
¿Qué es lo que hace que este Mundial sea tan especial para los argentinos? Desde el episodio con el desabastecimiento de figuritas, que hasta llegó a la mesa de discusiones de la Secretaría de Comercio en una inverosímil onda “Figuritas para Todos”, hasta el nuevo himno del seleccionado –libre interpretación del hit de La Mosca- que copó la parada poco antes del final entre Francia y Polonia, venimos asistiendo a un fenómeno difícil de explicar (aceptemos esa obstinación narcisista que tenemos los periodistas de creer que podemos explicarlo todo; hasta lo inexplicable).
Van algunos datos aislados para justificar esta idea de estar atestiguando algo singular. Un vuelo desde Varsovia hasta Doha demora casi siete veces menos que hacerlo desde la Argentina. Es más. El viaje en auto desde Polonia demora casi lo mismo que hacerlo desde casa en avión. Sin embargo, la hinchada argentina superó a la polaca en una proporción de 8 a 2. Sin contar los indios, pakistaníes, chinos o bengalíes que asistieron al partido vestidos de celeste y blanco. Si a la distancia geográfica le agregamos los asuntos vinculados con la inflación o el dólar Qatar –y lo que sea que eso quiera decir- perfectamente podemos pasar de lo sorprendente a lo inverosímil.
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Después de tres semanas de desembarcado en Doha puedo dar fe de que los costos no son justamente los de unas vacaciones en la costa bonaerense. Un desayuno normal –café con leche, croissant y un jugo de naranja- no baja de los 35 riyal: 10 dólares: mas de 3000 pesos. Y una hamburguesa sin nada más que carne –ponganle-, pan y un sobrecito de ketchup orilla los 4000. ¿Y el transporte? ¿Y el alojamiento? ¿Y las entradas? Por supuesto que debe haber mucho más que 25.000 o 30.000 argentinos en condiciones de pagar esto o mucho más con tal de subir selfies mundialistas en su Instagram. Pero la gente con la que se interactúa en los estadios y en las calles qataríes no es justamente esa que aparece en fotos desde los palcos más costosos -más de uno vinculado con la política logró escabullirse de esas lentes curiosas- sino que se trata de personas como cualquiera de nosotros, que esquiva el cimbronazo que sacude a la clase media y decide gastarse los ahorros y hasta priorizar el Mundial a comprar ese monoambiente que no llegó a reservar antes de subirse al avión.
Hasta en el siempre banal escenario de los números hay algo de encanto, ilusión y pertenencia que genera este plantel y que hace sentir al hincha que, esta vez, sí vale la pena jugársela. Que los que salen a la cancha “me van a demostrar, que salen a ganar” aunque, finalmente, no ganen.
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No es ésta ni por asomo la primera vez que la Argentina avanzó hasta los cuartos de final de un Mundial. Y me animo a decir que la euforia que se advierte en cada rincón del país –y en unos cuantos rincones fuera de él- solo tuvo una especie de espejo invertido cuando fue la eliminación del 94, sanción a Maradona mediante.
Ni siquiera cuando se eliminó en octavos de 1998 a Inglaterra pasó algo similar. Ni cuando se superó a Bélgica en cuartos del 2014. Ni cuando los equipos de Pekerman y de Diego se metieron entre los últimos ocho venciendo a los mexicanos. Es más. La fiesta del post Australia no le fue demasiado en zaga a la del post Polonia. Y era, apenas, para avanzar a la segunda fase.
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Otro síntoma de empatía del público para con el equipo de Scaloni fue la ausencia de histeria y mensaje apocalíptico después de la increíble derrota ante Arabia Saudita. Seguramente habrá habido por allí alguno de esos que, desde los micrófonos, cree que saltando a tiempo del barco habrá evitado el naufragio de su negocio. Pero ni la prensa ni el público en general dejó de creer que lo de aquella tarde triste había sido una de esas cosas que siempre pasan en los Mundiales que, a la larga, no marcan tendencia.
Todo lo que se está viviendo alrededor del seleccionado parece extraordinario. Casi como si el argentino medio sintiera que la Copa del Mundo no puede darse el lujo de no sentirse levantada por las manos de Lionel Messi; estamos condenados al éxito, dijeron, ¿no? Desde ya, ojalá el día después futbolero no se parezca en nada al visionario presagio de Duhalde. ¿Habrá sido la Copa América ganada en el Maracaná? ¿Nos habremos convencido, finalmente, de que la extraordinaria carrera de Messi incluye, especialmente, una silenciosa devoción por lograr cosas con nuestra camiseta? ¿Será que el perfil bajo de Scaloni y sus compañeros de banco son el reflejo del jefe laburante que tan lejos estamos de celebrar en diversos niveles de la política?
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Si sacamos de las pantallas al Mundial, lo que ocupa los títulos de la hora merodea alrededor de dolorosos asuntos de la Justicia, índices de pobreza, violencia ordinaria, violencia narco, un Congreso barra brava, inflación, trabajo informal, y una clase política invadida por referentes que parecen escapados de La Hoguera de las Vanidades.
Quizá no haya que buscarle demasiadas vueltas a este amor intenso que genera un plantel que, por encima de todo y como dijo oportunamente esa bestia competitiva en la que hoy se ha convertido Lionel Messi, parece que nunca te va a dejar a pie.
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No sé si la Argentina es, a esta altura, más favorita que otros. Fundamentalmente, creo estamos en presencia de un equipo que va descubriendo virtudes a partir de las dificultades –todavía falta ser más homogéneo para responder anímica y futbolísticamente ante contratiempos como los del impensado gol australiano- y que empieza a mostrarse superior a algunos y parecido a los demás.
Lo que sí sé es que tenemos derecho a momentos de alegría. Por el motivo que sea. Inclusive el deportivo, por trivial e irrelevante que les parezca a algunos. Un alivio que atraviese la grieta.
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No más que un sueño futbolero como antídoto circunstancial. Efímero y poderoso. Y a resguardo de cualquier oportunismo político.
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