
Lo sufrido tras la caída frente a Arabia Saudita constituye la mayor desilusión o, por qué no decirlo, el más profundo dolor que sufren los aficionados al fútbol argentino.
El antecedente de un hecho similar se produjo en el debut del Mundial de Italia 90. Aquel encuentro significó la derrota de Argentina (0-1) frente al insospechado Camerún. Pero en tales circunstancias la Selección vivía aún las mieles y el orgullo de haber ganado el campeonato mundial cuatro años antes frente a Alemania (3-2) y en el estadio azteca. No es todo: aquel equipo había presentado un dibujo sólido en defensa, novedoso, y tuvo al mejor Maradona.
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Ese Diego de quien se cumplirán dos años de la muerte, además de todo, había hecho el gol más bello en la historia de los Mundiales: el segundo contra Inglaterra para el triunfo de 2 a 1.
Es decir que, al tiempo que surgían las expectativas por cuanto aquel campeón mantenía la mayoría de su plantel -a excepción de Valdano que fue desafectado unos días antes-, eran propias de un gran momento del fútbol argentino pues había dado el salto definitivo que lo convirtió en potencia mundial. La derrota ante los africanos impactó sorprendentemente. La caída ante Arabia Saudita, en cambio, provoca un inmenso dolor.
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Pero en aquellas circunstancias el hincha estaba hecho, Argentina había llegado al punto máximo de su rendimiento y había respondido con un campeonato mundial y la consagración del mejor jugador. En esta oportunidad, y después de 36 partidos invictos, las expectativas eran volver a tener un gran equipo en una Copa del Mundo en paralelo con la consagración del mejor jugador del mundo. Una síntesis de esta idea sería: un gran equipo, un gran funcionamiento, y el mejor del mundo como capitán.
Hasta aquí la primera muestra nos aleja de tal aspiración. Argentina decreció respecto de su rendimiento en la Copa América, muchos de sus baluartes actuaron por debajo de lo esperado y Messi no brilló como se esperaba.
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Vale la pena a esta altura hacer una evaluación respecto de Scaloni. El técnico de la selección argentina viene realizando un trabajo ponderable por lo lógico y elogiable por lo armonioso. Pero en este partido frente a Arabia Saudita, el más importante para iniciar un Mundial, estuvo distante de las mejores decisiones para la formación, para la táctica y para la estrategia de la selección nacional.
Todos aplaudimos la decisión del entrenador cuando mandó de regreso a Joaquín Correa y Nicolás González, subordinado a la frase “jugador tocado, jugador separado”. Sin embargo, nos dio la impresión de que Cuti Romero, Leandro Paredes y el propio Messi no se hallaban al ciento por ciento de sus condiciones físicas por cuanto parecieron más padecer el partido que jugarlo. Esto inevitablemente fue aprovechado por el técnico de Arabia Saudita, Hervé Renard, quien en el primer tiempo tiró el achique y juntó las dos líneas del medio y del fondo para cancelarle espacio a los pases filtrados o a los desbordes por las bandas. El achique, con el offside semiautomático (que traerá muchos inconvenientes al gusto de los aficionados genuinos y tradicionales del fútbol), le dio resultados, pues le permitió dejar siempre al límite a los delanteros argentinos Lautaro Martínez y Ángel Di María. Y, obviamente, también a Messi. La explotación de esa nueva ventaja tecnológica legitimó la anulación de tres goles. Respecto de lo técnico, nosotros jugamos con los dos laterales en función defensiva. Y regalamos sorpresa para encontrar variantes de ataque en el primer tiempo.
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Fue así como en medio de nuestra lentitud y de algunos jugadores que no parecieron estar al ciento por ciento de sus condiciones, el técnico de Arabia, con acierto, cargó los embates ofensivos a espaldas de nuestros marcadores de punta, Molina y Tagliafico, y especialmente de nuestro marcador central, Romero. Estratégicamente tuvo mayor posesión de balón, fue más veloz y ganó el ochenta por ciento de los balones divididos. Estamos hablando de un equipo cuyos jugadores actúan en Arabia Saudita, no tienen ni roce ni alternancia con las grandes ligas y ocho de ellos son dirigidos por Ramón Díaz.
No todo está perdido, pero hasta aquí no hay nada ganado. Lo que se percibe es una enorme desilusión que en las primeras horas atravesará el difícil trance del dolor.
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Tiene razón Messi cuando dice que “todo dependerá de nosotros”. Y tiene razón Scaloni cuando afirma que estamos a tiempo de corregir errores. Pero en uno y otro caso dependerá exclusivamente de la actitud, del compromiso y del grado de involucramiento con la historia del plantel y su conductor.
En Italia 90 a Bilardo no le tembló el pulso para mostrar su indignación a viva voz en el vestuario con duras recriminaciones a sus jugadores y una sentencia conmovedora: “Si no nos clasificamos prefiero que se caiga el avión que nos lleva de vuelta. No quiero volver a la Argentina si no nos clasificamos. Recuérdenlo bien”. Acto seguido empezó a preparar el siguiente partido y ese equipo con jugadores expulsados, que perdió a Pumpido por lesión, a Ruggeri por el aductor, que tenía a Diego con el tobillo deformado con el tamaño de una naranja, se repuso de la derrota inicial, clasificó, le ganó a Brasil, eliminó a Italia y fue robado en la final contra Alemania, consagrándose subcampeón del Mundo.
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Como se ve, ejemplos de recuperación hay. En aquella oportunidad, el técnico formuló cinco cambios, corrigió funcionamiento y retomó el rumbo. La fórmula está dada. Ahora ojalá que Scaloni sea Bilardo y que Messi sea Maradona.
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