
El vigésimo aniversario de la crisis de fines de 2001 inspira revisiones y recuerdos sobre aquellos trágicos días. El disparador inicial, a fines de aquel noviembre, fue la instauración de un corralito bancario que, al cabo de más de 3 años de crecimiento nulo, agudizó la recesión (en especial entre los sectores y actividades informales, más dependientes del efectivo) y derivó en una ola de protestas y saqueos, el estado de sitio, la represión policial, decenas de muertos y detenidos, la renuncia del entonces presidente Fernando de la Rúa, la declaración del default de la deuda, la semana de los cinco presidentes y, ya a principios de 2002, una fuerte devaluación del peso y el fin de la convertibilidad uno-a-uno entre el peso y el dólar que regía desde abril de 1991.
En 2003, la gestión económica de Roberto Lavagna, ya en el gobierno de Néstor Kirchner, inició la negociación para restructurar la deuda en default, proceso que arrojó un primer resultado en febrero de 2005, con una aceptación del 76% de los acreedores, en lo que Kirchner llamó entonces “la restructuración de deuda más grande y exitosa de la historia”.
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Desde el principio, y durante muchos años, el propio Kirchner y sucesivos voceros del kirchnerismo trataron a los acreedores en general como “buitres”, que habían comprado los bonos argentinos a precios miserables. Más aún, a aquellos fondos o acreedores que resistieron la primera (y en algunos casos, también la segunda) restructuración de deuda.
El exministro de Economía, Domingo Cavallo, a quien De la Rúa, en un vano intento de aplacar los ánimos, había echado del gabinete poco antes de presentar su propia renuncia, escribió en su blog este sábado que los verdaderos buitres de 2001 no fueron los que acusó el kirchnerismo a partir de 2003.
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¿Quiénes eran los fondos buitres a los que aludí en mis discursos de diciembre de 2001?, tituló el ex ministro su post, aclarando que no se refería a los tenedores de bonos “que los habían comprado porque confiaban en el país y mucho menos los ahorristas que habían depositado sus fondos en los bancos y que, naturalmente, no querían perderlos”.

Los auténticos decadentes
Los buitres de verdad, según el ministro, ni siquiera tenían bonos. “Los fondos buitre eran los que vendían a futuro bonos argentinos que no tenían y que apostaban al default y la devaluación para poder comprarlos fuertemente desvalorizados y así hacer una suculenta ganancia por la diferencia con el precio al que los habían previamente vendido”. Esta operación se conoce como ¨shortear¨ o ¨vender en corto” y consiste en vender un activo que no se tiene apostando a que baje de precio, comprarlo en ese momento y ganar con la diferencia. “No es una operación que sea ilegítima y es habitual en los mercados de capitales”, explicó Cavallo.
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Aquellos operadores, dijo el exministro, tuvieron “socios internos” que también ganarían con el default y la devaluación y “políticos idiotas útiles” que no se dieron cuenta que eso produciría “un fuerte perjuicio a toda la población”.
Los “buitres”, subrayó Cavallo, eran los “shorteadores”, que ganaron con la pérdida de ahorristas, tenedores de bonos, trabajadores y jubilados. ¨Lamentablemente, varios años después, el kirchnerismo llamó fondos buitre a los tenedores de bonos que no quisieron aceptar las condiciones leoninas que les propusieron en los canjes del 2005 y del 2010 e iniciaron legítimos reclamos judiciales ante los tribunales de EEUU”, prosiguió el exministro. Pero los verdaderos fondos buitre, aclaró, “no se quedaron con los bonos defaulteados; por el contrario, los habían vendido sin tenerlos e hicieron su gran ganancia entregando al vencimiento de esas ventas los bonos defaulteados que compraron a precio vil”.
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Otros grandes ganadores, insistió Cavallo, fueron quienes estaban endeudados en dólares y bregaban por la pesificación y devaluación para licuar su deuda, interés que coincidía con el de los buitres. “El gran lobbista de estos grupos era Ignacio De Mendiguren”, enfatizó, señalando al actual presidente del Banco de Inversión y Comercio Exterior (BICE), que entonces asumió como ministro de la Producción en el gobierno de Duhalde.
En el bando de los “idiotas útiles”, Cavallo ubica a “los políticos que creyeron que destruyendo la convertibilidad reducirían la pobreza y mejorarían los salarios” y “a los periodistas que aplaudieron mi renuncia y que echaban la culpa de la crisis a la convertibilidad”. Todos, dice el post, coincidieron en buscar un chivo expiatorio: el propio Cavallo.
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“Me eligieron a mí y pusieron en marcha una endemoniada campaña de prensa que llegó, incluso, a pedirle a un juez que se estaba por jubilar, que decretara mi detención con la absurda acusación de que yo era responsable de la exportación de armas a Croacia y Ecuador”, recordó el exministro, que hace unos meses, a raíz de aquella operación, tuvo un fortísimo cruce con el exjefe del Ejército, Martín Balza.
“Muy pocos argentinos se animaron a defenderme en ese momento. Tuve la suerte que muchas personalidades del exterior, incluidos 5 premios Nobel de economía, publicaron en el New York Times una solicitada que asustó a los funcionarios y a los jueces corruptos, por lo que conseguí la absolución. después de estar preso durante 60 días”, concluyó Cavallo, que en los últimos meses alertó sobre el riesgo de que la actual situación económica derive en un episodio inflacionario similar al “rodrigazo” de 1975. El exministro cree que el gobierno puede aún aspirar a una inflación inferior al 60% en 2022, pero una muy superior si no acierta el camino.
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