
En 1993, la selección nacional de fútbol de Zambia atravesaba su mejor momento. Un equipo joven y prometedor, conocido como los Chipolopolo (“Las Balas de Cobre”), mantenía viva la esperanza de clasificar por primera vez a una Copa del Mundo, la edición de 1994 en Estados Unidos.
La expectativa crecía en un país golpeado económicamente, donde el fútbol era uno de los pocos motivos de alegría. Sin embargo, la ilusión de estar presente en Estados Unidos 1994 nunca se concretó. Y no por cuestiones adentro de la cancha, sino por algo mucho peor.
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El accidente que enlutó a un país
El sueño de Zambia se truncó abruptamente el 27 de abril de 1993. Aquel día, la delegación debía viajar a Dakar para enfrentar a Senegal por las eliminatorias africanas. Como era habitual, y dada la precaria situación financiera del país, el plantel volaba en un avión militar DHC-5 Buffalo, que requería varias escalas para recargar combustible en su travesía por África: Zambia, República del Congo, Gabón y Costa de Marfil, antes de arribar finalmente a Senegal.

Tras despegar de Gabón, la aeronave cayó al océano Atlántico. El accidente dejó un saldo devastador: murieron todos los ocupantes del vuelo, incluidos los 18 futbolistas de la selección. Los cuerpos fueron enterrados junto al estadio Independence de Lusaka, en un sitio hoy conocido como “Heroes’ Acre”.
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Las causas del desastre, según el periodista y escritor Jay Mwamba en su libro Crash of the Buffalo, se debieron a una combinación fatal de errores. Una falla en el motor izquierdo generó un incendio; en medio del pánico, los pilotos apagaron el motor derecho, lo que precipitó la caída. Mwamba, quien conocía personalmente a varios jugadores: “Estaba devastado. Lloré viendo a mis futbolistas favoritos guardar un minuto de silencio en un partido entre Inglaterra y Países Bajos”, explicó a CNN Sports.
La noticia sumió a Zambia en el luto. El país perdió, en un instante, a la generación dorada que había encendido la ilusión nacional. El fútbol, refugio en tiempos difíciles, parecía haber perdido su luz para siempre.
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El lento y doloroso camino a la reconstrucción

La mañana siguiente al accidente, restos del avión y pertenencias comenzaron a aparecer en las costas de Gabón. El impacto fue tal que Mwamba tardó más de una década en poder investigar y escribir sobre lo ocurrido: “Fue devastador, estuve deprimido durante un año. No pensé en escribir un libro hasta 2007. Sentí que debía ser contado, conocía a muchos de los jugadores e incluso a uno de los pilotos”, señaló a CNN.
La reconstrucción del seleccionado fue una tarea titánica. Los dirigentes, durante el viaje a Gabón para repatriar los cuerpos, decidieron que el equipo debía renacer. Se convocó a Kalusha Bwalya, el gran referente de la generación perdida, quien jugaba en el PSV Eindhoven de los Países Bajos y no estaba en el vuelo fatídico por compromisos con su club. Aceptó el desafío de liderar el nuevo proceso y se realizaron pruebas para conformar una nueva selección.
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La respuesta fue sorprendente: apenas diez semanas después de la tragedia, Zambia venció 2-1 a Marruecos en un partido de eliminatorias. Aunque el equipo no logró la ansiada clasificación al Mundial de 1994, cayendo ante el mismo rival por 1-0 en el duelo decisivo, el regreso fue recibido como una hazaña. Poco después, en la Copa Africana de Naciones (AFCON) 1994, los Chipolopolo alcanzaron la final, pero perdieron frente a Nigeria por 2-1.

A pesar de las derrotas, el pueblo zambiano recuperó el orgullo por su selección. El fútbol volvía a ofrecer esperanza y sentido de pertenencia. Durante años, la memoria de la generación perdida guio el camino del equipo, que aspiraba a alcanzar la gloria que les había sido arrebatada.
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La consagración histórica
Pasarían 19 años hasta que Zambia tuviera otra oportunidad de alcanzar la cima. En 2012, la selección llegó a la Copa Africana de Naciones como una de las menos favoritas, bajo la dirección del francés Hervé Renard, recontratado por Bwalya, quien ya se desempeñaba como presidente de la federación de fútbol local.
El destino, sin embargo, parecía tener un guion especial. El torneo se disputó precisamente en Gabón, a pocos kilómetros del lugar donde cayó el avión en 1993. Antes de la final, todo el plantel visitó la costa, dejando flores en homenaje a quienes perdieron la vida. El gesto conmovió a todo el continente.
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La final, jugada frente a Costa de Marfil, fue épica y se definió en una dramática tanda de penaltis. Zambia se impuso y conquistó, por primera y única vez, el título continental. “Queríamos honrar a los jugadores muertos y eso nos fortaleció. El avión cayó en Gabón y ganamos la final en Gabón. Es una señal del destino”, afirmó Hervé Renard tras el partido.
Bwalya, artífice del resurgimiento, vio cumplido el sueño que la generación dorada no pudo alcanzar. Para muchos, el triunfo fue una reivindicación y un cierre simbólico para una herida que marcó a toda una nación. Mwamba recordó que “la memoria de quienes murieron en 1993 sigue viva en el equipo actual, aunque muchos jugadores nacieron después de la tragedia”.
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Lamentablemente, la selección de Zambia quedó eliminada tempranamente de la actual edición de la Copa Africana de Naciones que se disputa en Marruecos. La “Chipolopolo” finalizó última en el Grupo A con tan solo 2 puntos. A su vez, no logró clasificar a la Copa del Mundo 2026. Culminó en el 4.º puesto del Grupo E de las eliminatorias africanas y deberá esperar cuatro años más para lograr la hazaña de participar en su primera cita mundialista.
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