
Aunque durante la última semana quedaron descartadas definitivamente las expectativas más positivas del mercado respecto del inminente levantamiento del cepo cambiario con apoyo del FMI incluído, surgieron otros datos, por ahora aislados que permitieron compensar el mal trago.
El más relevante de ellos es la marcada desaceleración de la inflación, especialmente en alimentos, en la que coinciden relevamientos privados y también oficiales.
Una de las mediciones más instalada en el mercado, la de la consultora LCG, llegó en la tercera semana de marzo con un dato que entusiasmó a propios y ajenos: por segunda semana consecutiva, la suba de precios de los alimentos se ubicó por debajo de 1%, un registro que nos producía desde agosto del año previo.
Otros relevamientos privados arrojaron indicadores igual de optimistas. Para CyT & Asociados, por ejemplo, el nivel de inflación de marzo estuvo en torno a 11,6%, en gran medida gracias a la desaceleración en la categoría de alimentos y bebidas.
Datos en la misma línea se manejan en el equipo económico, donde arriesgan que la inflación de marzo se ubicó en un dígito porcentual, principalmente la core o núcleo, la no afectada por factores estacionales y desregulaciones de precios y de tarifas. En términos generales, el mercado asume que ese “logro” se alcanzará más adelante.

Pero, en cualquier caso, nadie parece discutir que la inflación se encuentra decididamente a la baja. De hecho, el índice de expectativas de inflación de los consumidores que elabora la Universidad Di Tella es contundente: los consumidores esperan para los próximos doce meses un nivel de inflación de 123%, casi la mitad del nivel de los últimos meses.
El panorama es mucho menos claro cuando la lupa se posa sobre el nivel de actividad, cuya caída fue, en definitiva, el freno de mano que encontró la inflación. Con una caída acumulada en el primer bimestre de 6% respecto al año anterior, otra vez, un dato mostró una posible luz al final del túnel: según las estadísticas que produce la consultora OJF que dirige Fausto Spotorno, en febrero la economía habría parado de caer. Si esto se confirma, el fondo se tocó cerca del nivel de mediados de 2021, cuando la economía se recuperaba de la pandemia de Covid-19.
Es prematuro con ese sólo dato concluir que la actividad ya llegó a su piso y a partir de ahora sólo queda esperar el rebote. Particularmente porque ese rebote puede no producirse tan rápidamente como sugieren muchos economistas y el propio presidente Javier Milei.
¿Qué podría complicar los planes, si la inflación baja, el Banco Central acumula reservas, la brecha cambiaria se mantiene acotada y, eventualmente, “pasó lo peor” en materia de actividad ya que en el segundo trimestre del año el impacto del movimiento del campo se empieza a sentir? La respuesta es repetitiva: el dólar. “Más que una nueva devaluación, lo que podría conspirar contra un hipotético círculo virtuoso de la economía real es el atraso cambiario”, coinciden diversos economistas.

En el Gobierno no dejan de desestimar la idea y repiten que mientras haya compra de divisas por parte del BCRA, no hay motivos suficientes para creer que el dólar está atrasado. No ajustarlo a tiempo, sin embargo, y dejar que siga corriendo al 2% mensual a pesar de la inflación que corrió bajo el puente puede ser, según los analistas, una dificultad que impida, precisamente, la recuperación de la actividad económica.
“La implicancia del dólar barato es que desaparecen los incentivos para traer capitales, ya sea para inversiones reales como financieras, se desincentiva la exportación de bienes y de servicios”, sostuvieron en la consultora Econviews.
Y fue más allá en su análisis la consultora que dirige Miguel Kiguel con un ejemplo bien didáctico: “Imaginemos un proyecto de inversión que costaba USD 1,000 millones hace 2 meses y hoy cuesta 40% más. Será difícil que los directorios de las multinacionales se tiren de cabeza, más allá de las oportunidades que ofrece la Argentina. Los servicios, en particular el turismo, industrias creativas y todo el mundo del outsourcing, generan mucho empleo y son tipo de cambio dependientes”.
En cierta medida, consideró el estudio privado, la recuperación de la economía depende de un peso débil y de que el Banco Central recupere reservas internacionales. Lo segundo por ahora se cumple, lo primero cada vez menos.
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