Scaloni no puede levantar la mirada porque llora. A Messi le explotan los ojos por un desahogo que no tuvo ni cuando fue campeón del mundo. Los hinchas se dejan caer en sus butacas hipnotizados por la emoción. Los familiares de los jugadores vuelven a respirar, cada uno con el apellido de su héroe en la espalda. El estadio de Atlanta, fantástico, tal vez el mejor del planeta, un día descubre qué es la pasión por el fútbol. Entiende por fin que los lugares son la gente, los sentimientos, más que cualquier maravillosa obra de arquitectura. Es volver a vivir. Es escapar de ese túnel oscuro que significa quedar afuera con Egipto en octavos. Porque perder en un Mundial es un velorio, aun cuando mañana vuelva a salir el sol. Durante largos minutos de una tarde que en la cancha no se sabía si era de día o de noche, si era una película o una pesadilla, Argentina estuvo eliminada. Se venía un tsunami de sensaciones negativas. Era ser testigos del último partido de Leo, era el penal errado después de patearlo como si no fuera él. Resurgían fantasmas de otros tiempos. Hasta que apareció otra vez él... Messi es el tipo más competitivo de la historia. No quería irse, como nadie. Pero él decide sobre el destino. Fue todo en 13 minutos. Primero le mete el pase a Cuti Romero para que sorprenda en el área como si fuera Passarella. Después le da una bomba a una pelota que iba de un lado para el otro en el área para recuperar las pulsaciones en el cuerpo. Y ahí se va por más. Una contra letal, el centro perfecto de Lautaro Martínez, y Enzo Fernández demuestra por qué el tipo confía en que puede ser capaz de todo. Ojos bien abiertos, cabezazo glorioso. Egipto queda estatua. Final. Y se provoca un festejo que nadie olvidará en su vida. Scaloni confiesa que en el cuerpo técnico le dicen “la llorona”. Pero Messi también llora. Miles de personas lloran acá. Millones lloran allá. Esta vez no importa que nos digan llorones a los argentinos. Vení, vení, llorá conmigo...
Argentina no es un equipo débil, jamás le faltará personalidad. Ya demostró que la sensibilidad es una virtud. Es sentido de pertenencia, templanza. Amor por los colores y orgullo por las tres estrellas arriba del escudo. Una de ellas, además, la conquistó esta camada maravillosa de futbolistas. En otra vida, el equipo lamentablemente no terminaba de conmover a los hinchas. Muchos se pintaban la banderita en la cara durante los Mundiales y después se olvidaban de la camiseta durante cuatro años. Ahora es popular. Se quiere a la Selección como al club. O por lo menos eso se percibe durante este mes. Hubo camadas extraordinarias, como la del 2014, que merecieron la vuelta olímpica que el fútbol les negó. Pero lo que sucede en éste, el mejor ciclo de la historia, es maravilloso. Se vio en ese final con Messi volando por el aire, con sus compañeros mostrándoles al mundo quién es el líder. Ahí se volvió a ver que él vive cerca del cielo. Y, justamente, habrá que hablar del “Quite de Dios”. Agradecerle, entre tantos santos que se invocaron, a Marco Giampaolo... Fue el entrenador que transformó a Paredes en volante central. Todos saben que Leandro se inició como 10, que Riquelme lo había apuntado como su sucesor, pero su juego se reconfiguró en la temporada 2015-2016. Allí la Roma lo cedió a préstamo al Empoli y apareció en su vida el actual DT del Cremonese. Ya en esos tiempos, Giampaolo, quien nació en Suiza pero creció en Italia, le anunció que iba a ser el nuevo Pirlo, campeón del mundo con Italia en 2006. Ahora, el ingreso de Paredes como titular fue clave, antes y después de ese robo en el 2-2 que se festejó como un gol. Si está sano, el capitán de Boca no sale más.
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Ya habrá tiempo para profundizar sobre los defectos del equipo. En los partidos mata mata le llegaron poco y le convirtieron mucho. De ahí el fastidio de Dibu Martínez, independientemente de la atajada extraordinaria del final contra Cabo Verde. Falta cambio de ritmo en el mediocampo, aun cuando en Atlanta no se sufrió la humedad de Miami. De Paul debutó bien en el Mundial y después terminó varios partidos afuera, justo él que se convirtió en el corazón de un equipo sanguíneo. En el lateral derecho todavía no hay garantías en Molina ni en Montiel, más allá de su aparición en el área para dejarle la pelota al 10 para el 2-2. Julián Alvarez por ahora no está en modo Kempes como en Qatar. Y falta un crack tipo Di María, el que puede ser Messi cuando el capitán necesita ayuda. No hay otro como él, aun cuando se entiende que es difícil. Fideo es titular en la Selección ideal de todos los tiempos. Después, es cierto, como señaló Scaloni, que se llegó con frecuencia y Mostafa Shobeir parecía imbatible en el primer tiempo. También es real que en los contraataques era difícil hasta derribarlos a los egipcios por la decisión para llegar hasta abajo del arco y su potencia física. El partido de Hassan, el extremo de 24 años del Oviedo, fue descomunal. Se vio en el fallido 2-0 de Ziko, cuando Messi se dio cuenta antes que el VAR de la infracción a Lisandro Martínez. Allí, otra vez, vuelven los distintos capítulos de la Batalla de Atlanta. No hay campeón sin suerte. El banco de Egipto se enloqueció, pero el pisotón se vio claro en la primera repetición. Los odiadores de la tecnología deberán conceder que hace un par de Mundiales ese error hubiese sido condenatorio.

Entre tantos ex futbolistas ahora en el rol de comentaristas en la Copa del Mundo, hubo una intimidad que define. Una anécdota con concepto. La contó Thierry Henry, el exquisito francés que compartió el Barcelona con Messi. “No hay que despertar a la bestia. Eso es lo que pasa. Y lo he visto de cerca en las prácticas. Una vez estábamos entrenando y le hicieron una falta. El entrenador no la cobró y Leo lo cuestionó. El DT le respondió: ‘Deja de quejarte. Eso puede pasar en un partido’. Ahí lo miré y vi que le cambió el chip. Fue, buscó la pelota y metió tres goles seguidos. Yo estuve ahí. Fui testigo. Después del tercero, se dio vuelta y dijo: ‘La próxima vez, cobrá la falta’. Cuando se pone en ese estado de ánimo, es muy difícil pararlo... Jugué con Zidane, Ronaldinho y muchos otros jugadores que podría mencionar, pero a veces Messi metía algunos goles y yo me quedaba unos segundos pensando y decía guau, esto no es real“. Tiene razón. Reseteó su cabeza y nos llevó de la mano a un partido que recordaremos vibrando por siempre. Messi es una bestia. Una bestia que llora.
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