, con nivel de ingresos que no se recuperan en términos reales dada la profundidad de la recesión y una tasa inflacionaria que se reduce a una mayor velocidad que la imaginada, con lo cual pierde la capacidad de “licuar” o alivianar el gasto sobre las arcas públicas.
Con esa perspectiva, de acuerdo a un informe reciente del IARAF que analizó con detalle la posible dinámica del gasto primario en el segundo semestre, el ajuste debería alcanzar poco más de 20% respecto del mismo período del año pasado para obtener el equilibrio fiscal. Pero para lograr un resultado equivalente al resultado del primer semestre, es decir, un saldo financiero positivo de 0,4% del PBI, el ajuste del gasto debería ubicarse en torno al 24% respecto del nivel de 2023. En ambos casos, se trata de un recorte algunos puntos por debajo de los que se podaron en los primeros seis meses del año, cuando el apretón fiscal implicó una caída del gasto de 32,2 por ciento.
En el informe, el Instituto de Argentino Análisis Fiscal (IARAF), detalló que consideró el supuesto de una caída en los ingresos totales igual a la del primer semestre, es decir, de 5% interanual, y de un gasto anual en intereses de deuda similar al del año pasado, en el contexto además de una caída real en el producto bruto interno del 3,5%, que es la proyección oficial de PBI para este año.
Con ese marco, desarrolló dos escenarios posibles, En el primero, el gasto primario desciende interanualmente en términos reales hacia fin de año de manera tal que el año cierra con un resultado fiscal de equilibrio (cercano a 0) en términos de PBI. En el segundo escenario, en tanto, el gasto primario desciende en términos reales para que en el año el resultado fiscal sea superavitario por 0,4% del PBI, es igual al superávit acumulado en el primer semestre del año.

En el primer escenario, el gasto primario debería caer un 20,6% en el segundo semestre para que se logre el equilibrio fiscal, dado el ajuste realizado en los primeros seis meses del año. “Una caída real interanual menor en el segundo semestre implicaría incurrir en déficit fiscal”, advirtió el IARAF. “Como resultado, en el año 2024 el gasto primario caería en términos interanuales un 26,4% real. En el segundo escenario, el gasto primario real debería caer un 24,2% interanual en el segundo semestre para que se logre un superávit de 0,4% del PBI. En consecuencia, en términos anuales el gasto primario real caería 28,2% interanual”
La conclusión del instituto es clara: tanto para lograr el equilibrio fiscal como para sostener el nivel de superávit alcanzado durante el primer semestre, el Gobierno podrá aflojar en la intensidad del ajuste del gasto, dado el fuerte apretón realizado hasta junio.
“Proyectando el gasto en jubilaciones para el segundo semestre y utilizando para el resto de los gastos su participación durante el primer semestre, prácticamente todos los gastos verían reducido el ritmo de descenso interanual, comparando el segundo semestre con el primero. Los gastos con mayor reducción de intensidad de ajuste serían: jubilaciones, subsidios a la energía, transferencias a universidades, masa salarial, entre otros”, detalló la entidad que consideró que la reducción de la intensidad del ajuste estaría centrada principalmente en el gasto corriente, manteniendo una alta presión sobre el gasto de capital.
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