
Todo depende de quién responde a la pregunta sobre la evaluación del discurso presidencial que inaugura las sesiones ordinarias del Parlamento.
Si es el seguidor del gobierno anterior o admirador del actual. O pulgar para arriba o para abajo. En el marco de los 81 días de gestión de las actuales autoridades.
Para un neutral se trató -con buena voluntad, buenos modales y buen verbo- de justificar lo hecho hasta ahora. Y de los deseos pensando en el futuro. Aunque sin dar muestras de cómo se procederá.
Todo con un toque que emocionó a algunos o produjo un serio rechazo: la iniciativa de despenalización del aborto es un hecho y el proyecto será girado casi de inmediato al Parlamento.
Pero más allá de las fiebres partidarias, la de Alberto Fernández fue una propuesta voluntarista para salir del atolladero actual y justificar su gestión.
Eso sí: le faltaron estrategias concretas para implementar de aquí en más, en medio de la sofocación económica de estos días. Junto con el entendimiento o no con la oposición. Daniel Scioli como “diputrucho” no ayuda, como no ayudan los desentendimientos en la coparticipación con las provincias que votaron al PRO y a la Ciudad de Buenos Aires.
Herencias
El presidente sintetizó que “el país está dañado”. Muchos esperaban un balance más agresivo de la herencia recibida de la administración macrista. Pero Alberto Fernández no lo hizo. Fue prudente porque los dirigentes de Cambiemos podrían haberle contestado mañana mismo .
Es que lo que traspasaron los años de Kirchnerismo en 2015 fue un acogotamiento financiero y un desorden administrativo estatal y privado de magnitud, con deuda externa, desorientación, crispación en los discursos desde el poder y marginalidad frente al mundo.
Del mismo modo Alberto Fernández apuntó a subrayar la desfinanciación de la Administración Nacional de Seguridad Social (Anses). Sin embargo, vale aclarar que fue en los tiempos de Cristina Kirchner cuando, ante la falta de asistencia crediticia externa, el gobierno captó reiteradamente fondos de la Anses sin pudor alguno, a expensas de los jubilados y de otros sectores.

Fernández sólo sintetizó las graves pautas que dejó la administración de Cambiemos (con el PRO como conducción): una deuda externa con casi 49.000 millones de dólares de vencimientos de capital y 14.000 millones de intereses, un costo de vida sofocante, una presión tarifaria inaguantable, un arrinconamiento de la clase media, mayor índice de pobreza y una fuga increíble de divisas. Más otros compromisos financieros. Se deben sumar los incrementos en las tarifas de los servicios públicos entre 2015 y 2019, de entre 2.000 y 3.000 por ciento.
El presidente prometió “tranquilizar la economía” con trabajo, producción y políticas fiscales adecuadas. No especificó cómo se alcanzará este deseo. También mencionó con fervor una lucha para “terminar con el hambre”. Propuso que nunca más se debe llegar a un endeudamiento externo insostenible. Tiró una piedra a los antecesores cuando dijo que desea " un gobierno con el apoyo de científicos y no de CEOs, sigla en inglés que designa a los más altos ejecutivos de empresas privadas y con los que se identificó al macrismo.
Fernández también sugirió descentralizar el Estado, reforzar las economías regionales y las cadenas productivas.
Privilegió, sin que pasara desapercibida, la reforma de la Justicia Federal, “poniendo fin a la designación de jueces amigos y frenando la arbitrariedad de detenciones que vulneren los principios del Derecho”. Agregando la modernización del Código Penal y el cerco con rendición de cuentas del Servicio de Inteligencia del Estado.
En dos oportunidades citó, con sugestiva admiración al ex-presidente radical Raúl Alfonsín, como lo hizo en oportunidades anteriores sugiriendo la necesaria presencia de flamantes Administradores Estatales que tengan “la mística de la transformación del Estado”.
En su discurso no hay evidencias de que se esté trabajando ya en alentar la producción, extremadamente caída, la atracción de inversiones y las maniobras que se están pensando para frenar a los acreedores y entablar una negociación sensata con el Fondo Monetario Internacional.
Está claro que reina la impotencia de conseguir inversiones en un país atravesado por una crisis de magnitud.
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