El 14 de febrero suele estar asociado al amor. San Valentín, el Día de los Enamorados, una jornada en la que las parejas celebran su unión y el ambiente se tiñe con aires de afecto. Pero hubo un 14 de febrero, casi un siglo atrás, en 1929, cuando la celebración fue opacada por un crimen que acaparó los titulares y dio cuenta de los tiempos violentos que se vivían en Chicago, Estados Unidos.
Se trató de una venganza mafiosa que fue llamada "La Masacre de San Valentín", una matanza que transformó para siempre el panorama del crimen organizado en Chicago, originando un caso que nunca fue resuelto oficialmente, pero que consolidó el poder de Al Capone, el célebre gánster de origen italiano, también conocido como “Scarface”. Años después, en 1951, la ciudad norteamericana fue testigo de una de las peleas más sangrientas de la historia del boxeo: Sugar Ray Robinson contra Jake LaMotta, la cual fue emparentada con aquel hecho adjudicado a Al Capone.
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Pero volvamos a aquella mañana del 14 de febrero de 1929. Chicago amaneció con uno de los episodios más violentos de su historia: cinco hombres armados, varios vestidos como policías, descendieron de un Cadillac negro frente a la fachada de la empresa SMC Cartage Co. y mataron a siete integrantes del grupo rival liderado por George Bugs Moran, adversario declarado de Al Capone.

Aunque jamás se consiguió reunir pruebas concluyentes que vincularan a Capone, la masacre fue el catalizador que le permitió fundar el Sindicato del Crimen e intensificó, a la vez, la respuesta de las autoridades federales contra la mafia, según relata National Geographic.
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Veintidós más tarde, en otro Día de los Enamorados, Chicago también fue testigo de un episodio con ribetes sangrientos, pero esta vez vinculado al deporte. En el Chicago Stadium, Sugar Ray Robinson selló la recuperación de su corona mundial de los medianos tras vencer a Jake LaMotta en un enfrentamiento marcado por la violencia extrema y la resistencia física.
La dimensión de ese combate vino acompañada del recuerdo de la mencionada matanza mafiosa, fusionando así el drama de aquel sangriento episodio gánster con la crudeza de uno de los duelos más emblemáticos del deporte.
La saga de peleas Robinson-LaMotta, una de las más emblemáticas del boxeo, se desplegó a lo largo de seis intensos combates. Contrapuso a dos figuras opuestas: Sugar Ray, llamado el “Príncipe de Harlem”, recordado por su técnica impecable y agilidad, y Jake, apodado el “Toro del Bronx”, reconocido por su fortaleza y agresividad.
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Ambos debutaron como profesionales en 1941: Robinson como welter y LaMotta en el peso mediano. La primera cita llegó en octubre de 1942. Sugar Ray, entonces invicto con 35 victorias, superó la desventaja de más de 4,5 kilogramos (10 libras) que daba frente a su rival y ganó siete de los diez asaltos.
El segundo enfrentamiento, apenas cuatro meses después, vio a LaMotta imponerse con furia: obligó a Robinson a besar la lona por primera vez en su carrera y obtuvo la decisión unánime, el Príncipe había sido derrotado.
El interés por la saga era tan grande que solo tres semanas después pelearon de nuevo. Aunque LaMotta volvió a derribar a Robinson, este logró una clara victoria. La cuarta lucha, en 1945 en Nueva York, consolidó el dominio técnico de Robinson, mientras que el quinto combate, siete meses más tarde en Chicago, fue sangriento e igualado. Aunque la decisión volvió a favorecer a Robinson, muchos en el público consideraron que LaMotta merecía más. El propio Sugar Ray confesó que fue el combate más duro de su carrera.
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Finalizados los cinco choques, Robinson sumaba cuatro triunfos. La insatisfacción por el resultado apretado del quinto combate alimentó la expectativa de un nuevo enfrentamiento. Pasaron los años: Robinson conquistó el campeonato mundial welter en 1946, LaMotta obtuvo el título mediano en 1949. Cuando en 1950 Robinson decidió subir de categoría tras no poder dar el peso welter (66,7 kilogramos, 147 libras), ambos acordaron un sexto combate con el campeonato mundial mediano en juego.
La célebre rivalidad entre Robinson y LaMotta, revivida décadas después en la película Toro Salvaje de Martin Scorsese, con Robert De Niro encarnando al púgil del Bronx, alcanzó en esa noche su punto culminante. Más de 14.800 personas presenciaron el sexto y último combate entre ambos púgiles, en una pelea que fue detenida recién en el asalto 13.
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La preparación de LaMotta para el combate decisivo fue extenuante: debió perder al menos 1,8 kilogramos (4 libras) en la víspera. Sabedor de que su resistencia se vería limitada, alteró su táctica, buscando el nocaut en los primeros asaltos. Robinson, consciente de las dificultades de peso de su rival, diseñó una estrategia implacable, castigando a LaMotta al cuerpo durante toda la pelea.
En el sexto asalto, LaMotta conectó una izquierda que puso en apuros a Robinson, siguió con una ofensiva intensa y logró hacer sangrar al retador. Aun así, Sugar resistió y tomó el control a partir del undécimo round, cuando el Toro realizó su último esfuerzo ofensivo antes de agotarse por completo.
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El combate llegó a su fin en el asalto 13. El árbitro Frank Sikora consideró irrefrenable la andanada de golpes de Robinson sobre un LaMotta exhausto y castigado, quien, sostenido apenas por las sogas, se negó a caer en la lona.
Al detenerse el encuentro, LaMotta, con el rostro desfigurado y los ojos casi cerrados, se dirigió a su adversario y expresó: “¿Viste que no me pudiste tirar, hijo de puta?”, tal como indican los reportes de la época.
Desde el punto de vista deportivo, Robinson ganó cinco de los seis enfrentamientos de la saga, pero el valor de estas peleas radica menos en las cifras que en la brutal entrega de ambos combatientes. El Toro del Bronx, nunca fue derribado, ni siquiera tras recibir el castigo más feroz de su carrera aquella noche. Los relatos indican que, tras el cierre del combate de febrero de 1951, LaMotta colapsó en los vestuarios y tardó dos horas en reponerse lo suficiente para abandonar el estadio.
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La definición de Robinson tras el evento resumió la admiración y dureza del cruce: “Se quejó del resultado porque él nunca pierde. Es un gladiador, solamente él pudo aguantar semejante castigo. Nunca estuve tan bien preparado en mi vida, pero no pude noquearlo”, afirmó el campeón.
El drama de ese día marcó para siempre la leyenda del boxeo: la última carga de Robinson ante un rival que, al borde de sus fuerzas, resistió hasta el final.
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