
“Los argentinos estamos llenos de cualidades, pero no sabemos jugar en equipo. Buscás por el mundo y descubrís artistas, científicos y deportistas destacados. Podés buscar en el área que prefieras y siempre encontrarás a argentinos que brillan. Entonces, evidentemente, lo que siempre nos ha costado, y nos está costando mucho más en esta última década, es armar equipos de trabajo.”Esta reflexión corresponde a una profunda e interesante entrevista que le hizo Cristian Grosso para La Nación a Diego Simeone en 2019.
Seguramente muchos de ustedes objetarán la idea de la mano de referencias que pronto haré. Sin embargo, apenas la leí consideré que el Cholo se estaba refiriendo, básicamente, a aquello que, por esos años, nos sucedía con el seleccionado nacional de fútbol. Hecha la aclaración y la salvedad, valga el concepto como disparador de un par de asuntos.
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En realidad, el diagnóstico del exitoso técnico del Atlético de Madrid fue un hecho irrefutable, especialmente, en los años ‘70 en contraposición con lo que comenzó a suceder sobre todo a comienzos del siglo XXI. En aquel entonces, el impacto del deporte argentino en el mundo pasaba por nombres como los de Guillermo Vilas, Carlos Reutemann o una legión de boxeadores encabezados por Carlos Monzón. Por el contrario, salvo los sucesos a nivel sudamericano e intercontinental de algunos equipos de clubes, los títulos y subcampeonatos mundiales del hockey sobre patines masculino y el sobre césped femenino y victorias esporádicas de Los Pumas, a la hora de jugar en equipo nos encontrábamos con que para el handball o el voleibol soñar con una clasificación olímpica era inviable, al básquet le costaba ganarle siquiera de vez en cuando a los brasileños y, hasta la llegada de César Menotti, usar la celeste y blanca exponía a unos cuantos cracks a escenarios casi de desprestigio.
El escenario cambió brutalmente tres décadas después. Pongámoslo en valor de medallas olímpicas. Desde Sydney 2000, 12 de las 27 medallas logradas por nuestro país fueron en deportes colectivos (4 de 8 doradas), rubro en el que se conquistaron los tres últimos podios, en Tokio.
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Acostumbrados a que el voleibol y el handball masculinos se convirtieran en habitués de los juegos termina pasándonos inadvertido que, en Río 2016, la Argentina fue una de las tres delegaciones con más conjuntos clasificados (10 en total) lo que convirtió a aquel plantel en el segundo más numeroso de nuestra historia olímpica duplicando la cantidad de clasificados que tenemos para París.

Entre otros fenómenos hay que sumar que, desde 2007, Los Pumas llegaron a semifinales de tres mundiales y que el triunfo más importante de nuestro tenis de los últimos 15 años fue en la Copa Davis, una extraña competencia que nos demuestra cuánto de colectivo puede tener un deporte, a veces, insoportablemente individual.
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Después, ya sabemos, llegó la Scaloneta
Aún con las omisiones del caso, tomen este punteo como referencia inequívoca de que los argentinos pasamos radicalmente de ser solistas rabiosos a hacer un culto de lo colectivo. Cualquier referencia paradojal a nuestra cotidianeidad socio política tan plagada de presidencialismos y unicatos es pura coincidencia. Tal vez, no tanto. Seguramente debe haber un montón de motivos que generaron este extraordinario cambio cultural. Desde generación espontánea hasta efectos contagio.
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Personalmente, me quedo con esa relación tan entrañable y profunda entre maestros/entrenadores y una materia prima tan rica en virtudes que solo necesito orden, proyecto, contención y enseñanzas para explotar un potencial de Primer Mundo.
Una relación que nace en miles de clubes que hoy mismo reciben desde niños con dientes de leche hasta mayores hechos y derechos, desde la formación más básica hasta el Alto Rendimiento.
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Esa posibilidad de explotar lo mejor de sí se ha convertido, además, en un salvavidas en tiempos en los que la debacle que comenzó con la muerte de la autonomía financiera del Enard en 2018 alcanza actualmente niveles grotescos: la mayoría de los integrantes de nuestros mejores equipos nacionales se dedican full time a lo suyo siendo contratados por clubes de las principales ligas. Sin ir más lejos, del plantel de handball que acaba de ser elegido para París, solo un jugador (Federico Fernández, de San Fernando) compite en nuestro medio.
En el orden de mérito, imposible dimensionar la influencia de nuestros principales sabios del deporte. Una vez más, el mundo exterior nos da pautas al respecto. En línea con aquello de la fuga/exportación de cerebros tan mencionada alrededor de nuestros genios de las ciencias y las artes, también en este caso hay motivos para golpearse el pecho.
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No es casual que Julio Velasco sea hombre de referencia para Pep Guardiola. O que Gonzalo Quesada le haya dado al rugby italiano un impulso que parecía inviable aún desde que lo sumaron para que el Cinco Naciones pasara a Seis. O que los chilenos hayan disfrutado de logros sin precedentes, en el hockey a través de Cachito Vigil y en el fútbol de la mano de una legión de entrenadores argentinos. O que las eliminatorias mundialistas y la mismísima Copa América registre récords de compatriotas sentados en los bancos. O que haya pocos ejemplos en el mundo parecidos a esas innumerables ramas que se expanden de los árboles genealógicos de Bielsa, Bilardo y Menotti. O que nuestros mejores coaches de basquet lideren o integren cuerpos técnicos de grandes seleccionados o equipos líderes en Europa y la NBA.
Una vez más, sepan disculpas las ingratas omisiones. Simplemente se trata de aportar apenas un puñado de casos para que la tesis no se parezca demasiado a un enunciado caprichoso.
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Hasta da la impresión de que, quienes aún no se fueron a brillar por el mundo, no es justamente por falta de ofertas. Como para redondear la bendición, todos ellos empezaron en casa. Se curtieron desde la lógica argenta.
Y contra la historia y hasta los presagios, nos enseñaron que no hay nada mejor que aprender a jugar juntos.
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