
Un director técnico alcanza la posteridad cuando consigue darle su apellido a un equipo. El Barcelona que brilló entre 2008 y 2012 es, naturalmente, el Barcelona de Pep Guardiola. Lo mismo cuenta para, por ejemplo, el Milan de Arrigo Sacchi. O el San Pablo de Telé Santana. Buscando casos en Argentina, el Boca de Bianchi o el River de Gallardo. Pues bien, Louis van Gaal entra dentro de ese selectísimo grupo. En la década del 90 inventó el Ajax de Van Gaal.
Hoy tiene 71 años, el hincha argentino lo mira de reojo porque conduce a Países Bajos, que intentará arrebatarle a la Albiceleste la plaza en la semifinal del Mundial de Qatar, y porque acumula un historial de roces y polémicas con distintas estrellas del país: se peleó con Riquelme (”¡tú no sprintas nada!”, llegó a gritarle en el Barcelona por el tranco cansino que en Argentina tiene sabor a tango), criticó a Messi y Di María lo calificó como “el peor DT que tuve en mi carrera”. Es bravucón, tiene fama de no querer demasiado a los latinos, y prefiere a los futbolistas obedientes. Todo eso no quita que supo moldear un equipo memorable, con nombres que se convirtieron en figuras recién luego de pasar por sus manos. Y derrumbando potencias con un fútbol de altísimo impacto: ganó 11 títulos (incluyendo una Champions League y una Copa UEFA -ex Europa League-) entre 1991 y 1997, cuando saltó al Barcelona.
ESPN transmitía un partido de la Eredivisie todos los sábados o domingos por la mañana. En general, era uno del Ajax. La elección no era azarosa. Van Gaal arrancaba de la cama a los fanáticos del continente con sus demostraciones de fútbol vistoso y dinámico, con una estructura tan aceitada que, a medida que le fueron quitando jugadores por las transferencias, los reemplazó, en general, por promesas de las divisiones menores, sin que el andamiaje se resintiera.
Los hermanos De Boer, Edwin van der Sar, Clarence Seedorf, Edgar Davids, Marc Overmars, Patrick Kluivert, entre otros, cimentaron aquella escuadra que se alimentó de la inagotable cantera neerlandesa. Contaba con dos nigerianos que solían ser clave en sus intervenciones, como Finidi George y Nwankwo Kanu. Y tenía un armador tirado a la izquierda proveniente de un país sin tanta tradición en el fútbol: Finlandia. Se trata de Jari Litmanen, sacrificado, polifuncional, de gran pegada y lectura de juego; proclive a pisar el área.

En la Champions que ganó arrasó en la fase de grupos, dejó en el camino al Bayern Múnich y le ganó la final al Milan de Fabio Capello, con Maldini, Costacurta, Baresi, Donadoni, Boban... En la edición siguiente alcanzó la definición, que perdió por penales ante la Juventus. Llegó a enhebrar 75 partidos sin derrotas. Hasta Marcelo Bielsa, admirador de la filosofía holandesa, se rindió a sus pies.
La apertura irrestricta de los mercados a partir de la Ley Bosman equilibró fue desmembrando el plantel. Y le dio el dominio definitivo a los dueños de la billetera más frondosa. Pero la huella del Ajax por momentos imbatible quedó, indeleble. Lo mismo que la imagen de aquel Van Gaal, altiva, siempre con ese gesto de haber detectado un inodoro tapado en las inmediaciones de su nariz, sentado en el banco de un equipo que irradiabla fútbol, con perfil de máquina. Una marca que debería ser mucho más importante que las controversias que cosechó posteriormente.
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