
Agosto arrancó con mayores tensiones en el frente financiero y cambiario. Lentamente comienza a sentirse el efecto de la mega expansión de pesos en la economía, fruto de la fuerte emisión monetaria para financiar el déficit fiscal. La inflación de agosto será significativamente más alta que la de julio y en las consultoras privadas estiman que “tranquilamente” podría ubicarse en niveles del 3%. Al mismo tiempo, el Banco Central debe redoblar los esfuerzos para que el tipo de cambio oficial no se dispare, a través de importantes volúmenes de venta de reservas.
El objetivo de Miguel Pesce es evitar cualquier sobresalto de la divisa. El presidente del BCRA tiene claro que si el tipo de cambio pega un salto mayor, en estas condiciones derramaría directamente sobre los precios. Por eso, la suba del dólar oficial oscila entre 5 y 6 centavos por mes, lo que proyecta una suba de 2,6% mensual. No son pocos los que sugieren que debería acelerar el paso con el objetivo de reducir la brecha cambiaria, pero por el momento nada lo hace cambiar de opinión.
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El dólar es una vez más un elemento central de la pelea contra la inflación. Las luces amarillas están encendidas en el Gobierno porque agosto viene mucho peor que julio. Salvo los productos regulados que no aumentan como la mayoría de las tarifas, el resto presenta subas significativas. Julio arrojó 1,9%, pero la nota la dio la inflación núcleo, que subió 2,5%.
Un análisis más profundo del IPC de julio muestra que en realidad hubo dos comportamientos muy diferenciados. En la primera quincena los precios casi ni se movieron, pero en la segunda quincena del mes las subas fueron significativas y esto se traslado también a los primeros días de agosto. Por eso el mes proyecta un incremento mucho más significativo de precios. Es altamente probable que la inflación del mes se ubique en niveles cercanos al 3%, salvo que se produzca una desaceleración abrupta en las próximas jornadas.
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Por eso el Gobierno postergó una suba del precio de las naftas, que no sólo hubiera impactado en la inflación directamente sino también a través de remarcaciones indirectas de otros rubros. Y por ese mismo motivo Pesce se mantiene en su postura de no acelerar ni un poquito la cotización del tipo de cambio oficial, que apenas supera los $ 73,10.
Sin embargo, la enorme brecha cambiaria entre este tipo de cambio y el financiero es cada vez más notoria y supera el 80%. Esto genera una fuerte presión, que obliga al Central a desprenderse de más reservas a pesar del estricto cepo cambiario.
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En los primeros días del mes, las ventas del BCRA llegaron a USD 477 millones, básicamente para satisfacer la demanda de pequeños ahorristas que compran “dólar solidario” a $ 100. El negocio está asegurado, porque luego venden esas divisas en el mercado informal y obtienen una ganancia cercana al 30%.
La esperanza del Gobierno es que una vez que culmine toda la operación vinculada con el canje de deuda se produzca un ola de mayor optimismo, que impulse hacia abajo al tipo de cambio y permita reducir la brecha. Es decir no haría falta acelerar la suba del dólar oficial, sino básicamente promover la disminución del tipo de cambio financiero.
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Pero conseguir este efecto no será sencillo, porque es tan fuerte la emisión de pesos por parte del BCRA que el peligro de que haya una demanda aún mayor de dólares continúa latente.
La situación es seguida con preocupación por los inversores. Sucede que convive una masa cada vez mayor de pesos con reservas del Central que no se mueven de los $ 43.200 millones. Una cantidad de pesos que crece mes a mes versus un stock de dólares que no aumenta es una combinación peligrosa para enfrentar lo que viene. Y es una incógnita si realmente el cierre del canje de deuda con alta adhesión generará un clima de mayor confianza, aunque podría ayudar a descomprimir al mercado.
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