De los botes de doble punta con los que representó el barrio de La Boca Benito Quinquela Martín, solamente quedan tres a la vera del viejo puente Nicolás Avellaneda. El Sacra Familia, El Don Conrado y el Rosa María. Puntos de colores flotando en el río Matanza-Riachuelo junto a los 77,5 metros de hierro que, entre muchas otras cosas más, separan la Capital de la Provincia.
Cruzar sale dos pesos para los escolares y siete para el resto. La tarifa está garabateada con brochazos verdes en piso del muelle de chapa y varía según los vaivenes del boleto del colectivo. Pero en el último tiempo los boteros decidieron congelar el precio, porque la gente de la Isla no puede pagar los aumentos y porque el puente nuevo tiene escaleras mecánicas y es gratis.
Parado en la punta del muelle, de cara a La Boca, Enrique "Pocho" Eusebi, a sus 90 años, tiene la mirada clavada en esos únicos tres botes que quedan. "Mirá, ahora los emparchan con plástico" le comenta Horacio, su hijo. Él asiente con la cabeza sin dejar de recorrer con los ojos bien abiertos la estructura del que tiene más cerca.
Pocho fue el último de los carpinteros de barcos de la Isla Maciel. Durante toda su vida reparó las embarcaciones que se hicieron famosas con las pinturas de Quinquela Martín: canoas de doble punta, de colores azul, rojo, amarillo, sinónimos de La Boca, de Buenos Aires y de una época que ya no está. Salvo por él y esos tres botes que siguen a flote.
Le decían "El Egipcio" porque podía tirar solo de las poleas y levantar los botes por los aires, dejándolos listos para calafatearlos, como se le dice al trabajo artesanal de cerrar las junturas de las tablas del bote, con tela o con brea. Trabajos que tardaban meses, que sabían hacer pocos, que se siempre se cobraron en la Isla menos de lo que valían.
"A mí me daba bronca, porque le gustaba tanto esto que no sabía ponerle un precio", se queja Horacio con Infobae, mientras mira a Pocho moverse por la que fue su casa y su taller, revolviendo recuerdos. Hay fotos de su abuelo, Enrico, uno de los primeros inmigrantes italianos que llegaron a la Isla Maciel por el 1800, de su papá, Enrique Segundo y en todas hay botes alrededor.
"Mi papá era carpintero y trabajaba en la misma casa donde estamos", cuenta Pocho sobre el oficio heredado. Dice que en su mejor momento llegó a haber 20 botes que de noche y de día cruzaban el Riachuelo, que eran parte importante de la vida del barrio, del día a día, la forma más rápida de llegar a la Capital.
Hoy si se rompen hay que llevarlos hasta el Tigre, donde hay carpinteros que todavía saben arreglarlos. En la Isla ya no quedan. Fueron desapareciendo progresivamente junto con los botes que decoraban el pasaje desde que el puerto dejó de traccionar, ya que las fábricas y los frogoríficos cerraron.
Lionel tiene 17 años y desde hace tres semanas es botero en el Don Conrado. Se levanta a las 5:30 de la mañana para estar poco después en el muelle de chapa con su papá, que con una camiseta de San Telmo puesta y una boina, le sigue los movimientos a bordo del Sacra Familia. Amarran uno de cada lado y se sientan a esperar.
Ellos probablemente sean los últimos boteros. Cruzan hasta las ocho de la noche a los chicos al colegio, a las mujeres al mercado, a los hombres a los bares. "Es un paseo", dice alguien que compara el viaje con las góndolas venezianas, que en Italia cobran al turismo 80 euros los 40 minutos, unos 3500 pesos argentinos. En el Riachuelo, el servicio, la última postal de una tradición que se acaba, se consigue por siete.

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